Ojos que no ven. Los perros (2017), de Marcela Said

Carla Leonardi 12 - Octubre - 2017 Textos

 


El cine chileno recientemente ha producido trabajos que dan cuenta del periodo de la dictadura del Gral. Augusto Pinochet, como puede verse especialmente en la filmografía del director Pablo Larraín (“Post Mortem”, 2010 – “No”, 2012) Las heridas aún abiertas en el presente que ha dejado esta dictadura, a pesar de la ceguera de la burguesía chilena, cómplice de ella, es la temática que aborda la directora Marcela Said en su segundo largometraje. A diferencia de sus trabajos anteriores donde abordaba ese periodo nefasto de la historia de su país, la directora no toma el camino del realismo documental (“I love Pinochet”, 2001 – “El mocito”, 2011), sino que aquí trabaja este tema desde la ficción, hibridando el realismo social con el melodrama y empleando el recurso narrativo del suspenso en ciertos pasajes donde la música ominosa crea cierta tensión.  
Las imágenes del comienzo, donde se aborda el registro fotográfico para una muestra de arte contemporáneo de la galería que regentea la protagonista, es elocuente en cuanto al tema que pugna por salir a la luz, en medio de esta sociedad burguesa que prefería seguir adelante como si nada hubiera pasado, como si su pasado apoyando a la dictadura, no hubiese acontecido. La modelo posa con una máscara con aspecto de animal monstruoso que evoca la carne desfigurada  de los desaparecidos de la dictadura, y que recuerda a las esculturas del artista plástico argentino Juan Carlos Distéfano.
Mariana (Antonia Zegers), es una mujer de clase alta, tiene 42 años, es hija de  Francisco, un poderoso empresario chileno (Alejandro Sieveking) y está casada con un empresario argentino, interpretado por Rafael Spregelburd. Su vida transcurre rutinariamente entre la galería de arte, un tratamiento de fertilidad, y las clases de equitación. Su padre sólo se vincula con ella a los efectos de asegurar el futuro de sus inversiones patrimoniales y su marido, enfrascado en el trabajo, no se vincula con ella desde el amor, sino que sólo la ve en tanto madre de su potencial hijo.
Mariana se enterará de que Juan (Alfredo Castro),  su profesor de equitación, es un ex coronel retirado, que está siendo investigado por crímenes cometidos durante la dictadura. La película se mueve todo el tiempo con una carga simbólica importante. Tomar conocimiento de este pasado de su profesor, lejos de generar rechazo y repulsión en Mariana, comienza a insuflarle cierto aire de vida. Mariana se moverá incentivada por conocer la verdad sobre el pasado de Juan y de a poco, este interés, irá virando hacia una atracción pasional por dicha oscuridad.
La posición de Mariana, manteniendo un vínculo ambiguo, cercano y cómplice con Juan en tanto representante del poder militar de la dictadura, simboliza la posición de la burguesía chilena, que como ella, lejos de horrorizarse, se ha sentido atraída por este poder dictatorial que le garantizado la continuidad y el crecimiento de sus negocios capitalistas.
Otro elemento simbólico de la película, son “Los perros”. Los perros que tiene Mariana, y de los cuales se queja su vecino; son aquellos que no se dejan domesticar por el poder, los rebeldes que por lo tanto tendrán un destino trágico. Y por otro lado, tomando el cuadro “Los perros”, que su marido Pedro, ha adquirido para Mariana, que muestra a una niña en el centro rodeada por perros, puede hacerse otra lectura. Esa niña del cuadro, ingenua con el pasado de su padre y de su clase es Mariana, y está rodeada por esos perros feroces,  esos hombres violentos e inescrupulosos como su padre y su esposo, que buscan someterla bajo su  influjo y dominio. Mariana por momentos, será la mujer que buscará por momentos rebelarse del yugo del machismo masculino y los mandatos familiares del papel de hija y esposa obediente, huyendo hacia la pasión con el coronel, pero él también es otro perro feroz al cargar con un pasado que lo persigue y que sigue sin condena. Mariana, coqueteará con escapar a su lógica de mujer de clase burguesa, pero los condicionamientos familiares y de clase terminarán pesando más que la libertad y la justicia.
En “Los perros”, Marcela Said nos brinda una película prolija en lo que hace a la narración, a la fotografía y a las actuaciones de la pareja protagónica, y eludiendo los subrayados, logra crear un buen retrato de la hipocresía de la burguesía chilena, cómplice de la dictadura, que logra salirse con la suya.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

Los perros