Silencio que aturde. Louder Than Bombs (2015) de Joachim Trier

Rocio Molina Biasone 16 - Agosto - 2016 Textos

 

Cada vez que me encuentro ante la posibilidad o voluntad de ver tal o cual película, es para mí ineludible el paso por IMDb (Internet Movie Database), para adquirir al menos una primera impresión y ayudarme a decidir. Pero más allá de la información sobre su director/a, su elenco, y origen, a menudo me encuentro con otro aspecto del film, que es la traducción que se le da a su título en otro país, variando éste incluso entre países que comparten una misma lengua.
Desde que, recientemente, empecé a estudiar Traducción, se me hace increíblemente difícil ignorar todo aquello, pues a menudo la forma en que se decidió traducir un título, habla de cómo el responsable de esto interpretó el film (o de cómo ni siquiera se tomó el tiempo de verlo).
Sea como sea, traigo esto a cuenta por un interrogante que me surgió al escribir “Louder than bombs” en el buscador de mi fiel IMDb y encontrarme con el título El amor es más fuerte que las bombas, traducción con la cual se estrenó en España. Al no haberla visto aún, el que hayan agregado al “amor” como aquello que “suena más fuerte que las bombas” no me chocó demasiado en su significación.
Fue después de verla, que debí hacerme una pregunta: ¿qué es lo que suena más fuerte que bombas? Más allá del conocido problema que presentan las traducciones españolas de títulos de películas, que nunca dejan de ser objeto de risa, esta particular traducción no creo sea producto de no ver el film, sino de una interpretación increíblemente superficial de éste, de los conflictos personales e interrelacionales que están en juego en él.

Louder than bombs como frase misma presenta una cierta complejidad a la hora de intentar traducirla, no se puede negar. Más allá de que falte el “qué” del cual hablamos, la palabra louder nos trae un problema, que es la ausencia de una palabra equiparable en el español, una palabra que, en lenguaje coloquial, sirva como adjetivo para describir la intensidad de un sonido. Para nosotros, hispanohablantes, un sonido es “fuerte”. Pero también lo es un cuerpo, una emoción, un golpe, y tantísimas cosas más. Es decir, en español nunca quedará del todo entendida, en el título de este film, la referencia a lo sonoro de una bomba.
Por demás, no hubiera sido mala idea para el traductor acudir a internet, porque  en cuestión de minutos hubiera encontrado que el título que Joachim Trier eligió para su obra, refiere a una frase en la novela (poema en prosa) de Elizabeth Smart, En Grand Central Station me senté y lloré (By Grand Central Station I Sat Down and Wept, 1945).

 

Volviendo a la cuestión del “qué”, Trier mismo habló de lo que le interesó de esta frase para resumir su película: una fotógrafa de guerra, que se pasa meses enteros, o tal vez un año, viviendo en territorios de conflictos, de guerra, de hambre, de tragedias, para inmortalizarlos, pero es finalmente lo que le sucede a nivel personal lo que la termina destruyendo. El título, en una primera instancia, aludiría a esto, a cómo la depresión no logra darse en los contextos de grandes conflictos, de verdaderos desastres y violencia, sino en la monotonía burguesa de un hogar tranquilo, porque es en esa monotonía en la que todo aquello no se vuelve acción sino pensamiento. Aquellos estallidos terminaron haciéndole más daño al sonar dentro de su cabeza, que al aturdirla en presencia.
Isabelle Huppert interpreta a otra Isabelle, fotógrafa de renombre mundial, premiada por la misma ONU, por su capacidad de reflejar la injusticia y el dolor en diferentes países y zonas en conflicto, con sólo una imagen, un instante, un encuadre. No se logra, a lo largo del film, terminar de descifrar qué es lo que la atormenta, qué es puntualmente lo que la lleva a suicidarse. ¿Por qué? Porque la depresión misma no suele tener un motivo puntual.
En este caso, ella afirma no sentir ese deseo por volver a las zonas de guerra. Afirma amar a su familia y querer por fin estar con ellos. Esto no se pone en duda, pero sin embargo la cámara y el montaje, con audacia y elegancia, nos muestran fragmentos e intuiciones de emociones que la atraviesan: su mirada intensa hacia nosotros, mirada triste y perdida; su percibir cómo sus fotos cargadas de dolor son apenas hojeadas por quienes leen los diarios mientras toman café; sus sueños, o más bien pesadillas, que ella trata inútilmente de descifrar.
Todo esto nos podría dar pistas sobre lo que la angustia, lo que no la deja vivir, pero al fin y al cabo no tenemos nada más que la verdad, hasta ese momento velada, de su suicidio. Un suicidio cuya violencia no creo sea casual. Una forma de morir que la hace elevarse y volar como lo hizo tiempo atrás una explosión.

