Un deseo que no sea anónimo. Le gamin au vélo (The Kid with a Bike) (2011), de Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne

Carla Leonardi 1 - Octubre - 2017 -Textos

 

“El niño de la bicicleta” (“Le gamin au vélo”, 2011) es una película de origen belga de los cineastas hermanos Jean Pierre y Luc Dardenne, quienes obtuvieron reconocimiento internacional con su tercera película “La promesa” (1996). Le seguirían a ella una serie que obtuvo premios en el festival de Cannes  como “Rosetta” (1999),” El hijo” (2002), “El silencio de Lorna” (2008), hasta la que nos ocupa.
El niño de la bicicleta implica un giro en la filmografía de los Dardenne, ya que por primera vez participa en una de sus películas una actriz con reconocimiento y trayectoria como Cecile De France encarnando uno de los papeles protagónicos.


La película comienza cuando Cyril (Thomas Doret), que es un niño que se encuentra en una institución estatal, intenta comunicarse telefónicamente con su padre y no obtendrá una respuesta. El niño se las ingeniará para escapar de la institución con el objetivo de buscar su bicicleta y acaso dar con su padre. Se introducirá en el edificio que fuera el último domicilio  de éste, y mientras es buscado por los tutores de la institución, se escabullirá en un consultorio médico y se aferrará con fuerza a una señora que se encuentra en el lugar. 
Esta mujer, una peluquera llamada Samantha (Cecile De France), se aparecerá en la institución al día siguiente con la bicicleta de Cyril, y le dirá que se la compró al padre de un niño al cual su padre se la había vendido.  Cyril no creerá que su padre pueda haberse desprendido de un bien tan preciado para él y supondrá que la bicicleta ha sido robada. Antes de que Samantha se vaya, Cyril le pedirá si puede pasar los fines de semana con ella y  ella aceptará.
A partir de allí comenzará a establecerse un vínculo entre Samantha y Cyril, a la par que el niño realice averiguaciones en el barrio para dar con el paradero de su padre, sin obtener resultados. Samantha intervendrá y averiguará, a través de la policía, su ubicación. Juntos lo esperarán en una plaza pero no aparecerá. Lo encontrarán realizando los preparativos en el restaurant donde trabaja como cocinero.
El encuentro entre Cyril y su padre Guy (Jéremie Renier) será afectuoso pero a la vez distante. El padre le dará algo para comer y beber y mantendrá  en Cyril la expectativa de que lo va a llamar. Pero se sincerará con Samantha y le dirá que eso no ocurrirá. El padre se ha mudado de ciudad buscando rehacer su vida económica y sentimental con una mujer, luego del fallecimiento de su madre, que era quien se hacía mayormente cargo del niño. Guy admitirá ante Samantha que no puede hacerse cargo de él. Y ella, lo confrontará a decírselo a su hijo. El padre sólo atinará a decirle que no va a llamarlo.


