¿Sueña internet con ella misma?. Lo and Behold, Reveries of the Connected World (2016), de Werner Herzog

Carla Leonardi 8 - Diciembre - 2016 -Textos

 

La filmografía del director alemán Werner Herzog se caracterizó siempre por desafiar los límites de lo humanamente posible, ya sea porque planteara en sus ficciones personajes de aspiraciones megalómanas destinadas al fracaso (*1) o porque en sus documentales retrate a personas que se enfrentaron a situaciones difíciles y lucharon por conseguir sus objetivos o por sobrevivir (*2). El documental “He aquí las ensoñaciones del mundo conectado” (“Lo and behold, Reveries of the conected world”, 2016), no es la excepción. Aquí Herzog se adentra en los laberintos de Internet, el último gran invento de la humanidad que superó los límites de lo esperado (y que incluso no fue previsto por ninguna novela o película del género de ciencia ficción) al punto de modificar la manera en que nos relacionamos y nuestra cotidianeidad.


El documental toma como punto de apoyo la melodiosa voz en off del narrador (del propio Herzog) que contextuará lo que se va a ver o planteará algunas observaciones de lo ya visto. Se trata de una serie de entrevistas realizadas a científicos de diversas disciplinas que emiten su punto de vista o personas que han tenido una singular relación con Internet, a fin de indagar en sus orígenes, sus ventajas y aspectos adversos, así como las perspectivas de su futuro.
En su estructura narrativa, el documental se organiza al estilo de una biografía clásica que se divide en diez capítulos y que va desde el nacimiento (El capítulo I se llama “Los primeros tiempos”) hasta el futuro, siendo el último capítulo “El futuro”. Cada capítulo abre de una manera clásica con un plano general, que junto a la voz en off, contextúa el lugar donde se desarrollará la secuencia de escenas, para luego adentrarse en las entrevistas correspondientes donde los entrevistados desfilarán en planos fijos de encuadre medio o medio corto. El punto de vista que adopta la cámara es objetivo, tomando distancia de aquello que filma, pero no obstante, no se trata de un documental que presuma una supuesta objetividad, ya que el director involucra su punto de vista cuando interviene e interactúa con los entrevistados con sus propias preguntas desde fuera de campo (casi siempre dotadas de un bienvenido sentido del humor), así como también mediante el recorte y montaje que realiza de las secuencias de escenas que lo conforman.
En cuanto a los capítulos en sí mismos, se destacaré algunos ya sea por la valiosa información que aportan, sea por la potencia visual de sus imágenes, o por el nivel de reflexión que proponen. El capítulo I: “Los primeros tiempos” nos sitúa en el campus de la Universidad de Los Ángeles en California y nos remonta desde una sala santuario a los comienzos de internet en el año 1969, cuando Vint Cerf y Bob Kahn, trabajando en colaboración, desarrollaron la primera red de computadoras, y también al primer mensaje que fue enviado.
El capítulo II se llama “La gloria de Internet”, donde se despliegan las distintas aplicaciones de internet sea en el desarrollo de videojuegos que toman modelos científicos de biomoléculas donde los jugadores con sus soluciones contribuyen al avance de la ciencia, sea en plataformas que ofrecen educación gratuita, sea en el diseño de robots autónomos que jueguen al futbol o bien en el diseño de automóviles autónomos. En este punto lo interesante es que más allá de los fabulosos desarrollos de internet, Herzog comienza a introducir el tema de la ética. Se preguntará si Internet podría llegar a comprender la ética humana, los valores de una sociedad. Y también por el tema de a quien responsabilizar en un caso de fallo accidental: ¿al diseñador del sistema? ¿A internet misma? ¿Al usuario?
El capítulo III es “El lado oscuro” que arranca con el potente plano general de una familia, de integrantes de tez pálida, vestidos de negro y aspecto tétrico (dignos de un símil con “Los locos Adams”) reunidos alrededor de una mesa. Se trata de la familia Catsouras. Nikki, una de las hijas de la familia, falleció en un accidente automovilístico y a los pocos instantes las fotos de su cabeza decapitada y destrozada fueron subidas a internet, donde cientos de miles de personas las vieron. Más allá de la particular posición de la madre de esta familia que sostiene que internet es la “manifestación del diablo”, Herzog ilumina el tema del borramiento cada vez mayor de los límites entre lo íntimo y lo público que significa la aparición de las redes sociales en internet, la pregnancia que toma la imagen en la época contemporánea y los riesgos de exposición y vulnerabilidad en que quedan los usuarios. Y acá el director no se limita a retratar este lado oscuro mostrándonos un ejemplo, sino que toma una posición ética al decidir no mostrar en el documental ninguna imagen de la joven Nikki, sino tan sólo el lugar de la casa que le gustaba: la sala de piano. De este modo, abre un cuestionamiento al uso de las imágenes en internet y también en el cine con fines meramente sensacionalistas y lucrativos.
