¿Hasta donde somos nosotros quienes concebimos nuestras metas y trazamos el camino para realizarlas?. Moi un noir (1958), de Jean Rouch

Boris Dominguez 26 - Mayo - 2016 Textos

 

 

Eddie y Edward, son jóvenes, son negros, son pobres, y para colmo, no saben hacer nada, aunque hagan de todo. Llegaron desde Niger hasta Treichville, en Costa de Marfil, en busca de trabajo o, más precisamente, dinero, a riesgo de encontrarse a cambio con la indiferencia externa y la frustración interior. Es el propio director quien, en off, nos relata el nacimiento del proyecto, nos introduce en la historia, nos presenta a los personajes e incluso nos delata el final de Eddie tras las rejas. Luego le pasa la palabra a Edward, quien desde ahí en más se hará cargo del relato. Edward peleó en indochina y es, según palabras del realizador, el héroe del film.

Moi, Un Noir (1958) es el primer largometraje del cineasta y antropólogo francés Jean Rouch. Referente principal de algo que se ha dado por llamar, o se conoce como, documental etnográfico o docuficción, cosa que a su debido tiempo intentaremos rebatir, ya que tanto su genio, como su arte, no conoce de límites, y mucho menos de aquellos que imponen la clasificación a partir de géneros.

 

En línea con su primer cortometraje, Les Maitres Fous (1955), el film trata sobre la inmigración interna de adolescentes desde empobrecidas y retrasadas zona rurales hacia las europeizadas ciudades portuarias de la África colonial. La peregrinación recorre el camino al nombrado barrio de Treichville, un suburbio dentro de la ciudad de Abiyán, capital financiera de Costa de Marfíl. Aquí cabe aclarar que la película sale a la luz en el mismo año que el general De Gaulle lanza la declaración de la Quinta República, por la cual todas las naciones, de lo que sobraba, del Imperio colonial francés, pasarían a ser una suerte de países autónomos dentro de la Comunidad Francesa. La (supuesta) real independencia llegaría por el año ’60.


Vuelvo a la cinta. El film no se debate, sino que coquetea concientemente entre el documental y la ficción, pero sin comprometerse jamás con ninguno, llegando a ser otra cosa. ¿Experimental? Tal vez. Es innegable que el director está probando nuevas herramientas que se volverían algo recurrente con al asentamiento de la nouvelle vague. Las imágenes se suceden en un ritmo de montaje sostenido y frenético. El relato de Edward es tan sincero y lúdico como persistente (un ejemplo cercano sería la polifónica voz en off de Balnearios, pero en primera persona). Nos cuenta lo que sucede; a veces en exceso, generándose un empaste con lo que el plano ya describe autárquicamente; nos simula diálogos, saliendo indemne en ese elogiable atrevimiento, y lo más interesante, nos comparte sus reflexiones. Son estos los instantes de mayor vuelo poético del film, se le da lugar a la muy lograda, y no tan aprovechada, composición del sonido ambiente. A veces acompañada por un autóctono canto a’capella. Otras, con lentas y espontaneas definiciones de Edward. Es de una belleza, que por simple llega a ser embriagadora, la secuencia en que, acompañada por unas coplas a Abiyán, se pasa de unos planos de carteles señalizadores de calles a otros donde unas mujeres llevan canastas cargadas de cosas sobre sus cabezas, para luego ir a marquesinas de negocios con nombres que remiten a otras ciudades del mundo y, mientras el canto va mutando a disparos de western, derivamos en afiches de cine. Es ahí a donde vamos.

