El viaje como introspección. Parábola del retorno (2016), de Juan Soto

Ayelen Boffelli 27 - Noviembre - 2016 -Foco: VI festival online Márgenes

 

Recuerdo... Hace treinta años estuvo aquí mi cama; 
hacia la izquierda estaban la cuna y el altar... 
Decidme, ¿y por los techos aún fluye y se derrama, 
de noche, la armonía del agua en el pajar?
(Parábola del retorno – Porfirio Barba Jacob)


El regreso como sinónimo de viaje siempre es un recurso utilizado en el cine. Implica un volver, un camino por recorrer, implica moverse, avanzar física y simbólicamente. El viaje implica una transformación del personaje. Eso es lo que ocurre en Parábola del retorno, del director colombiano Juan Soto. Pero aquí lo sorprendente es la forma que elige para contarlo.
El protagonista de esta historia es Wilson Mario, un exiliado que terminó viviendo en Londrés, luego de tener que escapar de su Colombia natal en los ´80, y que ahora regresa a su país para reencontrarse con su familia. Es este quien, movilizado por el viaje que está por emprender, consigue una cámara para registrar el recorrido. Un viaje que a lo largo del relato irá ampliando sus límites físicos para transformarse en un viaje introspectivo que realiza el personaje.
Desde la primera secuencia se comienza a crear un diario de viaje a partir de aquellas imágenes que capta el personaje con su cámara. Como un juego, comienza a probar las diferentes opciones que le da ésta, y de modo experimental, nos introduce en su vida a partir de inscripciones que nos aparecen en pantalla (nunca escucharemos su voz). Somos los espectadores de ese diario, que terminará por transformarse en un relato íntimo de un fragmento incompleto de su vida.
Así la segunda secuencia nos confirma lo que ya creemos: el acto de filmar no será oculto como suele ocurrir en el cine, sino evidenciará la manipulación, como forma de mediar entre la realidad y la memoria del protagonista.
Esa manipulación, esa idea de imagen casera, de espía, que logra la cámara, es la misma sensación que captamos de Wilson Mario, y que podemos extender a cualquier persona que se ve obligada a dejar su lugar, para tener que adaptarse a otro sitio impuesto. Ese presente que vive por el pasado que se dejó atrás pero que resulta imposible de soltar. Ese recuerdo de la familia que tuvo que abandonar sin despedirse y que no tiene contacto hace más de treinta años. Son 2 realidades que no dejan de ser una, la del protagonista.
Las primeras imágenes de la ciudad, del paisaje que se ve a través de la ventana del tren y las personas que se van cruzando indiferentes en ese camino de regreso, son luego reemplazados por el interior del avión que realmente lo llevará de regreso a Colombia. El cambio no es sólo de espacio, sino también de tamaño de plano, que comienzan a cerrarse para recortar aquello que vemos. El relato también se altera a partir de este momento. Lo que antes era una historia sobre cómo abandonó su país y se estableció en Londres, ahora será un relato intimista de los detalles de esa vida que dejó atrás. Pero no se detiene ahí, sino que también se incluyen imágenes de archivo como muestra visual de aquello que está contando la palabra escrita, y que son la muestra de que el pasado se niega a ser olvidado. Ahora estamos frente al verdadero Wilson Mario, un hombre con una familia, un amor, con errores, un hombre imperfecto como cualquier otro.
La ausencia, el retorno, el viaje, se unen en una serie de imágenes y palabras que adquieren un carácter artístico y político en su máxima expresión. El director Juan Soto sabe cómo hacernos parte de ese mundo creado. Logra que no necesitemos de una voz para imaginar cómo suenan las palabras que está diciendo el protagonista. Logra manejar las pausas de una forma sutil e inquietante que nos mantiene atentos y nos hace sentir el verdadero significado de la ausencia y del retorno. Y termina ahí el relato, junto con el viaje. Para que sólo seamos parte de ese episodio de la vida de Wilson Mario.

Ayelen Boffelli

ayelenboffelli@caligari.com.ar

 

Parábola del retorno