“Un nihilista inmortal”. Lucky (2017), de John Carroll Lynch

Rocio Molina Biasone 1 - Octubre - 2018 Textos

 

Se podría decir que, dentro de todo, Harry Dean Stanton ha sido un hombre afortunado: pasó más de sesenta años de su vida actuando, principalmente en roles secundarios, y murió a los 91 años, días antes de que se estrenara uno de los últimos largometrajes en los que trabajó y que, en este caso, protagonizó, Lucky. No poco relevante es que esta película haya sido el debut directorial de John Carroll Lynch, otro actor prolífico y, a su vez, predominantemente de roles secundarios. Y digo que es relevante porque en este filme sencillo y cálido, las actuaciones no son un componente más de la narración. Ya lo dice el título, Lucky es la película, Harry Dean Stanton es el foco de esta historia, y es irremplazable.

Lucky es un viejo nihilista que de tantos años vividos ya empezaba a sentirse, y a ser visto, como inmortal. Pero ya sabemos, nadie lo es. Y poco importa, al fin y al cabo, porque, como suelen repetir de forma diaria Lucky y quienes lo rodean, “No sos nada”. Somos nada, y a la vez somos todo: un anciano solitario del oeste de los Estados Unidos es tan solo uno entre billones de humanos en este mundo, y sin embargo, basta con un par de días de su vida para mantenernos sentados en una sala oscura por hora y media, por momentos sonriendo, por otros, escuchando atentamente sus palabras y reflexiones cuasi absurdas. Un actor, junto al resto de un pequeño elenco, pueden ser más grandes que la vida con tan solo unos recursos, y John Carroll Lynch lo supo demostrar.
A diferencia de lo que se acostumbra construir en la mayor parte de las ficciones cinematográficas sobre la vejez y la mortalidad, este filme no se trata de una búsqueda nostálgica, o de una reconstrucción del pasado de un veterano estadounidense, o del choque generacional con jóvenes que viven sin los tabúes de antaño, o de una lucha inspiradora contra una injusticia. Lucky es un poco de todo eso, cierto, pero se trata más bien de unos instantes en la vida de un hombre viejo, que se está dando cuenta de que está viejo y que, sin un Dios que le dé paz, las maneras de lidiar con lo inminente de la mortalidad se tornan más complejas. Envejecer es repetición, es olvido, es temperamento, y el cine no tiene por qué ser incompatible con esto. En la rutina también hay historias, algunas que se revelan, otras que no, pues hacer una película sobre Lucky y quedarnos solo en su pasado sería un pecado cinematográfico y humano: nada más deshumanizante que negarle a una persona viva su presente, que insistir en su pasado, y así recordarle que, para el resto del mundo, ya murió.
La muerte lo llama, es verdad. Y ella viene de rojo. Rojo sangre. Está en el bar del pueblo y en lo prohibido. Está en el amanecer y en un teléfono. En un cocktail y en la señal luminosa que indica la salida. Pero siempre hay tiempo para otro crucigrama imposible, otro Bloody Mary con sorbete, otra conversación telefónica, otro bolero en la radio, otro cigarrillo inocente, otro café con crema, otra caminata al sol, otra puteada hacia quién sabe dónde.
Lucky no morirá, y Harry Dean Stanton tampoco. Lento como una tortuga, pero dulce como una canción mariachi. De hecho, es probable que lo veamos actuando de nuevo muy pronto, en una película sobre Frank Sinatra y Ava Gardner. El viejo nihilista nos engañó a todes, y logró seguir actuando estando en la misma nada. Después de todo, parece que la muerte nunca alcanzó su paso.

Rocio Molina Biasone

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