La Tilinguería en pantalla grande. Mi obra maestra (2018), de Gastón Duprat

Andrés Schinocca 9 - Septiembre - 2018 Textos

 

R.A.E.
“Tilingo: Dicho de una persona: Insustancial, que dice tonterías y suele comportarse con afectación.”

Espasa Calpe
“Tilingo:  Argentinismo: Insustancial, ligero, que habla muchas tonterías”.

Cuando nos entregamos a la experiencia de ver una película, hay muchas alarmas simbólicas, y referencias que, a medida que se desarrolla el relato, pueden aparecernos.

Mi Obra Maestra de Gastón Duprat cuenta la relación entre un comerciante galerista de arte y un pintor, quienes además, comparten cierta relación de amistad. Para esto, la película opta por comenzar a narrar desde el punto de vista del comerciante, Arturo Silva (Guillermo Francella). En lo que podríamos definir como el prólogo, tenemos un monólogo interior de este personaje, seguido inmediatamente por un flashback en el cual transcurrirá toda la película hasta minutos antes del final, dando así la fórmula ya cotidiana por estos tiempos, del relato enmarcado. En este texto que compone el monólogo interior, de nuestro coqueto comerciante de arte, se nos presenta una definición de Buenos Aires. Una definición bastante elemental y superficial, remarcando el grotesco como si fuera una característica propia y singular de Buenos Aires. Como si este gesto de encontrar pros y contras en lo descrito, volviera aguda la descripción. Me parece muy significativo este monólogo y este personaje en relación a toda la película, porque considero que esta es la forma de contar que se elige, el patrón creativo regidor que da a existencia a la película.

Como decía, el relato se enmarca desde el punto de vista del comerciante, y esto no es casual. Ya desde el inicio, antes que aparezca cualquier personaje, la película nos es presentada, por algunas empresas,como el Grupo Clarín o la multinacional Audi, marca de de los autos en los que se pasea nuestro personaje interpretado por Francella. A su vez, el punto de inflección de la primera mitad de la película y sobre todo de la relación entre Silva y el artista plástico Renzo Nervi (Luis Brandoni), es cuando este último arruina un mural por encargo que le había conseguido el comerciante para una empresa con el nombre de su fundador y dueño, Larsen.  De esta manera, la empresa como figura y funcionamiento, no solo sobrevuela la película sino que garantiza su condición de posibilidad. De la película,, como también del personaje protagónico.

