“Matar: una burocracia”. Matar a un hombre (2014), de Alejandro Fernández Almendras

Rocio Molina Biasone 20 - Septiembre - 2016 Textos

 

Pese a estar basada en hechos verídicos, una trama como la de Matar a un hombre podría fácilmente encontrarse en un film hollywoodense (de hecho, se lo puede tranquilamente comparar al argumento de Cape Fear), a modo de thriller o terror.
Y es que los argumentos bien pueden ser universales, adaptables de una cultura a otra: la venganza, el acoso, la violencia, son temas tan presentes en Los Ángeles como en un pueblo de Chile. La diferencia radica, a menudo, en las formas.
Fernández Almendras no se dejó colonizar para narrar una historia con los recursos que típicamente pertenecen al género de suspenso. El cine latinoamericano es más fuerte cuando busca su propio lenguaje, y este film lo prueba.

Escasea la cercanía, abundan los planos medios o generales de duración extensa, el montaje no está ahí para manipular los ritmos, o para generar una tensión: similarmente a cuanto sucede los films de Michael Haneke, el suspenso y clímax de cada secuencia está presente en la imagen misma, en el encuadre y su diálogo con las acciones que se muestran.
Se le suele reprochar al cine independiente, sobre todo al latinoamericano, el uso exhaustivo de planos con demasiada duración: planos y escenas, o films enteros, en los que “no pasa nada”. No es sencillo lograr que este tipo de tiempos, tan poco habituales en un cine más popular y comercial, estén justificados, que cumplan una función narrativa. Son casos en los cuales el autor está intentando prescindir de herramientas de edición, prescindir de música y de cortes útiles, y apuesta por que toda la carga de emoción, de nerviosismo, de tensión, esté en ese solo plano, en esas acciones, en la actuación, en la duración.

El film de Alejandro Fernández Almendras, como bien indica su título, se desenvuelve en torno al hecho de matar a una persona: eso que en el cine “pochoclero” parece cosa cotidiana para los maleantes, para los tipos rudos, para los que quieren proteger a sus seres queridos, para los que viven de matar. El ritmo y los tiempos de esta película están para sacarnos de esa norma, y mostrarnos que matar a un hombre… no es simple.
Primero que nada, no es simple llegar a ser capaz de hacerlo. Tenemos en este caso dos personajes principales, protagonista y antagonista cuyos roles no podemos dudar: Jorge, padre de familia trabajador, diabético, pacífico, y pequeño; Kalule, ladrón, violento, (potencial) asesino, y enorme. Desde el punto de ataque de la trama, no se nos quiere hacer dudar de dónde se encuentra moralmente cada uno. Mientras que Jorge llega tarde a su casa, y trae consigo una torta de cumpleaños para su hijo, Kalule deja de jugar al fútbol para ir a robarle su celular y hasta su insulina.

Ese es sólo el primer golpe dentro de varios, y casi como un manual de instrucciones, Kalule va cumpliendo uno por uno los requisitos necesarios para que Jorge se decida a matarlo. Son golpes que nos dejan incómodos. No es violencia estética, no está orquestada a partir de planos detalles. Se nos obliga a observar, pero con distancia. Con esa misma distancia que toma la burocracia frente a la familia que está dejando sin recurso alguno para defenderse de un violento. Se nos hace observar, de forma anempática, cómo la hija es acosada y abusada, cómo el hijo es atormentado y agredido, y finalmente, cómo se mata a un hombre.

¿Y cómo se mata a un hombre, cuándo nunca se ha matado a nadie? ¿Se puede mirarlo a los ojos mientras esa vida se esfuma? ¿Se puede hacerlo a menos de un metro de distancia? Así como la primera vez que nos damos una vacuna, o que nos sacamos una espina, necesitamos cerrar los ojos, o mirar para otro lado. Alejar la evidencia de eso que se está haciendo, hacerlo invisible. Alguien que nunca mató, no puede empezar por un tiro en la frente. Mientras que para alguien que lo hizo, es concebible dispararse incluso a sí mismo.
Digo “hacerlo invisible”, pero esto es sólo el instante. La muerte humana es todo menos invisible, pues deja un cuerpo. Y un cuerpo deja rastros. Olor, sangre, piel, huellas. Matar es una burocracia como cualquier otra, y en esto el film de Fernández Almendras nos recuerda a Psicosis, y su anormalmente larga secuencia de la limpieza de la escena del crimen. Películas como esta parecen burlarse inocentemente de los innumerables thrillers y de sus elipsis: tiro en la nuca, corte, cadáver desapareciendo bajo la tierra.
Por demás, Norman Bates era un psicópata, un asesino con experiencia. Pero Jorge no, y por eso el acto de matar no se simplifica. No es un efectivo burócrata del asesinato. Su crimen no fue pasional, fue planeado. Y en esto también se diferencia de Kalule, quien siente y actúa, donde Jorge debe reflexionar antes. Podríamos preguntarnos, ¿es peor matar lento, de a pasos, planeándolo? ¿O hacerlo como consecuencia pasional de un desafío? Jorge no cumple ningún requisito para matar a un hombre. No es frío y calculador. No es iracundo y pasional.

Como cualquier burocracia, matar termina por superarnos. Pues para matar a un hombre, no solo es necesario de capaz de matar. También hay que ser capaz de haber matado.
Y por qué no, pensémoslo desde el cine. Para narrar un asesinato, no solo se debe articular el asesinato mismo. También debemos asegurarnos de no olvidar que asesinamos.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Matar a un hombre