Quiero pedorrearme con vos. Swiss army man (2016), de Dan Kwan y Daniel Scheinert

Mariano Samengo Lunes 3 - Octubre - 2016 Textos

 

El Acorazado Potemkin (emocional). De chico, solía tomarme las cosas muy a pecho. No tenía términos medios. Llámenlo ingenuidad, inocencia o credulidad, pero la cuestión es que, cuando me iba mal en un examen en la primaria (más todavía si dicho examen le correspondía a una materia a la que le puse mucho esfuerzo y dedicación y que a la vez le tenía espanto, como lo eran las matemáticas), lloraba desgarrado, como si me hubiesen matado a uno de mis padres. Me sentía impotente, rechazado y era una escena muy vergonzosa de ver que me trajo no pocas burlas de parte de mis compañeros. Con el tiempo, obviamente, maduré y entendí que reprobar un examen no era el fin del mundo ni tampoco una ofensa hacia mi constitución como individuo. Sin embargo, por haberme sentido tan vulnerable y expuesto muchas veces ante esas situaciones, me trajo una secuela importante que hasta el día de hoy cargo como un estigma: bajo ninguna circunstancia me permito que alguien me vea llorar. Incluso, me cuesta llorar delante de personas que sé que no debería sentirme avergonzado de llorar (véase familia y amigos). Todos, con el tiempo (más todavía en una sociedad que privilegia la apariencia y el status como la de hoy), nos hacemos de una coraza a prueba de todo a nivel emocional, al punto tal que, por momentos y sin darnos cuenta, terminamos por ocultar lo que nos hace únicos, diferentes, por miedo a que un otro -que podría amarnos tal cual somos-, nos rechace.
Si amas a alguien, déjalo pedorrear. Swiss Army Man (dirigido por el dúo conocido como los Daniels, fuertemente incipientes en el mundo de los videoclips y los comerciales) es justamente, un cuentito moral que busca -a fuerza de un abrazo de oso fraternal- reivindicar la rareza y lo peculiar en todos nosotros, vehiculizando esta idea por medio de uno de los personajes más originales de los últimos tiempos: un cadáver/victorinox que se pedorrea. Porque según los Daniels, pedorrearse es un acto de amor. Es dejar ser al otro. Dicha filosofía de vida queda expuesta en uno de los tantos momentos íntimos que comparten Hank (Paul Dano) y Manny (el cadáver en cuestión, interpretado de forma magistralmente humana por Daniel Radcliffe), donde el primero le explica al segundo que está “mal visto” tirarse pedos en público, a lo que Manny responde con melancolía que es un gesto muy triste y concluye diciendo que preferiría vivir como un descastado antes que volver a sociedad donde sabe que no van a dejar tirarse pedos en paz sin ser juzgado. Posteriormente, en uno de los momentos culmines y más emocionantes de la película, Manny hilvana la idea de que “esconder los pedos”, en definitiva, es una forma de mentirnos a nosotros mismos. Sí, sé que estarás pensando que esta escena, tal cual como la describí, pueda sonar a una tremenda pelotudez, pero créeme que, dentro de la lógica de la película, tiene todo el sentido del mundo. Veamos.


Cómo estar muerto / como estar muerto. Como dijo Hitchcock alguna vez, mejor partir de un cliché antes que llegar a uno, y eso es lo que hace exactamente la película. Parte de un lugar bastante común y predecible (un náufrago solitario y sin demasiados prospectos de vida que quiere suicidarse) e introduce su gimmick (sólo en apariencia) en el personaje de Radcliffe, lo cual le da el primer giro a la película. En papel, la premisa de un cadáver que se vuelve literalmente una Victorinox de supervivencia suena atractiva, pero en términos concretos, si uno tuviera que explayarse sobre eso, uno hasta dudaría si hay suficiente material ahí como para justificar un largometraje. De hecho, en su estreno mundial en el festival de Sundance, tanto parte de la crítica como el público se sintió rechazado y hasta pelotudeado por la película, desestimándola solo por su premisa misma. Pero los Daniels, ni lentos ni perezosos, dejan entrever su estrategia de forma gradual, cuando uno ya entró en su juego. Porque lo que muchos pasaron por alto es que el personaje de Manny no deja de ser un arquetipo que responde a la figura de un “aprendiz”, que en su condición de cadáver tiene que volver a reaprender todo de cero. Y también, por su condición de muerto (y ésta es una de las genialidades de la película en su forma de querer articular su tesis), tiene la sensibilidad y la percepción de un niño que descubre por primera vez todo lo particular, maravilloso y encantador que puede tener el mundo y especialmente, las personas, sin ningún preconcepto y por ende, sin capacidad de prejuzgar y categorizar. Mientras que Hank, rechazado por el mundo y desvinculado de sus propios sentimientos, siente que no hay nada ni nadie allí afuera que pueda recibirlo y quererlo tal cual es. Ése es el núcleo duro y el corazón de Swiss Army Man: de que para sobrevivir (como canta Él Mató a un Policía Motorizado en “El Magnetismo”) en “este mundo peligroso”, justamente, necesitamos de un otro. La película no hace distinción entre la condición de alguien que esté vivo o muerto en términos fisiológicos, sino en términos emocionales. Aun estando rodeados de seres vivos, podemos sentirnos completamente solos y muertos por dentro, pero si tan sólo hay alguien que nos escuche y nos quiera como somos (aunque sea un muerto, como Manny), la vida se justifica.
El triunfo de Swiss Army Man reside en el hecho de que habla de la soledad, la amistad y la necesidad primaria de vincularse con otro, pero de una forma casual, ligera, sin bajada de línea, con mucho cariño y aprehensión. Y con muchos pedos.

Mariano Samengo

marianosamengo@caligari.com.ar

Swiss Army Man