Ahora bien, qué hay del artista antes llamado Renzo Nervi. No mucho la verdad. Pareciera intentarse una configuración de este personaje como un bohemio, ermitaño talentoso y estancado en una década de prosperidad artística y emocional. Su contexto, y en especial su amigo Arturo Silva, intentan reinsertarlo en una supuesta modernidad. Ante esto, la reacción pretende ser provocativa, pero la imaginación con que se construye el personaje es tan limitada (tanto como la técnica pictórica del personaje), que lo provocativo no llega y solo se queda en algo tan banal, que acerca al personaje más a la sociopatía que a la idea del artista provocativo.  Reforzando esta idea, podríamos mencionar la escena en que Nervi ingresa a la galería de Silva y con el afán de burlarse del pedido de modernización por parte de su amigo se pone enfrente a un cuadro de su autoría cargando un arma y le dispara a su propio trabajo. Sin embargo, me parece más significativa la mención al muralismo mexicano cuando Silva “chamuya”, “engatusa” o “vende”, a unos pobres descendientes nórdicos, la idea de que en el hall de la empresa Larsen repose una obra que producirá Nervi. En su “viveza porteña”, menciona al movimiento artístico y social originado en aquel país latinoamericano, a principios del siglo pasado. Por supuesto que el encargo se concreta y en un principio Nervi acata y rompe su regla de trabajar por encargo debido a su situación económica apremiante. Todo va bien hasta que horas antes de la lujosa exposición y descubrimiento de la obra en medio de la empresa, Nervi usa un As bajo la manga. Pinta un pene (eyaculando y todo) en el medio de su obra. Uno de esos dibujitos que suelen verse o hacerse en los baños de los colegios secundarios. Este es su gesto de provocación al capitalismo encarnado en la empresa que contrata por dinero sus servicios. Lejos de escandalizarme con esto, me interesaría relacionarlo, con tal vez la anécdota más famosa del artista mexicano Diego Rivera, perteneciente al movimiento muralista. Debido a la afición de Abby Rockefeller, hija del magnate, por la obra de Rivera, este es contactado para que pinte un mural en el Rockefeller Center, emblema del capitalismo internacional ubicado en el centro de Nueva York. El artista acepta y así nace el famoso mural El Hombre Controlador del Universo (1933). Con recelo de mostrar su obra sin que esté concluida, Diego, mantiene el enigma hasta que lo finaliza y lo muestra. Para sorpresa de todos y en especial los Rockefeller,en el mural están incluidos los rostros de Lenín, Trotsky y Marx. Como era de esperar los mecenas mandaron a derribar el mural y finalmente Rivera lo pudo volver a pintar en el museo de Bellas Artes de la Ciudad de México, para así poder conservar esa verdadera obra maestra.  Lineas arriba, he mencionado la superficialidad que adopta la narración en la película. Una forma de esto es la banalidad de algunos acontecimientos y características de los personajes, como por ejemplo el dibujito del pene. Pero en esta última relación que se extrae de la mención de Silva, aparece algo distinto. El cinismo en el sentido contemporáneo del término. El gesto burdo del pene en comparación con el gesto de Rivera, adrede o no, es en sí mismo un gesto tan cínico y banal como el del propio Nervi. ¿Qué hay detrás de los rostros de Lenin, Trotsky y Marx? Nos llevaría otro texto. ¿Qué hay detrás del dibujito del pene? Un simple arbitrio efectista.

En esta línea hay otro gesto tan cínico como este, y también autorreferencial, si bien incluye una obra de arte determinada y no un movimiento artístico y social como el muralismo. En la escena en que el comerciante Arturo Silva va a proponerle un negocio relacionado con la obra de Nervi a la curadora de un Museo (el Fortabat) interpretada por Andrea Frigeiro. En la oficina de la curadora, aparece detrás de Silva la obra más conocida y controvertida del artista argentino León Ferrari, La Civilización Occidental y Cristiana (1965).  Es un avión estadounidense a escala F-105 de los que bombardearon Vietnam, al cual está crucificada una figura de Cristo, en caída libre. Sin entrar en mucho detalle, es evidente que es una obra con una carga simbólica y provocativa en términos sociopolíticos muy relevante. Y de aquí, de nuevo, proviene el cinismo. Por que aparece por contraste, en el fondo, mientras discuten la venta/compra o no de la obra de Nervi, obra que a pesar del reconocimiento de maestro otorgado por algunos personajes, es bastante vacua. Se podrá aquí abrir un debate (tal vez el mismo de siempre). ¿Estamos ante un gesto cínico o nostálgico? Tal vez un poco de los dos, pero considero que en esencia es el primer caso. 

Ahora bien, pero qué tendrá que ver lo de la tilinguería en todo esto. Bueno, al comenzar he mencionado el monólogo interior del comerciante de arte con que abre la película y he remarcado los superficial y elemental de esa reflexión sobre Buenos Aires, pretendiendo ser reflexivo en la descripción de esa ciudad que transita. A su vez, he marcado lo significativo que encuentro este procedimiento a lo largo de la película. Con esto fresco, me gustaría traer el artículo editado en 1966 en la Revista Confirmado, con la autoría del economista, activista y pensador forjado en el radicalismo de comienzos del siglo pasado, Arturo Jauretche. En este breve escrito, nos describe de forma muy ilustrativa el concepto, la historia y el proceder de la tilinguería, encarnada por su puesto, en algunos habitantes del suelo argentino.  El tilingo, es el que después de un proceso de ascendencia económica, toma aires de ejemplar social distinguido, pero solo posee adornos estéticos y discursivos para vociferar su mérito a quien lo rodea. Es el que habla mucho sin tener nada para decir. En su definición de diccionario aparece como he citado al comienzo, y aquí recuerdo según la R.A.E.:

“Tilingo: Dicho de una persona: Insustancial, que dice tonterías y suele comportarse con afectación.”