 

Encuentro, además, otra posible forma de referirnos a este film desde su título. Tal vez sea casualidad, tal vez Trier lo haya pensado, pero encuentro que un elemento fundamental, que domina el film a nivel tanto estético como connotativo, es el silencio.
Hace no mucho, leí en algún diario sobre la cámara anecoica* más “perfecta” que se ha construido hasta el día de hoy, y que se encuentra en los Laboratorios Orfield, Minneapolis, EEUU. Parecería que el tiempo máximo que una persona puede aguantar en este cuarto, en el cual se registran unos -9,6 decibeles, son unos 45 minutos. Un silencio tan profundo es fatal para el cerebro humano. La persona, pudiendo escuchar con detalle sus palpitaciones, el fluir de su sangre, el roce de su piel, termina, en términos coloquiales, volviéndose loca.
El silencio es la ley que rige el tratamiento sonoro de este film, pues más allá de los diálogos, no sólo tenemos musicalización casi nula, sino que los sonidos en sí no parecen tener la intensidad que se acostumbra en el cine. Es como si todos los personajes estuvieran aturdidos, ensordecidos por esa muerte que les cayó encima como una bomba. Aturdida estaba Isabelle, pero aturdidos también están su marido y sus dos hijos. De ello que, naturalmente, se nos ponga en esta misma sensación al espectador.
Lejos de limitarse a una decisión estética, el silencio se pone como lo que articula y a la vez imposibilita las relaciones entre los personajes: todos callan algo, siempre hay algo que no se dice. Por ejemplo, el hecho de que Isabelle haya provocado su propia muerte es desconocido tanto por el común de la gente, como por su hijo menor, Conrad. Tanto su hermano mayor Jonah, como Gene, su padre, mantuvieron este secreto.
Pero Conrad, a su vez, opta por el más puro secretismo frente a un padre que busca su confianza. Un padre que tiene una relación oculta con una colega, la maestra de su hijo. Y que se entera del amorío que su esposa fallecida tenía con su propio colega fotógrafo, durante sus viajes.
Jonah, por otro lado, quien acaba de ser padre, no le contó nunca a su esposa del suicidio de su madre. Pero sí le cuenta a otra mujer, un viejo amor, con la que se reencuentra. Viejo amor cuya historia queda también callada.
Tanto silencio deberá ser roto eventualmente, y los sonidos que lo hagan llegarán para devastar antes de ir recomponiendo la normalidad. Naturalmente, no todo lo callado se dirá, y no todo lo que se calle debería decirse, pero estos personajes aturdidos necesitan desesperadamente volver a tener experiencias sonoras, volver a escuchar y escucharse, así como el resto del mundo debe poder oír las bombas al mirar las fotos de Isabelle.
Salgamos de ese silencio que resuena más que una explosión.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

 

* Una cámara anecoica o anecoide es una sala diseñada para absorber en su totalidad las reflexiones producidas por ondas acústicas o electromagnéticas en cualquiera de las superficies que la conforman (suelo, techo y paredes laterales). A su vez, la cámara se encuentra aislada del exterior de cualquier fuente de ruido o influencia sonora externa. La combinación de estos dos factores implica que la sala emule las condiciones acústicas que se darían en un campo libre, ajeno a cualquier tipo de efecto o influencia de la habitación fruto de dichas reflexiones.

Louder Than Bombs