“Soldado: una deconstrucción”. Teatro de guerra (2018) de Lola Arias

Rocío Molina Biasone 6 - Septiembre - 2018 Textos

 

 

Cualquier acción social humana puede ser deconstruida. Y una acción humana organizada, planeada, estructurada, como la guerra, puede desengranarse en los varios elementos que la constituyen, los elementos necesarios para que una guerra sea una guerra, y no un pleito, y no un intercambio de hostilidades. Uniformes, títulos, jerarquías, armamento, banderas, códigos verbales, órdenes, propaganda, heridos, muerte: son todos los elementos necesarios para una ‘verdadera’ guerra, y si vamos sacando uno, dos o más elementos, lo que queda es otra cosa. Esto es lo que Lola Arias se propone hacer con Teatro de guerra.
El trasfondo es la Guerra de Malvinas, pero el análisis y la experiencia que se propone podría trasladarse a cualquier otro enfrentamiento armado: siempre hay dos lados, a menudo dos naciones, que se enfrentan por motivos políticos y económicos que embellecen con grandes promesas y discursos románticos para que la población esté dispuesta a arriesgar su vida “por algo”. Pero, antes que nada, de cada lado hay personas, cada una con una carga ideológica de su crianza y su pertenencia, cada una con motivaciones, experiencias y miedos propios, lo único que cambia de un lado y del otro, es el discurso y las palabras que utiliza: por acá, “recuperación”, por allá, “invasión”; por acá, “Malvinas”, por allá, “Falklands”; por acá, “soberanía”, por allá, “referendum”.
Rara vez un documental —si es que puede llamarse así, porque el filme no solo deconstruye la guerra, sino también provoca que se cuestione la división tradicional de ficción o documental— hace el foco sobre los veteranos de la manera en que lo hace la película de Arias. Primero, porque el punto de vista ya no es uno solo, o no se limita al de una nacionalidad: los veteranos son argentinos e ingleses, no como opuestos, sino como personas que integraron un mismo evento desde lados opuestos. Una de las cosas que más llama la atención es descubrir que los ex combatientes, de ambos frentes, tienen menos fanatismo respecto a la histórica disputa que muchas de las personas que nunca estuvieron allí. Es como si el vivir la guerra, su inutilidad, su desperdicio, y la desilusión de haber sido enviados por un gobierno que poco después pasaría a la infamia (esto no solo es válido para la dictadura Argentina, sino también para un Reino Unido bajo Thatcher) les hubieran permitido ver una cara más auténtica del conflicto y lavarse así el fanatismo tajante que reclamaba de ellos un odio ciego hacia el enemigo.
Del otro lado, lo mismo. Siempre aprendemos sobre el dolor de haber perdido a un compañero, de ver a un amigo morir a tu lado, pero rara vez se relata el dolor de haber matado, el dolor de aniquilar al enemigo solo para encontrar que mataste a un semejante, y no a un Otro. Un inglés que se avergüenza por haber llorado por un argentino en vez de por sus compatriotas. Momentos únicos de interacción entre los de acá y los de allá, como si se encontraran en una juntada de amigos, así, por casualidad. Ves la carga de dolor que llevan en sus hombros, pero este dolor ya no se vincula al que solía ser Otro, el resentimiento se va. Debaten el conflicto de soberanía como si estuvieran debatiendo el gol de Maradona del ’86. Y ese conflicto de hace décadas se entrelaza con las inconveniencias personales de formar parte de ese documental, dificultades de comunicación verbal que a veces duelen, y otras ni importan porque la química interpersonal es suficiente.
Lola Arias mezcla ejercicios de actuación, de monólogo, de teatro, con la experiencia de la guerra. La batalla como coreografía, los protocolos como rituales, la recreación como catarsis. Un documental que no puede ser del todo documental, porque él mismo, sin querer ocultarlo, nos pide ficción, ficcionar, actuar, recrear. Lo testimonial y observacional se van para darle lugar a una forma de arte sanadora, arte actoral y a la vez visual, escenas que se ensayan como en una ficción mientras intentan encuadrarse en lo documental. Un tipo de paz que solo el cine —el buen cine— puede lograr.

Rocío Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Teatro de guerra