No dejar de experimentar. Minotauro (2015), de Nicolás Pereda

Victoria Leven 4 - Noviembre - 2015 Textos

 

En esta breve pieza cinematográfica de Nicolás Pereda, realizador Mexicano de apenas unos 30 años, nos encontramos frente a su octavo largometraje, que en este caso yo definiría sin duda, y en el mejor sentido de la palabra como un film “experimental” de tan solo 56 minutos , de búsquedas y hallazgos.

Recuerdo que en una entrevista de las tantas que le han hecho al gran director americano Orson Welles el definió el sentido esencial de hacer cine en cuatro palabras :”No dejar de experimentar”.

En esta experiencia cinematográfica el realizador nos instala en un encierro oclusivo donde habitan solo tres personajes: Dos amigos y una joven Lucía, la extranjera, la invitada, la que no pertenece al lugar pero que se irá fundiendo con el espacio y con los otros dos hombres de la casa.

Si pensara en el mito del Minotauro, ese monstruoso ser que fué encerrado en un complejo llamado Laberinto, lo relacionaría con los tres personajes del film que habitan en un espacio fragmentario y laberíntico del que no pueden salir como si estuvieran hipnotizados y atrapados al mismo tiempo por un lugar  lleno de camas y libros, de ventanas y de plantas , de silencios y vacíos.

No hay casi diálogos directos, o sea directa interacción verbal entre los personajes, salvo, en tres momentos: el primero un diálogo vanal  con una chico del delivery , el segundo caso con un señor mayor que vemos en la casa aunque no sabemos bien que hace allí, podría vender drogas, películas truchas o lo que nos querramos imaginar.

El único diálogo directo y clave del film es el que se da entre Lucía y el amigo de Paco-  su amante circunstancial, novio o pareja. Ella se presenta: - Soy Lucía… a lo que él la increpa ofendido ¿Porqué hacés que no me reconocés si ya nos vimos antes?. El, insiste y da detalles del momento de ese encuentro, las circunstancias, las acciones… pero Lucía tan solo responde “No lo recuerdo para nada”.

Esta escena es la única información directa y explícita, pues el resto del relato reafirma un camino ya sugerido, hecho de una forma discursiva disociada y disgresiva, que hace acento en la incomunicación y la tensión sexual que flota entre esos dos hombres y esa mujer.

Como en el famoso film de Alan Resnais “El año pasado en Marienbad” (1961) dos de los personajes utilizan lo literario para comunicarse de manera indirecta, para decirse lo que piensan y lo que sienten. Un recurso metafórico evitando el cara a cara. Toman un libro que van leyendo de a fragmentos alternadamente el amigo de Paco y Lucía. En ese diálogo inferido o imaginario, hay igualmente una coherencia. Si uniéramos todos los fragmentos que leen, podríamos construir un perfecto relato que narra la historia de amor entre un hombre y una mujer, hecha de puro azar y desencuentros.

 

 

Por lo que a la imagen respecta los planos siempre son fijos, extensos, cortando en el encuadre los cuerpos y rostros, estén activos o inactivos los personajes, algo que nos resulta incómodo pero efectivo para el malestar del clima circundante. La iluminación es agrisada, plana, salvo cuando algún rayo de sol invade el lugar por un instante. El sonido colabora en su textura realista pero se nos presenta muy austero, despojado, e invadido de largos silencios.

El relato vincular entre los personajes va a discurrir fundamentalmente a través del discurso de los cuerpos. La mayor parte del film, los tres duermen, duermen y duermen. En posiciones insólitas, volcados en el piso, arrodillados sobre la cama, tirados sobre una mesa, en la ducha.  Como si los cuerpos se abandonaran al sueño, como si el sueño cruelmente se apoderara de ellos. El trabajo corporal de los actores es brillante, se mueven letánicos, entregados a la nada, como si no hubiera que oponer resistencia al tiempo ni al espacio. Un gran ejercicio teatral, una suerte de adaptación del teatro físico aquí planteado en clave cinematográfica.
Los tres duermen solos, divagan solos, entre la distancia y la cercanía se rozan, se miran, se tensan.  Mientras, nosotros,  esperamos verlos enlazados a los tres en un mismo plano, superpuestos, en una imagen que concrete esa latencia amenazante del deseo que vibra, ese deseo que flota entre sus cuerpos para que escapen finalmente de ese sueño eterno.

 

Victoria Leven

victorialeven@caligari.com.ar

Minotauro