“Cuando tu cuerpo no te pertenece”. Saikaku ichidai onna (La Vida de Oharu) (1952) de Kenji Mizoguchi

Rocio Molina Biasone 3 - Mayo - 2015 Textos

 

≪Un anciano me llevó a una posada para peregrinos. Estaba contenta de haber conseguido clientes, así que accedí. Allí había un grupo de peregrinos. El anciano sostuvo una vela frente a mi rostro. Luego les dijo a aquellos jóvenes: “¡Observen cómo intenta ocultar su edad! ¿Se acostarían con una mujer así?”. ¡Creo que les estaba dando una clase sobre retribución kármica!≫. La Vida de Oharu abre con esta escena, un grupo de prostitutas japonesas, ya lejos de la juventud, que ríen de sus desgracias y de su dificultad para conseguir negocio y ganarse el dinero a su edad. Nuestra protagonista, Oharu, es la que relata, divertida, esta anécdota. En esta primera secuencia, que sin embargo es el final de la historia, el recuerdo de su primer amor nos inicia en un viaje a través de su dura vida.

 

≪¿Por qué es inmoral?≫

Las varias desventuras y tragedias en la vida de Oharu tienen inicio en un amor prohibido: Katsunosuke, un joven sirviente, cuyo amo corteja a Oharu. Él mismo declara su amor por ella, pero, por más que la joven doncella corresponda el sentimiento, es algo imposible. Oharu es una muchacha de una familia que forma parte de la corte imperial. En la conservadora sociedad japonesa del siglo XVII, una unión entre una noble y un criado es inadmisible, y una pretensión del tipo por parte de un sirviente, se castiga con la muerte. En este conflicto, reconocible en la mayoría de las historias de amor, hay que leer una primer hecho: tanto las personas de nivel social inferior, como las mujeres, son privados del poder de tomar decisiones respecto a sus vidas. Tanto ella como su familia son expulsados de la ciudad de Kyoto y de la corte. La historia que nos narra Mizoguchi tiene lugar en una cultura particular, y siglos atrás, pero la pregunta de Oharu ante la intolerancia de quienes la juzgan puede tomarse como universal: ≪¿Por qué es inmoral?≫. Ella no comprende, de hecho, qué es lo malo de que dos seres humanos se amen, sólo por pertenecer a un grupo u otro.

 

Incubadora

Una “solución” se le presenta a Oharu y a su familia. Una posibilidad de restauración de su honor, y de parte de su nivel económico: la joven es elegida para ser la concubina de un Señor. No sólo para eso, sino para ser la que le dé un heredero, en vista de la infertilidad de su esposa. Oharu no se siente cómoda con el arreglo, siendo para ella el amor lo indispensable para una unión, y dándose cuenta de cuál sería su verdadero rol en ese lugar, pero sus padres la obligan, y debe aceptar. Una esperanza le llega al ser tratada con respeto en la corte del Señor Matsudaira, y al recibir algo de afecto de su parte mientras está embarazada. Sin embargo, esta sensación no dura más que su embarazo: apenas da a luz, su hijo es separado de ella, y entregado al Señor y a su esposa. No la dejan amamantarlo, alimentarlo con el cuerpo que hizo el esfuerzo de llevarlo dentro de sí. Su deber fue cumplido, el propósito de su cuerpo fue la gestación. Y mientras que el Señor sigue teniéndole afecto y gozando de su cuerpo y compañía, el resto de su corte la considera ya inservible, y la devuelven a su hogar, forzándola a distanciarse de su hijo. Otra instancia más que la aleja del control sobre su propio cuerpo: ser una incubadora para la prole de sus superiores.

 

Cortesana

Su padre le hecha a Oharu toda la culpa de su fracaso en la corte de Matsudaira, un arreglo con el cual contaba para salir de su pobreza. Su padre se vuelve, de forma evidente, la instancia primaria que tiene control sobre el cuerpo de Oharu, en el momento en que la obliga a trabajar como cortesana en un establecimiento popular, hasta que pueda pagar sus deudas con el dinero que ésta gane, y la venta de sus telas. Oharu es, explícitamente, vendida. Ya su estatuto no es otro que el de “cosa bonita”, objeto de placer. No tiene siquiera la posibilidad de elegir si quiere, o no, tener sexo con un hombre (≪Poné una cara bonita, y atendelo≫), porque sería echada nuevamente. Lo que mueve todo ese nuevo mundo, aquello por lo cual es usada, vendida, ofrecida, aquello por lo cual todos, sus padres, las cortesanas, los clientes, parecen preocuparse, es el dinero. Oharu está abstraída de todo eso. No comprende rangos, no comprende el dinero y no comprende la avaricia. Es la única que se muestra desinteresada cuando un cliente tira monedas en el piso del establecimiento como si fuera migas de pan para palomas. Porque Oharu comprendió, en su primer amor, que nada para ella importaba demasiado, fuera del afecto que se pueden tener las personas unas por otras. En ese ambiente donde el único afecto es por objetos y por dinero, ella no comprende cómo actuar.

 

Puta

La promesa era que su trabajo de cortesana sería temporario. Una vez salidos de sus deudas, los padres la envían a trabajar como ayudante en el hogar de una pareja de comerciantes. Parece encajar, pero el haber trabajado en una casa de placer no es algo que la gente de honor esté dispuesta a aceptar de una mujer, y apenas sus nuevos jefes se enteran, el estigma no la deja. Su jefe y otros hombres la acosan, la esposa de éste se desespera de los celos, y toma control sobre el cuerpo de Oharu, cortándole su cabello, despojándola de parte de su belleza para el mundo. Nuestra protagonista logra cobrar alguna venganza de este matrimonio, pero aún así se esclarece lo que ya es y seguirá siendo para todos: una puta. Se casa. Enviuda. Intenta unirse a las monjas budistas. Incluso se le ofrece una falsa esperanza de volver a ver a su hijo. Nada importa, todas las puertas se le cerrarán apenas alguien la reconozca, la recuerde, la revele, como puta.

¿Y qué se puede hacer entonces? ¿Qué queda para una mujer que es, para el resto del mundo, una puta? Serlo. Después de lo vivido, Oharu encuentra el único hogar y contención en un grupo de mujeres en su misma situación: envejecidas, pobres, y putas. Le dan comida, techo, y le enseñan el trabajo. Sus cuerpos, son y serán cosas, para todos los clientes, para todos sus conocidos. Ni siquiera lindas, sólo cosas. Pero fuera del trabajo, y en su clan, ellas se pertenecen a sí mismas, se entienden, y recobran una instancia de control sobre sus cuerpos.

 

La realidad y la narración de La Vida de Oharu pueden ser pensadas en el siglo XVIII, en el XIX, en el XX, y en el presente. Podría suceder en Argentina, Francia, Estados Unidos, Tailandia, Rusia, Kenya, México, Brasil, Italia, Nigeria, India. No podría. Sucede.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Saikaku ichidai onna