“Normalidad interrumpida”. Pauline s'arrache (2015) de Émilie Brisavoine

Rocio Molina Biasone 8 -Noviembre - 2017 Textos - Foco: 4to Asterisco Festival Internacional de Cine LGBTIQ.

 

A veces lo más difícil de capturar es aquello que tenemos más cerca. No creo equivocarme al afirmar que intentar hacer un documental, un buen documental, sobre la propia familia está entre los desafíos cinematográficos más grandes que hay. La familia de uno a menudo puede parecernos interesante, única y particular, pero a la hora de reflejar sus rasgos en una película, nos encontramos con que mucho de eso que vemos en el día a día y que nos interesa plasmar de forma audiovisual, se pierde ante los ojos del espectador. Y otras veces, nos resulta increíblemente difícil encontrar los diamantes entre toda esa masa intrincada de experiencias tibias que es la cotidianidad.
Sin embargo, no queda duda de que la familia de Émilie Brisavoine es una que amerita ser filmada y exhibida ante un gran público. Por las buenas y por las malas, una familia excepcionalmente cinematográfica. Y como sabemos, lo excepcional puede ser entretenido, pero también tremendamente enloquecedor. El ejemplo de esto es Pauline, nuestra heroína — o “princesa”, según la llama su hermana —, la hija menor del clan Lloret-Bresson, y la media-hermana de Émilie.
Pauline, como nos adelanta el título, se saca. Está harta. De su padre y de su madre, del estado de soledad en el que se encuentra, de que haya quedado ella sola en esa casa familiar de gritos y escándalos, de que en pleno auge sexual y sentimental su padre le quiera poner límites, de la escuela, de la vida, de todo. Pauline domina la película con una personalidad y potencia que parecen concebidas por Virginie Despentes misma: una joven ni masculina ni femenina, una joven que grita e insulta, que es irracional pero con seguridad, que no es correcta ni tampoco cruel, que está caliente y enojada, que está llena de amor y de tristeza, que no sabe encontrar ese equilibrio emocional tan digno de una dama.
La película prioriza naturalidad, contenido y una estructura tormentosa a la calidad de imagen. Émilie se adentra con una cámara de video básica para filmar sola y cómoda el cotidiano poco ortodoxo tanto de su media-hermana, como de Meaud, madre de ambas, y de Frederic, padrastro de Émilie y padre de Pauline. El presente se va alternando con el pasado: el primero, una lucha constante de fuerzas iracundas, el segundo, una seguidilla de imágenes divertidas, felices y llenas de esa dicha aparente que solo las filmaciones familiares pueden transmitir. Mientras reímos, lloramos y nos morimos de vergüenza ajena con lo que acontece en pantalla, la película parece preguntarse: ¿es posible siquiera lograr una familia en equilibrio cuando esta es fundada por dos personalidades enteramente por fuera de lo tradicional? ¿Será que el concepto nuclear de familiar como la hemos concebido desde hace siglos en Occidente tiene como premisa que cada uno de sus integrantes encajen en los parámetros de normalidad?
La pasión, la vanguardia, la destrucción de esquemas, es lo que caracteriza a ambos padres de Pauline. Su historia de amor, de origen único y precioso, se ha transformado en lo que parece ser un tormento continuo, ya desde que Pauline era niña. Un hombre de sexualidad disidente que se dedica al drag y a una vida de escenario y arte, conoce a una mujer divorciada y con dos hijos, que vive una vida bohemia sin definirse bajo ninguno de los requisitos de la madre perfecta. Un hombre queer, histriónico y ‘femenino’; una mujer avasallante, de voz ronca y pasión infinita. Pauline no puede escaparle a su determinismo, pues ella es, por crianza y por genética, todo un “personaje”. Es por eso que su infancia de drag y performance en familia tuvo tanto de idílica, como su adolescencia tiene de angustia. El mismo padre abierto y disidente le grita que no puede dormir donde su novio; la misma madre apasionada y alocada atraviesa una depresión y necesita atención constante.
Tal vez sea una condena, ser interesante. Tal vez nunca vaya a ser fácil, ser lo diferente. Tal vez no haya una forma de romper lo tradicional, sin que esto destruya a su vez algo de tu propio bienestar mental. Tal vez los disidentes nunca podamos lograr la familia perfecta, pero ¿para qué queremos la perfección, si ya tenemos el arte?

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Pauline s'arrache