“Decilo con la voz de poeta”. Neruda (2016) de Pablo Larraín

Rocio Molina Biasone 28 - Noviembre - 2016 Textos - Foco: 31 Festival Internacional de cine de Mar Del plata

 

Los así llamados biopics a menudo terminan por resultar demasiado básicos, esclavos de una narración imparcial e informativa de los hechos, o preocupados por dar una versión fiel y objetiva de la persona retratada. Pero hay que aclarar: cine y periodismo no son ni buscan lo mismo. Mientras el segundo pretende (subrayo este verbo) objetividad, priorizando la información y las autenticidad de sus fuentes, y dejando de lado la opinión personal respecto a la vida de cierto personaje célebre, el cine se sabe un relato, y como tal, se sabe subjetivo, creativo, imaginario, ficcional. Pretender hacer cine informativo termina matando el arte.
Si Neruda no es verdaderamente un biopic o un “basado en hechos reales”, es porque Pablo Larraín es un autor cinematográfico que se asume como tal, y toma la figura de Pablo Neruda en cuanto personaje, en cuanto protagonista, o más bien co-protagonista, de una película que va más allá de la vida del escritor, más allá de los hechos que rodearon su exilio. Más allá de los hechos, en pos de una aventura y una reflexión indirecta.
Para empezar, Larraín no solo le otorga un protagonismo casi o más importante a Óscar Peluchonneau, el policía que persigue incansablemente a Neruda, sino que lo hace narrador del film. Le construye una psicología, un punto de vista, una propia historia. Peluchonneau es un personaje ficticio construido bajo el nombre de un hombre que existió. No fue él en verdad quien persiguió a Neruda, ni la persecución se dio de la forma en que la película narra. Pero poco importa, los hechos no pretenden respetarse, esto es cine, esto es ficción, y la verdad es una construcción más de nuestro imaginario. Por eso es que, cuando aquí hable de Pablo Neruda y de Peluchonneau, lo haré refiriéndome a los personajes de este film.
Neruda se toma aquí no solo como escritor, sino como político. Y tal vez más como político que como escritor. Algo que a muchos les puede hacer ruido, pues el artista que es político es digno de sospecha. ¿Acaso el arte no debiera ser algo espiritual? ¿Flotante? ¿Puro? Larraín nos susurra que no nos engañemos. El arte es siempre político, y lo político no es posible sin arte. El Pablo escritor no es la otra cara del Pablo senador: son uno mismo, pues uno es tal gracias al otro.
Lo que Neruda nos dice es que tanto en política, como cine o literatura, se construyen relatos: se construye un protagonista, el héroe, y un antagonista, el enemigo; se construye un conflicto estimulante y que forma bandos enfrentados, personas y personajes comprometidos en una lucha; se construyen hazañas, eventos gloriosos, anécdotas para que cada bando repita entre los suyos. Ficciones: aquello que leemos, vemos y escuchamos día a día, sin siquiera darnos cuenta.
Neruda escribió a sus enemigos, y Peluchonneau escribió a Neruda: toda oposición es tal que “antagonista” y “protagonista” son simples etiquetas que se colocan una vez definido el punto de vista de un relato; y es tal que una de esas fuerzas se define gracias a la otra, se inventan mutuamente como mitos y leyendas. Neruda pasa de lo policial al western, de oposiciones individuales a una persecución épica, en tierras y paisajes sublimes. Un líder del Partido Comunista que de común y comunal nada tiene, y un policía conservador y orgulloso cuya autoridad y capacidad de dominación es inexistente, ambos creando ficciones de sí mismos, fabricando ficciones de su enemigo, pero a la vez creaciones de una gran ficción escrita, dirigida y montada por Pablo Larraín.

Rocio Molina Biasone

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