También según el Espasa Calpe citado en el mismo texto de Jauretche: “Tilingo:  Argentinismo: Insustancial, ligero, que habla muchas tonterías”.

Y a estas definiciones se le podría sumar la también redactada por Jauretche citando una frase de Hipólito Yrigoyen
“Don Hipólito - desde luego, Yrigoyen es el Hipólito por antonomasia - decía <<palangana>>. Supongo a esta expresión tradicional y fundada en la poca cosa y mucho ruido de la enlosada al caer retumbante.”

No solo son así, los personajes de esta película. Con un cúmulo de actuaciones estereotipadas, la narración se abre camino también así, adoptando la forma de sus personajes. Una profundidad raquítica, sin estructura más allá de una seguidilla de escenas con situaciones de humor básico televisivo, con acciones y elementos estridentes, como para generar impacto, golpe de efecto, o llamar la atención. Ejemplo de esto se puede ver en las secuencias del desalojo de Nervi primero, seguido de su almuerzo en un restaurante lujoso el cual no paga siendo supuestamente desvergonzado y “loco lindo”, y a continuación de esta secuencia el accidente de tránsito que lo manda al hospital. De forma aislada se intenta crear una especie de tragicomedia, que no termina siendo ni trágica ni comedia, debido a esta superficialidad, a estos desvaríos (o diversificaciones). Parafraseando a Yrigoyen con el dicho popular, “Mucho ruido y pocas nueces”.

Para ver esta comunión entre la existencia de los personajes y la misma narración, hay un claro ejemplo. El personaje del artista vive en la avenida Pedro de Mendoza, lo que es el legendario barrio de La Boca de la ciudad de Buenos Aires. A este barrio en los últimos tiempos, el gobierno de esta ciudad intenta promover la categoría de “Distrito de Las Artes”. Vaya si esto no es una forma estereotipada de construir personajes. A su vez, nuestro personaje comerciante de arte, se toma un rato libre en un parque en donde se dispone a jugar una especie de juego describiendo un perfil determinado con cada una de las personas que transitan por el parque. Aunque de forma lúdica, extrae de sus “agudas” percepciones síntesis de lo que serían esas personas. Lo dicho.

En continuidad a esto último, me gustaría traer ahora, y para concluir, otros pequeños fragmentos del ensayo de Jauretche, que continúa con su descripción del Tilingo.

“Usted lo conoce al tilingo. Y si no lo conoce, ahí lo tiene al lado, en esta mesa de un café céntrico donde se han sentado cuatro o cinco tipos con portafolios. (...) Peo esos que están en la mesa de al lado sólo llevan allí sueños, proyectos, hipotéticas transacciones. Andan a la búsqueda de enganchar algo, intermediar en alguna operación cualquiera para ganar una comisión, y muchas veces intermediando entre intermediarios. Generalmente se ayudan con el teléfono de un amigo que tiene escritorio y al que han pedido permiso para que les <<dejen dicho>>. Ese teléfono, la mesa del café y el portafolios constituyen su establecimiento comercial.”  

Aquí, habría que hacer una salvedad. Tal vez nuestro protagonista no necesite del portafolios o la mesa del café, ya que él tiene su galería.

Al comenzar, expresé mi experiencia al entregarme a ver una película. Las súbitas alarmas simbólicas que se van presentando. A continuación intenté sintetizar esta experiencia. Experiencia que no considero excluyente de Mi Obra Maestra de Gastón Duprat, ya que, a pesar del escrito de Jauretche, estas alarmas retumban muy a menudo estos días. Reverberaciones insoportables, como aquel ejemplo de la palangana que tanto chilla al caer, pero en seguida vemos que no era más que eso. Mucho ruido.  

Andrés Schinocca

andressc@caligari.com.ar

Mi obra maestra