Cyril, que hasta ese momento se negaba a creer que su padre ha decidido abdicar de su rol y delegarlo en la institución, sufrirá aquí una primera decepción. En este momento, los Dardenne, en una película que se encuadra en el realismo social (heredero del neorrealismo italiano), hacen que irrumpa la música extra-diegética (el “Adagio un poco mosso” del “Emperor” de Beethoven), subvirtiendo la lógica del género. Aquí la música cumple la función de suavizar y agregar cierto tono melodramático a los reveses que sufra Cyril.  El niño sufrirá tres decepciones y en las tres ocasiones aparecerá la música operando como cierto leitmotiv.
La segunda decepción que sufrirá Cyril, será cuando fracase el robo que le ha inducido realizar Wes (Egon Di Mateo), el dealer del barrio que lo ha captado. Wes aparecerá para Cyril, que insiste en ser alojado por un otro, como cierta figura paterna sustituta. De entrada Wes valorará su agresividad apodándolo “pitbull”, lo hará sentir especial llevándolo a su casa y permitiéndole jugar con su PlayStation y se mostrará protector con él arreglándole la bicicleta. La pandilla surge como un lugar donde sentirse reconocido y amparado. Pero cuando el robo al diarero fracase, al ser Cyril visto por el hijo de éste, Wes no querrá saber nada ni tener nada que ver él para no ser atrapado por la policía y lo expulsará de su auto.
La tercera decepción será cuando Cyril vuelva al restaurant de su padre y busque darle el dinero que ha robado. Pero nuevamente será rechazado por él, pues no querrá quedar pegado a un hecho delictivo que ponga en riesgo la nueva vida que quiero construir. No obstante se asegurará de que no se ha hecho daño al saltar por la tapia que da al fondo del restaurant.
Es un acierto de los Dardenne que no emitan un juicio moral sobre el personaje del padre. No se trata de que el padre sea “malo”, sino de que no puede ejercer su función. La función del padre es la de encarnar la ley, esa que permitirá al niño una separación respecto del discurso materno. Es de esta función de la que se desembaraza Guy, y buscará depositarla en otros, ya sea institución asistencial o bien Samantha.
Otra cuestión a situar es el color rojo de la remera que identifica a Cyril.  En este rojo puede leerse tanto el resentimiento de Cyril por ser desalojado por su padre, como la pasión de Cyril: pasión en tanto es quien lleva adelante la acción y a la vez en tanto pathos, padecimiento. En el trasfondo de la película hay un humanismo cristiano. Cyril tendrá que ir de lugar en lugar tratando de encontrar los rastros de su padre, será rechazado por él, tendrá su caída y también su redención.
Además este rojo intenso es una manera que tienen los directores de volver visibles a los desclasados. En este caso particular se trata de poner en primer plano la problemática de aquellos niños institucionalizados que no tienen lugar, ni voz.
Otra constante del cine de los directores belgas, es colocar a sus personajes ante un dilema ético. En este caso, Cyril tendrá que optar entre dos modos de vida: la vida sin límites en la pandilla o la vida regulada con Samantha.
Y a Samantha se le planteará el dilema ético entre optar por su pareja, o por Cyril. Cuando encuentren a Cyril luego de buscarlo por horas al haber pasado la tarde con Wes, sin contestar el teléfono, la pareja de Samantha al ser insultado por él, le dirá que se disculpe o sino no volverá con Samantha. De algún modo, este hombre se pone en el lugar de quien decide por sobre Samantha. Esta encrucijada de la peluquera podemos desglosarla como un conflicto entre las determinaciones que impone la sociedad: someterse a la palabra del hombre, o actuar en conformidad con su propio deseo de hijo.  Ese deseo que está presente desde el inicio en ella cuando se presenta en el asilo con la bicicleta de Cyril, ese deseo que se verifica en sus actos, pero que en tanto deseo no puede nombrar, pues si lo nombrara ya no sería tal y se deslizaría hacia un vano anhelo consciente. De ahí que cuando Cyril la interpele  preguntándole porqué aceptó que él viniera con ella los fines de semana, ella no podrá dar cuenta de esto.
 El gran fuera de campo de toda la película es la madre de Cyril. De ella no sabemos nada, si lo abandonó siendo pequeño, o si falleció. Pero de algún modo la cuestión del deseo de hijo es aquello que ponen en el tapete los Dardenne en esta película.
En la institución, Cyril es un niño más en el conjunto de los niños, no se juega de parte de sus tutores ningún deseo particularizado hacia él. En cambio, Samantha encarna con sus cuidados para con Cyril ese interés particular, tan necesario para su constitución subjetiva.

En su texto “Dos notas sobre el niño”, Lacan refiriéndose al fracaso de las utopías comunitarias, resalta “lo irreductible de una transmisión que es la de una constitución subjetiva, que implica la relación con un deseo que no sea anónimo.”  Y esto lo que nos enseñan los Dardenne de manera muy bella, mediante esta película con estructura de cuento de hadas, que sin embargo no cae en golpes bajos ni juicios morales.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

Le gamin au vélo