“Poco a poco, el pájaro hace su jaula” . Petit à petit (1971), de Jean Rouch

Rocio Molina Biasone 29 - Mayo - 2016 Textos

 

Si hay algo que se puede decir de Jean Rouch, es que tiene una enorme habilidad para crear comedia a partir del choque espontáneo entre diferentes grupos, sean estos sociales, étnicos o generacionales. Lo hace a través de un contraste que produce ironía, hazaña que puede parecer una burla, pero que simplemente es una crítica que el espectador logra establecer frente a lo que ve, frente a su propio mundo, gracias a un distanciamiento, a un cambio de punto de vista. Particularmente, un punto de vista alejado de lo que llamamos “occidental”.

En el caso de Petit à petit, nos enfrentamos a una París desde la perspectiva de un hombre nigeriano, que busca averiguar más sobre los rascacielos, ese símbolo del mundo “desarrollado” que busca importar a su pueblo. El título del film coincide con el nombre de su empresa (el que a su vez se menciona en Jaguar, una película de Rouch finalizada en 1967, que narra el pasado de estos mismos personajes), pero también se relaciona con la construcción y el avance del mundo capitalista y de la modernidad sobre África, Asía y Oceanía. Poco a poco el mercado va entrando en aquellos continentes cuyas formas de vida permanecían, a nuestros ojos, “primitivas”, poco a poco esa compañía se va construyendo, va creciendo, va ganando dinero. Lo que este film marca, es la diferencia que tenemos ante dos proyectos capitalistas, cuando cada uno es encarado desde una base distinta.

Damouré quiere importar el rascacielos no como industria en sí, sino como símbolo. Para él no tiene demasiado peso la economía en sí, la parte de negocios y comercio. En el rascacielos él ve el símbolo mismo del progreso, es el factor común que ve en Europa y en Estados Unidos, y lo asocia directamente al hecho de ser un país de Primer Mundo. Pero ser Primer Mundo no es todo lo que él esperaba, todo lo maravilloso que él y sus amigos creían que podía ser.

En su viaje a París, que termina durando más de lo esperado, Damouré se encuentra en una serie de situaciones cuya comicidad radica entre el profundo contraste de su propia base cultural con la de los parisinos: él tiene cinco esposas, vive en un pueblo sin altos edificios, con la naturaleza que lo rodea en su caprichosa forma, mujeres que usan vestidos largos, donde los únicos medios de transporte disponibles son autos, caballos, pies, y no mucho más, y donde los ríos fluyen libremente, sin control alguno.

De lo primero que nota al llegar, es la mentira que es el símbolo: que París no es la torre Eiffel. Parece absurdo mencionarlo, ¿pero no es eso acaso lo primero que nos viene a la mente a la mención de la capital francesa? De otra forma, ¿por qué existiría la convención cinematográfica de mostrar la torre Eiffel cada vez que la cámara muestre una ventana abierta? París no es eso, tampoco es la “montaña” de Montmartre, o la Catedral Notre-Dame. De alguna manera, este es un anticipo, a una conclusión final, que es que el símbolo es, al fin y al cabo, inútil a sus intenciones.

En toda su estadía — con una estrategia que hoy vemos usarse en personajes como los que interpreta Sacha Baron Cohen (Borat, Da Ali G Show, The dictator) — nuestro protagonista va haciendo aún más observaciones sobre lo ridículo que tienen, para él, los habitantes de grandes ciudades: en una secuencia, les toma las medidas de su cuerpo, y concluye que están desnutridos, pero que esto se debe por el poco espacio que tienen en sus calles estrechas, y a que en las grandes ciudades no hay lugar para gente corpulenta; les mira la dentadura, y compara los dientes parisinos con sus propios, afirmando que en Nigeria jamás tienen caries o problemas dentales; critica la moda de las mujeres parisinas, que consiste en vestirse “mucho por arriba y poco por abajo”, algo a lo que Damouré no le encuentra sentido alguno; incluso se confunde a una chica con un chico, y viceversa, dejando en claro su confusión por la vestimenta y apariencia de moda en Europa.

El ambiente mismo le resulta pavorosamente extraño. Junto a su amigo Lam que, preocupado, viaja a acompañarlo, dejan en evidencia lo antinatural que les parece el paisaje, o la falta de él. En París, el río no es libre, sino que es un prisionero, delimitado por barrotes. Lo mismo respecto a los árboles, que son tan escasos, y los que sí existen, tan poco libres. Para colmo, hay “mal aire”. Con razón los parisinos se van al campo los fines de semana, dicen. No se puede respirar bien. Y ni siquiera hay sol, algo esencial para ellos que se ubican y coordinan sus vidas respecto a la posición del sol.

El personaje de la senegalesa Safi se presenta como parte de una nueva generación de  oriundos de países recientemente salidos de su condición de colonias que, habiendo vivido ya mucho tiempo en Europa, se han ido “occidentalizando”, en los modos de pensar, de vestir, de trabajar. No cortó vínculos con sus orígenes, pero ya no se siente cómoda aceptando las condiciones culturales de países como Nigeria, donde intenta vivir brevemente como una esposa más de Damouré.

Regresados a Nigeria, Damouré y Lam hacen la prueba de ponerse en sus zapatos de empresarios capitalistas. Pero no lo logran. No pueden. No de una manera trágica o desastrosa. Simplemente no le ven el sentido a conceptos como “invertir”. Si tienen dinero, lo gastan en algo que quieran o necesitan, pues para eso está, como hacen con un costoso auto en París.

Pero ya cuando tienen de más, y están en Nigeria nuevamente, no saben muy bien en qué gastarlo. Volviendo allí, ven que en verdad no les sirve para nada importante. No sólo eso, sino que lo único que esa empresa trajo al pueblo es descontento, peleas, ambiciones, competencia.

No tienen ningún interés hacer del Niger un prisionero, o en cavar un pozo profundamente bajo para construir un edificio enormemente alto. A veces, las chozas de siempre son más que suficiente.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Petit à petit