“Sangre como medio, sangre como fin”. Snowtown (2011), de Justin Kurzel

Rocio Molina Biasone 31 - Mayo - 2016 Textos

 

Cuando de películas con la etiqueta de “basada en hechos reales” se trata, lo más frecuente es que nos encontremos con narraciones más preocupadas por convencernos de la autenticidad de tal afirmación que por la creación misma de un relato cinematográfico. Particularmente en los productos de la gran industria, lo que resulta de  muchos guiones escritos con tal o cual evento como su base, son films que tranquilamente podrían nunca haberse filmado, es decir, meras crónicas narradas en un formato audiovisual muy poco ambicioso.

Pero lo fáctico, lo “real”, no tiene por qué ser un límite para la creación, y eso lo demuestran películas como Elephant (2003) de Gus Van Sant, Heaven Knows What (2015) de Ben y Joshua Safdie, y aquella sobre la que escribo a en esta ocasión, Snowtown. Sea porque lo meramente informativo es tomado como irrelevante; sea porque sus directores y guionistas no dejaron que el hecho de que tales historias fuesen “verídicas” impidiera que se narraran con una mirada de autor; o porque el foco se colocó sobre los personajes, sus psicologías, y sus formas de relacionarse, esas tres películas que mencioné tienen en común una cosa: todas sostienen su valor más allá de la veracidad de lo que relatan.

 

La opresión como atmósfera
La intensidad de la narración de Snowtown se puede atribuir tanto a su guionista Shaun Grant, como a su director Justin Kurzel. El primero creó personajes extremadamente complejos, y relaciones cuya tensión crece gradualmente a lo largo de una brutal trama. El segundo le dio a ese escalofriante relato la atmósfera adecuada, con una iluminación  que va desde lo familiar hasta lo tenebrista*, en función de cada escena, y una paleta monocroma de colores fríos. El mundo que se nos presenta es de extrema desolación, de escasas alegrías, y demasiado dolor. Por momentos, su realidad llega a ser tan cruda que parece irreal.

El punto de ataque llega bastante temprano en la historia, y de forma abrupta. O más que abrupta, de una forma casi distante, que hace que tengamos que dudar sobre qué estamos viendo, hasta que ya es demasiado tarde, y ya no queda duda: tres hermanos que son abusados por un vecino que estaba cuidándolos mientras su madre “trabajaba”. No sabemos si es el primer abuso, pero se sospecha que no. El abuso sexual y físico se  va develando como lo subyacente en casi todas las relaciones humanas en ese pueblo. Sos cazador, o sos presa.

De los personajes más presenciales en la historia, pocos podrían redimirse. Incluso Jaime, nuestro protagonista, no podrá mantenerse inocente. No obstante, no es esto lo que parece que sucederá inicialmente. Llega al pueblo, de forma misteriosa y estridente, un hombre. Un hombre que viene a poner el orden, a traerle alegría a su madre, a protegerlos de quienes quieren dañar a Jaime y a sus hermanos. Un padre, la figura que les faltaba.

Cual superhéroe llega John Bunting, y todo parece empezar a mejorar. Con espíritu vengador, levanta la bandera en nombre de la comunidad, en contra de los pedófilos y violadores que los rodean. Su plan es claro: justicia por mano propia. Aunque también, en el proceso, se coloca como el adulto responsable y el hombre modelo que los cuatro hermanos no tuvieron.

Dije cuatro hermanos, sí, donde antes conté tres. Las víctimas del abuso inicial, cuyo victimario es intimidado por John hasta abandonar el pueblo, son los tres hermanos menores: un niño de unos 6 años, otro de unos 12, con una discapacidad mental insinuada, y Jaime, que es casi un adulto. El cuarto hermano, el mayor, es Troy. Troy es violento, malhumorado, abusivo, y viola a Jaime. La condición de absoluta vulnerabilidad del protagonista, su recorrido emocional a través de lo que va ocurriendo, es lo que impulsa esta historia, y lo que le da propósito. Sin establecer este estado de cosas, esta necesidad de alguien que lo defienda y lo levante, la película perdería su fuerza. Es porque sentimos empatía y dolor frente a lo que le sucede a Jaime que nos adentramos en el film.

 

Los superhéroes son sádicos con antifaz
La violencia, a lo largo del desarrollo del relato, no se modera, sino que, al contrario, va en escalada. La simpatía inicial de John se va transformando en control y sadismo, pero esto lo notamos los espectadores antes que Jaime. Para él, había un orden, una protección, y por más estricta que fuese, le parecía una medida necesaria. No es hasta que la “policía moral” de John se revela más destructora e irracional de lo supuesto anteriormente, que Jaime empieza a temer una vez más.

Lo que acontece en este pequeño suburbio australiano, en esta atmósfera y sociedad de clase más bien baja, de personajes perdidos y decaídos, es el cambio de un patriarcado caótico, a otro, en apariencia, organizado. Como mencioné antes, durante el primer acto de la película, estamos frente a un lugar donde rige la lógica de “cazador o cazado”, algo que de hecho le dice John a Jaime. Los fuertes se presentan como “machos alfa”, como los que poseen el control, y dominan, abusan, violentan, a quienes no tienen la voluntad o la capacidad para lastimar a otros, o siquiera para defenderse. Esta es una pantalla, porque lo que sucede es que estos “pseudo-alfas” serán reemplazados por el auténtico “alfa”: por John Bunting.

John, patriarca total, llega con el pretexto de reclamar justicia, y de eliminar uno por uno a los “maricas”. Llega para sustituir al vecino de la familia, a Troy, a la ex pareja de la madre de Jaime, y erigirse como el único y auténtico macho: afable, carismático, seguro, ordenado, útil, paternal, y, por supuesto, orgullosamente heterosexual.

Tarde es cuando Jaime, su madre, aquella familia y aquel suburbio, se dan cuenta de que no hay patriarca y macho absoluto que exista sin una voluntad perversa, sin un accionar sádico, sin un talento para la violencia, o sin una colección de 11 cadáveres metidos en barriles.

 

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

 

*Tenebrismo es el nombre que la historiografía del arte da a un estilo o corriente de la pintura del barroco correspondiente a su fase inicial, a comienzos del siglo XVII, cuyos principales exponentes son Caravaggio y José de Ribera. El tenebrismo se caracteriza por el violento contraste de luces y sombras mediante una forzada iluminación.

 

 

Snowtown