El capítulo IV se llama “La vida sin Internet”. Herzog nos transporta primero al pueblo de Green Bank en el estado de Virginia Oeste. En este lugar hay un gran telescopio que capta las señales electromagnéticas que provienen del universo. Se trata de un aérea de 16 km, donde a los fines de poder captar estas ondas provenientes de espacio exterior que son muy débiles, se han suprimido las señales que emiten las radios, los microondas, o los celulares. En este pueblo, se refugian algunas personas, que viven aisladas de su familia, porque se encuentran afectadas por una enfermedad causada por las radiaciones inalámbricas. También se destaca que hay una mayor interacción humana debido a la ausencia de internet y un mayor contacto con la naturaleza por el entorno agreste del lugar. También Herzog nos lleva a las cercanías de Seattle, a un centro de rehabilitación para adictos a internet. En los testimonios recogidos se evidencian dos cuestiones: el aislamiento respecto de la vida real, predominando interacciones virtuales que se caracterizan por realizarse con imágenes sin cuerpo y el empuje al consumo sin poder parar, hasta el punto de que, en los casos más extremos, se llega a poner en riesgo la vida misma del usuario o de sus allegados. Esto último se da debido a que internet oferta, por su estructura misma de disponibilidad las 24hs, el enganche a un modo de goce ilimitado, que no tiene freno, a no ser que el freno lo coloque el propio usuario. (*3) La pregnancia de internet en nuestras vidas y el modo cómo nos ha modificado se hará evidente cuando, más avanzado el documental, nos muestre la imagen de unos monjes, ya no aislados en su meditación, sino totalmente capturados por sus celulares, resaltados por la irrupción del tema musical “Are you lonesome tonight” (“Estás solo esta noche”) interpretado por Elvis Presley.
Otro capítulo interesante es el VII: “Internet en Marte”, donde indaga en los desarrollos para extender la vida humana a otros planetas en caso de que en la tierra ocurra alguna catástrofe o desastre. Sobre este punto, Herzog nos ofrece dos posiciones encontradas, a favor y en contra. Y se vuelven ineludible la referencia a la novela de ciencia ficción “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury. Por otro lado tomando la frase “La guerra sueña con ella misma” del teórico de la guerra Clausewitz y “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, novela de Philip Dick, les lanzará a los científicos la pregunta acerca de si internet puede soñar con ella misma. Y tanto en este capítulo como en el siguiente “Inteligencia artificial”, comenzará a trabajar la cuestión de los límites entre lo humano y la inteligencia artificial. Es sabido que los robots, y las máquinas pueden realizar ciertas tareas con mucha más eficiencia y aprender mucho más rápido que el ser humano. Acá Herzog insistirá, con lucidez, varias veces con la pregunta de si las máquinas tecnológicas podrían enamorarse. Y es evidente que no pueden. Ya Jacques Lacan en sus primeros seminarios en los años cincuenta se preguntaba: ¿Por qué no hablan los planetas?, y podríamos extender la misma pregunta a ¿por qué no hablan las computadoras? Es claro que las computadoras pueden emular la voz humana, pero podrían emularla dentro de lo que les permite las posibilidades de la combinatoria de los algoritmos ya programados en su sistema. No podrían hacer poesía o chistes. Lo nuevo que pueda producir una computadora o internet es lengua muerta, aquella que proviene de la combinatoria simbólica anterior y dada. La poesía o el chiste dentro del aparato computacional, sería considerado un error. La poesía, el chiste, el sueño o el amor en tanto invenciones humanas, son posibles porque hay un cuerpo viviente capaz de gozar y porque son suplencias simbólicas a un imposible estructural en lo simbólico mismo (La muerte y la mujer son imposibles de representar).
Resulta por demás interesante la respuesta de uno de los entrevistados (Sebastian Thrun) acerca de la posibilidad de que una maquina se enamorara, diciendo que en ese caso ya no sería útil, y marcando que tal vez no sea el camino tratar de que las máquinas o robots sean como los humanos.
Por último, en el capítulo X: “El futuro” se destacará que lo que cobrará importancia será la ética del ser humano, porque internet se propagará sin control y deberá ser el propio usuario el que ponga su propio filtro y su propio límite. Y se volverá al tema de que internet se creó para que los científicos se comuniquen entre sí. La relación de los científicos es con las fórmulas, no les interesa relacionarse con las personas que las hayan creado. Hoy, por este efecto, resulta ser más importante la información que se brinde, que la relación con la persona que la brinde. Y quedará flotando la pregunta de si las futuras generaciones necesitaran la compañía de los humanos o si llegarán un punto en el cual eso ya no sea importante. Sin embargo, Herzog cerrará su documental con los pobladores del pueblo de Virginia, que viven sin Internet, tocando música country, es decir, que propone posiblemente lo que le gustaría que no se pierda: un modo de interacción que requiere de la presencia del cuerpo del otro.
En “He aquí las ensoñaciones del mundo conectado”, Werner Herzog con dinamismo y un gran sentido del humor, abre el debate y la reflexión sobre el universo de internet, pintando tanto sus aspectos luminosos como sus zonas más oscuras. Con sus preguntas incisivas, interpela a sus entrevistados y también al espectador respecto de los propios usos o abusos que hace de Internet. Y lo hace con tal sutileza y belleza estética, que evita quedar posicionado desde la sanción moral o la demonización del último gran invento que cambió nuestras vidas.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

(*1) Algunas de sus ficciones: “Aguirre, la ira de Dios” (1972) o “Fitzcarraldo” (1982)
(*2) Algunos de sus documentales: “Land of silence and darkness” (1971), “The great ecstasy of the woodcarver Steiner” (1973), “La cueva de los sueños olvidados” (2010).
(*3) Aquí internet se vuelve un instrumento de la biopolítica impregnada por el imperativo al consumo del mercado, que interviene y afecta al cuerpo suprimiéndolo y pasivizándolo.

Lo and Behold, Reveries of the Connected World