Pasado, presente y futuro en una misma batalla. Que vive l'Empereur (2015), de Aude Léa Rapin

Juan Cruz Bergondi 31 - Enero - 2018 Textos - Foco: VIII festival online MyFrenchFilmFestival

 

            Quién no soñó vivir en otro tiempo, ser parte del pasado. Quién no se preguntó cómo sería estar en aquellos acontecimientos históricos que, quizá por lejanos, te parecen mucho más atractivos que el presente. Vivir otro siglo, seguir otras costumbres: cuántas veces oímos que alguien dice yo debería haber nacido cien años atrás. Uno de los dos protagonistas de Que vive l'Empereur, el cortometraje de Aude Léa Rapin, se preparó solo durante un año entero para formar parte de la recreación de la Batalla de Waterloo. Está vestido tal cual un soldado francés de la época y alista obsesivamente su fusil no vaya a ser cosa que algo falle durante la jornada. Todos los asistentes acampan desde el día anterior en tiendas blancas de campaña, animados por el deseo de experimentar con el cuerpo la Historia. La ilusión de este joven ante la mirada de su pareja, quien lo acompaña en el viaje, vuelve el acontecimiento algo más que un juego.


            De entre los muchos aciertos de este cortometraje, la imposición de la Historia en el presente es el que entusiasma más. La convivencia de los dos mundos es la premisa bajo la cual están subordinados los procedimientos formales. Si no estuvieses obligado a verlo de principio a fin, por algunos planos en concreto, podrías pensar que es una representación histórica de aquellos días: las tropas marchando, un soldado napoleónico abriéndose paso entre el pastizal. Cabe destacar la utilización del Chant du Départ, canción de guerra considerada el primer himno francés, preferido por “el pequeño Cabo” a La Marsellesa, que suena desde el principio del cortometraje aportando a la ambigüedad histórica. Hay elementos disonantes que contribuyen a la tensión: el lugar abierto podría pertenecer a cualquiera de los dos tiempos, no así la carpa moderna donde pasan la noche, la cerveza servida en vasos de vidrio que comparten sentados a una mesa al aire libre, la ropa de ella: el pantalón de jean y la campera inflada de pluma. Con la disposición de todos estos elementos por separado, Aude Léa Rapin podría haber elaborado una estrategia para sostener esta ambigüedad y el extrañamiento, sin la necesidad de diseñar una puesta de cámara que, al hombro y nerviosa, en lugar de apostar a la sutileza, elige lo artificioso.
            Además de la historia del joven que fracasa en su obstinación por pertenecer a las tropas de Napoleón, está la de su pareja, quien se compromete cada vez más con el sueño del otro, hasta el punto de alquilarse ella misma un vestuario antiguo, para conseguir que se le dedique una mirada apenas. Ella se confunde de época porque elige inocentemente y no tiene la culpa ni de que se le haya ensuciado el vestido ni de que él no pueda participar del enfrentamiento recreado. Piglia, en su “Tesis sobre el cuento”, dice que “un cuento siempre cuenta dos historias”. Dependiendo del modo en que se desarrolle, puede que una historia sobrevenga a la otra o que la tensión entre las dos se trabaje de forma que una se imponga hacia el final o la segunda se cifre por completo ante la primera historia fácilmente reconocible. En Que vive l'Empereur, la segunda historia se convierte en protagonista una vez que todo el asunto de la Batalla de Waterloo pierde peso. Enfrascado en su propio sueño, el joven no puede advertir lo que ella tiene para decirle y el final le devuelve al cortometraje una inquietante armonía, que en sus mejores momentos caracteriza la obra.

Juan Cruz Bergondi

juancruzbergondi@caligari.com.ar

Que vive l'Empereur