La verdad versus el cine”. Los corroboradores (2017) de Luis Bernardez

Rocío Molina Biasone 15 -Marzo - 2018 Textos

 

¿Cómo escribir sobre una película imposible de desnudar, cuyas capas de sentido siguen ahí, fijas, obstaculizando y confundiendo tu intento de análisis? ¿Cómo escribir de algo que no es verdadero, ni falso, que no es un documental, pero puede que tampoco ficción? Una película absolutamente posmoderna, y que hasta coquetea con la posverdad. Luis Bernárdez juega con nuestra mente en su nueva obra cinematográfica. Nos hace decir “No, no puede ser”, mas pensar, a la vez, “¿Y por qué no?”. La duda se intensifica a medida que avanza la trama y que los recursos utilizados y las escenas mostradas en cámara desafían nuestra credibilidad, no tanto por lo improbable de la conspiración en sí, sino por la reconstrucción siempre visual de los hechos que se crea al rededor del personaje de Suzanne, una periodista francesa que llega a Buenos Aires para encontrar las pistas que le permitan develar la historia de una sociedad secreta argentina.
Al terminar de ver este filme, estaba segura: claramente, se trataba de un falso documental, mockumentary, o documental apócrifo. Más allá de las etiquetas, lo que pensé fue que la historia de Suzanne claramente no podía haberse dado, y terminado, de esa manera, no “de verdad”. Pero al investigar más al respecto, encontré la palabra de Bernárdez mismo, quien se opone a encuadrar a su película dentro de cualquier categoría que sugiera que la historia que se cuenta es “falsa”. En algunas instancias ha afirmado que todo lo que se muestra en la película es verdad, en otras que no importa si el documental es “verdadero” o “falso”, e incluso dice que puede que el público dude, pero que él nunca dudó de la historia que estaba contando.
Y he aquí que mi mente tal vez peque de ser demasiado positivista para el momento en el que vivimos, pero no puedo evitar sentirme confundida después de ver Los corroboradores. La verdad en cuanto valor moral es un constructo, claro está. Cuando hablamos de algo, hablamos de eso solo en cuanto aquello que hemos visto y oído, en cuanto a ese conocimiento al cual hemos podido acceder. Pero siempre hay conocimientos y perspectivas que nos eluden. El intento de hacer una Buenos Aires parisina es evidente porque, valga la redundancia, hay evidencia: los edificios que podemos ver cualquier día que queramos aventurarnos a recorrer las calles de algunos barrios porteños son la prueba de este intento de “copia”, y para mí, en este sentido, esta palabra no tiene valor moral alguno. Sin embargo, de lo que no hay evidencia alguna, más allá de la palabra del narrador, es de que Suzanne en sí haya existido, exista, que su vida haya corrido peligro, que a Martín Dressler, su “fuente de información” lo hayan perseguido, y todo el hilo narrativo que refiere a la supuesta investigación que llevó a la concepción de este filme.
La película, de por sí, atrapa. Atrapa por sus elementos de thriller, su deambular entre lo cotidiano y lo extraño, el presente y el pasado, lo porteño y lo francés. Atrapa por lo narrado: una conspiración de siglo y medio atrás por parte de una élite intelectual argentina y porteña, que se reunía en el Jockey Club y planeaban la anexión de una ‘Bon Airs’ monárquica a la gran Francia. Atrapa porque la construcción narrativa nos hace preguntarnos en qué terreno estamos, si nos mienten o no, entre las imágenes de archivo o la palabra de historiadores reales, y las escenas armadas de ida y venida de Suzanne, y las anotaciones en imágenes viejas de dónde está el “corroborador” perdido.
Que el cine nos atrape, pero que la verdad siga siendo una utopía a la cual nos vamos acercando más, pero nunca alcanzamos.

Rocío Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Los corroboradores