Sobre la imposibilidad de salir. Self-portrait: Sphinx in 47KM (2017), de Zhang Mengqi

Eduardo Savino 14 - Septiembre - 2018 Textos- Foco: FIDBA 2018 - Festival internacional de cine documental de Buenos Aires.

 

Meterse por primera vez en la obra de una artista sin tener idea de nada acerca de su trayectoria plantea, en principio, dos posibilidades. Una parece mejor que la otra. La primera: tomar contacto con una porción de la totalidad de la obra -en este caso, una película: Sphinx in 47KM (Esfinge en 47KM, 2018)- con una mirada desnuda. Al menos, en lo que respecta al resto de las obras de la artista, a su biografía, a las condiciones de producción de la obra en particular. Esto tiende a facilitar la tarea del crítico en muchos aspectos: no está limitado por nada exterior a la obra, a no ser su propio bagaje intelectual.

La otra posibilidad suena más a un problema. Hay obras, como es el caso de esta película de la cineasta china Zhang Mengqi, que tienen mayor dificultad que otras para sostenerse por sí mismas. Una lectura, digamos, más abarcativa de Sphinx in 47KM requeriría una serie de saberes previos: principalmente, de historia moderna y contemporánea de China; pero además, que la película se inscribe en una serie titulada Self-portrait (Autorretrato), de la cual Sphinx constituye la séptima parte. Dicha serie propone un trabajo que toma como punto de partida el pueblo natal del padre de la documentalista -ubicado a 47 kilómetros de la ciudad de Suizhou- para analizar los efectos de la política china de los últimos sesenta años.

Pero yo supe todo esto después de haber visto la película, de haberme detenido de vuelta en algunas partes y de haber anotado lo que veía.

Lo que se ve, entonces, y que importa más que otras cosas que se puedan añadir después a la película, es un trabajo con la duración del plano que por momentos parece simplemente un capricho. La película cuenta principalmente dos historias: la de una mujer mayor que, en un plano fijo y lejos de la cámara, narra la historia de su hijo condenado a muerte y la de una joven que dibuja y pinta murales, consciente de su pobre técnica pictórica, a juzgar por las risas que exhibe a cámara cuando posa con sus dibujos. Pero hay planos que, buscando mostrar algo de la decadencia de ese poblado rural, parecen no tener nada que ver con lo demás. Como aquel plano de varios minutos de duración de un muchacho que revuelve el agua de un pozo con un palito, que termina clavando en el fondo. O los planos de las aves que vuelan por encima de las copas de los árboles. O la escena donde alguien se trepa a un árbol para cortar una rama que cae al suelo. Es fácil pensar que la mayoría de los espectadores experimentarían lo mismo: aburrimiento.

Es destacable, sin embargo, la relación de distancia que existe entre la cámara y los personajes, como mencionábamos al respecto de aquella madre que todavía sufre la pérdida de su hijo, acaecida más de quince años atrás. La vemos sentada siempre en el mismo lugar: frente a la puerta de una derruida construcción donde todavía se lee: “Solo el ...ismo salvará a China”. Otro plano largo que sigue a la mujer cargando una carretilla cargada de materiales pesados hace pensar en un plano similar de ¿Qué puede un cuerpo? de César González. En esas imágenes sí puede verse algo de esa decadencia, del efecto adverso que el comunismo maoísta y el actual capitalismo chino impusieron sobre las vidas de gran parte de la población del país.

Otro aspecto interesante del film tiene que ver con la actitud de esa joven artista que busca oponerse a la desidia y el abandono pintando y estudiando inglés: sin dudas, esto último es un símbolo de la derrota del modelo comunista frente al continuo, aplastante avance de la gran potencia imperialista. Sin embargo, a ese deseo de salir se opone la historia del joven hijo de la otra mujer, que intentó construirse una vida mejor, que soñaba con ser emprendedor, que quería trabajar lejos de su poblado y que terminó cayendo preso. La joven juega con otra chica a enunciar sueños, disfrazadas de Caperucita Roja y la Bruja, replicando la imagen del mural que pinta la primera. Ese, tal vez, es uno de los mejores momentos de la película, donde por el uso de un truco básico como la sobreimpresión se las hace aparecer y desaparecer del plano mientras cada una cuenta en qué se transforman cuando sueñan.

Por último, una aclaración sobre el título que remite al problema inicial. Nada se menciona sobre el mito egipcio de la Esfinge en la película, pero la directora cuenta en una entrevista que lo que le interesó de aquel, en relación con su película, es la necesidad de plantearse preguntas o acertijos y la necesidad de encontrar respuestas para seguir avanzando.

Eduardo Savino

eduardosavino@caligari.com.ar

Self-portrait: Sphinx in 47KM