Un amor de una vez. Le Goût du Vietnam (2015), de Pier-Luc Latulippe

Juan Cruz Bergondi 3 - Febrero - 2018 Textos - Foco: VIII festival online MyFrenchFilmFestival

 

            Siempre que dos amantes se encuentren por primera vez con el cuerpo desnudo del otro, con la sonrisa inaugural, con el ardor del beso en una boca curiosa, dibujarán en su historia privada un momento único, engendrarán para cada uno un recuerdo que no se parecerá a nada más. Los cortometrajes en el cine son también un ensayo del amor. Especímenes que sólo cuentan con ellos mismos para el principio y el fin de su especie, logran evadir los prámetros del mercado y, en el mejor de los casos, no le deben nada -o muy poco- a las películas que se estrenan en salas, porque no conocen de lógica y establecen sus propias reglas. No te queda más que compadecerte ante quien piense que un cortometraje es la antesala al cine de verdad, un ejercicio para agarrarle la mano a la cosa sin perder de vista allí en el horizonte que una película como Dios manda dura por lo menos una hora y pico. Está claro que no se trata de minutos ni que por besarse mucho dos van a vivir juntos toda la vida. Hay veces en que de una película entera no podés capturar un segundo de amor, y otras veces en que una noche de amor vale por un tiempo grande de felicidad.


            En Le Goût du Vietnam, de Pier-Luc Latulippe, el fin de una amistad se vuelve una noche que empieza con comida en un restaurant y termina en un abrazo a la puertas de un motel. En el medio, entre plano y plano parece que se pierde una intimidad de la que sólo se enteran los dos protagonistas. La forma de un cortometraje alberga miles de posibilidades, de entre las cuales éste elige una estructura que se adelanta en el tiempo y vuelve a la cena de los dos amantes y otra vez se va hacia los besos y la bañera con espuma y vuelve atrás. Aunque la puesta en escena podría estar más pendiente de los detalles o de aquella fugacidad que se baraja en las miradas y los gestos a medio armar, este cortometraje producido en Quebec, pone una distancia física y emocional ante los cuerpos, tanto es así que la escena más larga –que dura el doble o más que las otras escenas- es un plano medio de los dos sentados a la mesa, donde importa quizá lo que tienen para decir y lo que (se intuye) prefieren callar. Para antes de que amanezca, ella se habrá ido para volver a su país (compartió con él y otros amigos tres meses) y él, solo en la habitación que reservó, acostado en la cama, tendrá al televisor de acompañante, lo mismo que un acordeón. Habrá que ver cómo resultó la noche. Sentiste que el cortometraje podría haberte sugerido mucho más, enseñado mucho más, haberte hecho oír susurros que sólo un espía robaría, pero te quedaste así: con ganas de dormir abrazados. Un cortometraje es una bomba, un sueño y una noche de amor. Entendé que no tiene nada que ver con las películas: son parte del cine, una posibilidad.

Juan Cruz Bergondi

juancruzbergondi@caligari.com.ar

Le Goût du Vietnam