“La revolución será psicodélica”. Orange sunshine (2016) de William A. Kirkley

Rocio Molina Biasone 21 - Noviembre - 2016 Textos - Foco: 31 Festival Internacional de cine de Mar Del plata

 

Hoy, pasados unos cincuenta años, cuando se habla de los ’60 se habla de drogas, de rock, de hippies, de colores, de amor y de sexo, pero todo ello de forma superficial, como de una atmósfera que hoy patentamos para reducir una década a una moda, a un estilo al cual diseñadores de interiores y de indumentaria apelan cada alguna que otra temporada, invadiendo revistas y vidrieras. Los sesenta, los hippies, hoy representan estereotipos, un lugar común para el pensamiento burlón del ciudadano promedio y productivo del nuevo milenio.
Sin embargo, para ellos, las generaciones que reclamaban “hacer el amor, no la guerra”, nunca se trató de un pasatiempo, de una simple diversión. Con nuestro cinismo, nuestro ibuprofeno y nuestra infaltable dosis diaria de cafeína, nosotros miramos a ese pasado con escepticismo, y aunque tal vez más de uno fuese un simple pasajero en aquel movimiento masivo en búsqueda de la paz, había grupos, tales como la Brotherhood of Eternal Love (Hermandad del Amor Eterno), para quienes un nueva filosofía de vida y un cambio radical en el mundo eran necesarios. Había que despertar del sueño americano, y la forma la encontraron en ese ácido conocido como LSD.
Organizaciones como la Hermandad, The Weather Underground, Black Panthers, fueron a menudo retratados por los medios norteamericanos, sus historias contadas desde el gobierno al cual rechazaban. En el caso de la Hermandad, Orange Sunshine podría reconocerse como el primer documental con difusión que nos ofrece el punto de vista interno, los testimonios y las confesiones de sus mismos participantes, de los que aún viven.
Lo que al inicio produce risa, tal vez cómplice, pero risa en fin, va poco a poco presentándose con la seriedad con la que era vivida por los miembros de la Hermandad. No es por puritanismo. Los milennials no somos precisamente seres puros e impolutos. Las drogas y estupefacientes que existían en los sesenta siguen existiendo y consumiéndose hoy, además de otras cuantas inventadas desde esos tiempos. Sin embargo, la reacción promedio hacia la primer parte de los testimonios de Michael Randall y de Carol Griggs Randall es la risa: ¿cambiar el mundo con viajes psicodélicos?
Pero ambos, junto a la Hermandad su fundador John Griggs, estaban convencidos de que aquello que una sola toma de LSD había cambiado dentro de cada uno de ellos, haría lo mismo por el resto de los humanos. No era broma. Dieron su vida por llevar adelante un negocio que lo permitiera, e incluso usaron el LSD como arma contra la violencia policial. Lo digo en el sentido literal, pues como bien relatan Carol y Michael, conseguían la forma de administrarles ácidos a los policías armados en medio a manifestaciones, para así hacer fluir ese amor colectivo que tanto buscaban.
Tal como las Panteras y los Weatherman, la Hermandad quedó tapada o relegada por la historia como un otro movimiento caprichoso, extremista y criminal, que no ayudó a cambiar nada. Kirkley hace una película para hacer que nos preguntemos si realmente esto fue así. O si no estaremos todos drogados.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Orange sunshine