De histéricas y bohemios. Paula (2016), de Christian Schwochow

Rocio Molina Biasone 25 - Septiembre - 2017 Textos

 

El sexismo es una institución no oficial. Una que domina y a la vez sirve a todas las otras instituciones de la sociedad. Hoy, el sexismo es algo que se reconoce con bastante facilidad: incluso quienes, aún hoy, lo justifican en nombre de la “naturaleza”, no pueden negar cuando están frente a una instancia de discriminación. Sin embargo, identificar el sexismo no es lo mismo que entenderlo, porque el sexismo es evidente, pero también complejo. Es sistemático, y es por esto mismo que desmembrarlo nunca fue ni será una tarea fácil.
Paula Modersohn-Becker fue una pintora alemana, de las primeras en su país en aventurarse a desafiar las formas tradicionales del arte, por influencia e inspiración de artistas modernos, pos o neo impresionistas y fauvistas, por más jóvenes que fuesen estos movimientos en ese entonces. Mas la curiosidad y rebeldía artística de Paula parecía venir no solo de una influencia francesa, sino de su mismo interior, de esa entidad tan discutida, resaltada y criticada, que llamamos el “genio”. Concepto que fue popularizado por la filosofía y el arte de los Románticos, movimiento que tuvo su auge y mayor desarrollo en Alemania, presentaba algo nuevo frente a la concepción que se solía tener del artista, una que inconscientemente mantenemos viva en el presente: son pioneros en desarrollar el concepto de autoría, tal como la pensamos hoy, al ver en cada artista una mente especial, un mundo único y propio cuyos poderes creativos debían expandirse sin límite alguno, es decir, sin que la vida material y progresivamente moderna fuera un obstáculo para su arte.


La película de Christian Schwochow encuentra su fuerte al correr el foco de un sexismo simplista, en el cual el único obstáculo es que la sociedad considera que una mujer no puede pintar, no puede escribir, no puede liderar, etc. Si así fuese, hubiera bastado con demostrar lo contrario, algo que las mujeres han venido haciendo desde que la reglas que las limitan fueron escritas por primera vez. Mas el problema del arte, así como de toda institución que haya hecho lo imposible por dejar a las mujeres afuera, no radica en un simple malentendido o falta de conocimiento sobre el talento de las mujeres. El problema nunca fue que crean que no podemos producir más que hijos, sino que no quieren que produzcamos más que hijos.
El film pone a Paula en una encrucijada no con un solo hombre, sino con un colectivo masculino de artistas empeñados en no permitirla pintar “en serio”. La historia pasa rápidamente a desmerecer estas opiniones, y el espectador puede ver cómo esta patota de genios autoproclamados se dan cuenta de que Paula puede llegar lejos, de que en París es apreciada como artista, de que podría tener la vida bohemia que ellos tanto desean y admiran. Así es como, en la mente del espectador, la discusión se corre de la cuestión de si Paula tiene talento o no, y el verdadero corazón del sexismo queda expuesto: nosotros podemos tener esa vida, pero ella no.
¿A cuántos genios artísticos les hemos perdonado, y seguimos perdonando, que hayan renunciado a su rol de padres, de esposos, o incluso de personas decentes? ¿A cuántos de estos genios se los define como “excéntricos” o “bohemios” por decidir ir de pueblo en pueblo, de país en país, a tener sexo con mujeres de “tierras exóticas” y olvidarse de la vida europea burguesa y familiar que algún día empezaron? Es ahí donde vemos el corazón del sexismo, en que lo que al genio masculino se le adjudica como parte inevitable de una vida creativa, al genio femenino (si es que existe, claro está) nunca se la podrá correr de su rol de madre y de esposa, de amable y sensible, de vivir para otros y relegar el ego.
Paula se empecina en mostrar a la pintora alemana como lo que era, una artista, una excéntrica, por momentos egoísta y mala persona, mala esposa y mujer fundamentalmente anti-doméstica. A diferencia de la mayoría de los biopics, este no se excusa en embellecer al personaje para que te caiga más simpático, pues con el personaje mismo basta, y no es necesario construir una heroína para retratar una artista.
Una de las escenas más fuertes, no por cuanto dura o difícil de ver, pero fuerte en cuanto a su densidad y lo único y raro de ver a unas cuatro mujeres sudadas, sucias, tomando en un bar, cuerpos y rostros cargados de decepción, es aquella en que Paula bebe con su amiga artista Clara y otra mujer en un local nocturno de Montmartre, y son súbitamente interrumpidas por Camille Claudel.
Para quienes no estén en las internas de los chusmeríos del mundo del arte (porque por supuesto, si involucra la integridad de las mujeres, qué va a ser sino chusmerío en vez de Historia), Camille Claudel fue una de las alumnas que frecuentaban el taller de Auguste Rodin, el más célebre escultor francés de fines del siglo XIX, y como tantas otras mujeres que aprendieron del maestro, se convirtió en su amante. Hace bastante que se conoce que la obra artística de Rodin está plagada de lo que hoy no dudaríamos en llamar “plagio”. Y qué plagio. Camille Claudel fue una escultora increíblemente talentosa, con su propio estilo y técnica, algo que Rodin no tardó en notar y aprovechar para nutrir su propio renombre.
Paula y sus dos amigas charlan y toman. Paula se va quedando sin plata, mientras su marido la amenaza con internarla bajo el diagnóstico de histeria, su amiga Clara no consigue consagrarse como artista y se está separando de otro genio artístico cuyos pecados quedarán perdonados, Rainer Maria Rilke. Camille entra, cansada, desesperada y desesperanzada, intentando que alguna de estas mujeres compre su escultura. Llora, suplica, pero ellas tampoco tienen dinero de sobra. “¿Se enteraron de lo que me hizo Rodin?”, pregunta. Todas dicen que sí, se disculpan. ¿Por qué se disculpan?
Al igual que Camille, y que tantas otras mujeres, Paula viviría y moriría en la ignominia. Su arte comenzaría a adquirir el reconocimiento que merecía recién unas décadas después, y se convirtió en la primera artista mujer en la historia en tener un museo exclusivamente dedicado a su obra.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

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