“Un muro tan antiguo como la Biblia”. Los decentes (2016) de Lukas Valenta Rinner

Rocío Molina Biasone 10 - Noviembre - 2017 Textos

 

Si buscamos la palabra decente en el diccionario, las definiciones posibles son varias: “honesto, debido, conforme al estado o calidad de la persona, digno, bien portado”, etc. También podemos ir por su etimología, y lo que aprendemos es que viene del latín decens, decentis, que significa “conveniente, apropiado, adecuado”. Pero otro dato, el más curioso a mi parecer, aparece en esta búsqueda del origen de este adjetivo: el verbo en latín que le corresponde, decere (“ser apropiado”), parece estar vinculado con la raíz indoeuropea dek-, que a su vez ha sido vinculada con la palabra griega δόξα (doxa) que puede significar “opinión”, “alabanza” o “gloria”. Hay algo que encuentro fascinante en esta conexión, en apariencia incidental, entre el “ser apropiado” del latín y la “opinión” del griego.
Qué es lo “apropiado”, sino aquello que se ha establecido en la opinión general o aquello que es alabado por la mayoría. Cuando vamos al núcleo del asunto, ¿qué es lo que hace que una cosa sea decente, y otra obscena? Si algo nos enseña la historia, e inclusive la historia más reciente, es que lo que en un determinado momento se considera indebido puede, con el tiempo, pasar a ser algo normal. Y que esto haya sucedido, y siga sucediendo, sin que hoy nos encontremos todos en pleno Apocalipsis, quiere decir que aquellos parámetros de decencia no estaban basados ni en verdades ni en juicios morales absolutos, sino en meras creencias.


La desnudez en público es una de esas cosas “indecentes” que aún no está ni cerca de normalizarse. Sí, es verdad, que poco a poco las vestimentas occidentales se fueron haciendo más ligeras y dejando atrás grandes porciones de tela, pero la genitalidad (y las mamas, en el caso de las mujeres), permanece oculto del sol tras el sólido muro de eso que llamamos civilización. De hecho, nunca ha habido una ejemplificación visual de ese arquetipo moderno que es la oposición entre civilización y barbarie que no incorporara la desnudez parcial o total de la segunda, en contraste con las finas ropas de la primera. No es casual que las mujeres sean los sujetos que más comúnmente aparecen sin ropas tanto en la pintura como en la fotografía y el cine.
En Los decentes, esta división entre los civilizados y las bestias está marcada por un muro, una reja electrificada. De un lado, la civilización vive en un barrio cerrado al mundo, un barrio privado de esos llenos de blanco artificial, de vegetación controlada, de ira y resentimientos de clase alta. Del otro lado, la barbarie intenta coexistir con la naturaleza antes que dominarla; en un barrio cerrado, sí, pero con la diferencia de que ellos son encerrados, mientras que los otros se encierran. La desnudez es la forma que tienen de desprenderse de todo lo civilizado: de los problemas laborales, de las frustraciones por una vida que no es suficiente, de los padres controladores, de los hijos caprichosos, de los códigos morales en las relaciones afectivas.
Belén trabaja como mucama en una de las casas del barrio civilizado, pero la vemos incómoda, como si algo la estuviera apretando de todos lados. El rodete, la ropa, el uniforme, las reglas de la señora con respecto a los diferentes juegos de vajillas, el malhumor constante del hijito estrella de la señora: límites necesarios de la vida civilizada y clasista. Ella trabaja ahí, y sale con uno de los guardias, pero un buen día mientras cumple sus labores se asoma entre el verde, y de un mordisco visual a ese árbol del conocimiento, pierde la inocencia y su curiosidad le gana. Quiere ver qué hay del otro lado, “lo que está pasando atrás de la muralla” como le dice una de las vecinas a Belén. Lo que está pasando es tan obsceno que ni siquiera puede ser nombrado por los decentes.
La Gran Muralla China fue construida para no entraran los pueblos nómades de Mongolia y Manchuria. Trump fue electo presidente tras la promesa de construir un muro que dejara fuera a los mexicanos. Y los muros de los barrios privados de las afueras de Buenos Aires también se erigen por estas razones: no por privacidad, como su nombre indicaría, sino por segregación, por evitar que el otro entre. Hay un código supuestamente moral, impuesto y consensuado, a respetar para vivir del lado “bien” de la pared. El problema del desnudo, como leí por ahí, no está en el cuerpo y su carne, sino en los ojos que lo miran.
La comunidad a la que Belén se termina por integrar está compuesta por personas adultas de todo tamaño, forma y color. Desvestidos están de quiénes son o eran por fuera, pues solo sabemos qué hacen adentro, qué crean y qué disfrutan, qué aprenden y qué enseñan. Los indecentes están dispuestos a defender hasta la muerte su derecho a vivir. Y si la civilización quiere guerra, la barbarie está más que lista para franquear el muro, y dársela.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Los decentes