La falsa apuesta. Apuesta maestra (Molly's Game) (2017), de Aaron Sorkin

Juan Cruz Bergondi 26 - Enero - 2018 Textos

 

En el cine todo está permitido. Y en el buen cine, todo menos la solemnidad y el arrepentimiento. Bien se puede disfrutar de los disparos y de la sangre, de la violencia y la corrupción: se trata nomás de un juego. Podés proyectar tus fantasías y nadie va a decirte qué está bien o qué está mal. La vara es una contingencia, una cuestión de lugares y de relaciones, de perspectivas. Así que las moralinas caen por su propio peso. No podés decirle a nadie qué debe pensar ni tampoco qué valor tienen las cosas, cuando cada uno le pone al paisaje el color que se le da la gana. Los juicios –si existen- vienen después de la experiencia: es un error meter el mensaje dentro de la película, porque ideología es tanto el envoltorio como el caramelo, y por lo tanto no sólo del caramelo se desprende el discurso de la obra –aunque tampoco hay un discurso; en todo caso, tantos discursos como espectadores posibles-. La intencionalidad del autor empírico no es tan literal ni se debate en el argumento, dejando a un lado la forma. Quiero decir, te das cuenta dónde los caminos se encuentran: es una fibra íntima perfectamente reconocible la del placer. Se nota y se puede sentir. La verdadera película de Aaron Sorkin es la rítmica, la lúdica, aquella que coincide con el ascenso de Molly Bloom –la cita a Joyce es obra de los padres de la Molly Bloom real en que se basa esta historia verídica y no del guión-, una torturada impostora que organiza partidas de póquer entre la crème de la crème primero en Hollywood y después en Nueva York. La verdadera película de Aaron Sorkin no pide perdón por disfrutar del sonido de las fichas, del deslizar frenético de las cartas sobre el tapete, de las drogas, los billetes o el bourbon. No pide perdón, en definitiva, por desenvolverse tan bien en el cine que, como el dinero, es caprichoso pero produce fascinación.
Molly Bloom primero fue una esquiadora profesional a punto de clasificarse entre los tres mejores de Estados Unidos y, tras verse frustrada su carrera deportiva, decide tener dos empleos antes de dedicarse a estudiar abogacía. El guión de la película quiere que entiendas, no vaya a ser cosa que te pierdas entre el lujo y los vicios, entre lo anecdótico y el verdadero sentido de la vida: Molly Bloom estaba destinada a ser alguien, porque así su padre psicoanalista lo quiso. La diferencia entre un juego y un deporte es la competitividad, algo que si la Molly real hubiese sabido le habría evitado varios inconvenientes. Y para agregarle algo de sazón, Sorkin invoca el complejo de Edipo, a Electra y todos los parientes de Freud: ningún comportamiento debe quedar sin explicar. Entre la competitividad y los traumas familiares, el dinero es tan sólo una consecuencia porque lo mismo hubiese dado que Molly, en lugar de infringir la ley, fuera el más justo de los jueces o un policía fuera de sus cabales: vos pensás que hay un talento del personaje para organizar partidas de póquer y hacer surgir dinero sin tener nada, o pensás que la película pone en evidencia que no falta dinero en el mundo sino que se pierde en unos pocos riachos exclusivos, cuando en realidad lo que le importa a Sorkin es que haya una curva para el personaje y que la resolución del conflicto traiga consigo una enseñanza para la vida.
El afiche que antecede a la película te pide que prestes atención a sus puntos fuertes: la nominación a premios para Jessica Chastain y para el guión. Así que puestos a analizar, advertís que de casi todo en la película te enterás por la voz en off del personaje principal, que además de narrar las peripecias, presenta a cada personaje y hace ingeniosas comparaciones con la ayuda de un montaje que en esos momentos es tan conceptual como una publicidad canchera de cerveza y que va y viene en el tiempo, volviendo sobre las escenas que, por un trabajo de recurrencia, ahora significan. El problema aquí es que se ven los hilos. Por un lado, es cierto que en este tipo de películas suele haber un personaje “fuerte” alrededor del cual giran los demás, quienes existen en la medida en que son funcionales al avance de la trama. Durante toda la película te presenta a uno y otro que en un momento dado el guión va a utilizar: vos podés sin dificultad adivinar estos movimientos hasta el punto en que, hacia el final, Molly introduce a un chofer que, aunque antes se demoraba unos minutos, ya a la escena siguiente es protagonista y, si no había aparecido hasta hace un momento, mucho menos aparece después. Y algo similar ocurre con los diálogos ya que están los diálogos de la acción pero hay otros dos tipos que saltan a la vista: los diálogos que llamo Diálogos Disruptivos, encargados de otorgar realismo a la película dada su insignificancia con respecto a la estructura general, y los Diálogos Idea, que vehiculizan un concepto, como todos los que se empeñan en citar The Crucible, la obra de Arthur Miller. Estos últimos son en verdad curiosos porque si la obra de Miller aludía en clave poética a la política del macartismo, en la película de Sorkin se dirigen a la renuencia de Molly a delatar los chismes y pecados de estrellas de Hollywood y la farándula toda, asiduos participantes de sus ludópatas veladas.
La película apuesta por la palabra, por el orden y por la ley que siempre triunfa a fin de cuentas. Todo lo que se desvía encuentra después su cauce así como todo placer será condenado. El gobierno de Estados Unidos le confisca su dinero y le aplica sobre el mismo impuestos desmesurados. Lo que sí, como el gobierno aprieta pero no ahorca, le evita la cárcel porque en verdad sólo querían que cantara. Así funciona también la Ley Paterna: en una de las últimas escenas con su padre, Molly le pregunta por qué fue tan duro con ella y él se justifica diciéndole que quizá se debió a que, aunque ella no era consciente, sabía que su padre le era infiel a su mamá. Es decir, según el padre, ella era muy chica pero un día lo vio con otra mujer en su auto, lo que justifica (porque el padre todo esto lo dice con lágrimas en los ojos) la violencia en la infancia. Las cosas están regidas por la ley por más que la ley no esté escrita: de la misma manera actúan los criminales que están fuera, establecen las reglas y Molly, en este sentido, no hace más que acatarlas durante todo el metraje. Resulta llamativo que en una película que parece ir “de una mujer contra todos” no haya más representación femenina, aparte del personaje principal, que una niña y dos playmates, y que el orden impuesto por los hombres lleve a la renuncia de las voces disidentes y la paz. En definitiva Aaron Sorkin se dedica en Molly’s game a demoler el castillo de naipes que en sus grandes momentos construye de la mano de una Jessica Chastain que está llamada –si ya no lo es- a ser una de las grandes actrices de la historia del cine.

Juan Cruz Bergondi

juancruzbergondi@caligari.com.ar

Molly's Game