Rouch afirma, y le creemos, que luego de seis meses de estudio y una vez seleccionados los jóvenes que iban a interpretarse a ellos mismos les propuso hacer un film donde tenían el derecho de hacer y decir lo que quisiesen. De esa libertad sale un film que por improvisado se lo ve genuino, pero que también es medido en cada uno de sus detalles.
No es casualidad que Edward tome el nombre de Edward G Robinson, el genial actor hollywoodense de origen rumano. O que Eddie use el nombre de Eddie Constantine y se haga llamar Lemmy Caution, y que justamente, sea el actor francés, Eddie Constantine, quien siete años después protagonizaría Alphaville de Godard, dándole cuerpo a un personaje llamado Lemmy Caution (el nombre es tomado del detective privado de las novelas del inglés Peter Cheiney, de quien Godard tomo la base para el film).

Acá podría estacionarme sobre en el camino más sencillo: “el director nos avisa que lo que vemos es una película”. Yo siempre prefiero pensar que el espectador es lo suficientemente capaz de darse cuenta, por si solo, que lo que está viendo es, evidentemente, una película. Que “el realizador nos deja ver los hilos de la ficción”. Acá hace falta un espectador apenitas más entrenado, pero no mucho más, para empezar a dudar de que esto sea solamente un documental. Yo elijo pensar que Rouch nos habla de los sueños, y también, de la colonización. ¿Hasta donde puede el sistema dominante influenciar nuestros deseos, esperanzas y frustraciones? ¿Hasta donde somos nosotros quienes concebimos nuestras metas y trazamos el camino para realizarlas? La ciudad cosmopolita rodea a estos jornaleros nigerinos con imágenes perfectas de objetos de uso y consumo que no pueden obtener. Ellos también sueñan con casas hermosas como las que hay del otro lado de la laguna, en el barrio de los ricos. Un auto nuevo cada año, “como los americanos”. Una Dorothy Lamour. Viajes. Dinero. Lejos del ideal de Frantz Fanon, estos hombres colonizados no emprenden ni desean la lucha por la liberación. Se conocen derrotados. Dejan, resignadamente, que sus deseos se vuelvan quimera. Estos forasteros se conforman con lo que queda: el cine, el fin de semana, los juegos en la playa, los bailes y el alcohol en ese bar caracterizado de western; las peleas de boxeo, como Sugar Ray Robinson, el hijo de africanos que logró triunfar en Norteamérica.

También cabría preguntarse: hasta que punto este film se circunscribe solamente al estudio etnográfico. Para mi derriba esos límites y luego los pisotea. Los sentimientos de Edward se vuelven comunes a cualquier adolescente enfrascado en el mundo capitalista. En Paris, New York, Buenos Aires o en los bajos fondos de Abiyán. La sociedad de consumo nos ha atravesado a todos. Y desde hace mucho tiempo. Acaso quien no se ha sentido identificado con esta reflexión del protagonista luego de una tarde en la playa: “Yo solo soy feliz los sábados. Quitando el sábado por la tarde toda mi vida está truncada (…) Yo también quiero ser un hombre feliz, como todos los demás”. No parece casual que en el montaje de toda esa escena en el mar, el director haya decidido pausar la voz en off.

La tarde del domingo se pasa entre la religión, un partido de fútbol y un desfile de danzas originarias. Esta podría ser la parte más didáctica y documental del film. Aunque Eddie siempre se encargue de dejar en claro que lo único que le interesa son las mujeres y bailar rock n roll. Al llegar al lunes, Rouche nos avisa que, para el héroe, todo vuelve al mismo lugar, a cero. Sobre el final el Eastmancolor de los ‘50 brilla como nunca, Edward nos desnuda sus sentimientos, los recuerdos de la infancia, el desarraigo, el dolor de las ausencias, y sobre todas las cosas, las secuelas de una guerra que lo condujo a ese nivel de desesperanza. Luego de un rato, Edward vuelve a reír, entre su sonrisa de dientes blancos no hay mucho lugar para el rencor, al menos, hasta que vuelva a empezar. Me queda un recuerdo atravesado, la cámara enfoca varias decenas de niños que nadan en la láguna, niños que son como han sido Eddie y Edward, haciendo las mismas cosas que ellos solían hacer, y que tal vez, tengan el mismo destino.

 

Boris Domínguez

Moi un noir