Selva inmensa y profunda. Las letras (2015), de Pablo Chavarría Gutiérrez

Maximiliano Berrino 18 - Diciembre - 2016- Foco: VI festival online Márgenes

 

Una pantalla en negro, unos sonidos indescifrables y la incertidumbre que crece a cada segundo durante casi tres minutos. Esta es la introducción elegida por el director Mexicano Pablo Gutiérrez para su documental “Las Letras” del año 2015. De este modo nos anuncia el comienzo a un viaje sin escalas a las entrañas de la injusticia, la espera, la paciencia y a la de una esperanza que solo se deja ver por instantes, para simplemente darles a aquellos seres las fuerzas de seguir respirando y no dejarlos morir en ese aguardo infinito en el que se encuentran aquellos “personajes”.
Gutiérrez es un director que no teme y se lanza a lo incorrecto, sin importarle quien esté siendo observador de su mensaje. No solo no teme, sino, que nos exige. Nos reclama paciencia y tolerancia, para el devenir lento e indescifrable de las imágenes. Nos lo exige a nosotros al mismo nivel del que los sujetos sociales que intervienen en la narración lo viven en carne propia. También nos solicita y nos advierte que nos alejemos de aquella postura juzgadora que intervine nuestra mirada a cada momento de nuestras vidas, pero que en este instante siendo sus espectadores no la vamos a poder ejecutar como tampoco lo hace el desde el ojo de su cámara.
Existen varias estructuras narrativas que se nos presentan como opciones a la hora de hacer un documental. Algunas más clásicas y convencionales, donde está presente la típica entrevista a cámara con un personaje que nos narra su experiencia y donde se nos presentan imágenes que acompañan ese relato. Otras que escapan a las reglas e intentan romperlas a cada plano, desarticulando la interacción con los sujetos sociales dentro de la diégesis y con los espectadores. Gutiérrez opta no solo por romper aquellos modelos supuestos por la industria, sino, que intenta construir sus propias reglas, realizando un mix muy interesante entre imágenes abstractas que denotan a simple vista un intencionado alejamiento de la búsqueda de lo real y creíble a los ojos del espectador y por otra parte imágenes que se presentan como cotidianas pero que fueron sutilmente ficcionadas y estilizadas al máximo. Creo que no lo logra en su totalidad, pero no por ineficiencia personal sino porque opta por emparentarse a la legión de documentalistas de autor que aunque si es cierto que utilizan narrativas completamente fuera de los estereotipos clásicos, terminan construyendo otras nuevas igualmente utilizadas por todos.
Durante casi hora y media, Gutiérrez nos enfrenta a una cámara que ostenta una autonomía personal desbordante y que nos muestra lo que quiere, como quiere y cuando quiere. Se escoge un formato de documental donde la cámara fluye como si estuviera flotando entre los sujetos sociales, mostrándonos las circunstancias que los atraviesan como si aquella cámara no estuviese allí exponiendo las emociones y accionares ajenos. Es una cámara que no juzga y que solo se mantiene encadenada a aquello que se vive y se siente.
En el documental de Gutiérrez nadie nos habla, nadie nos explica, ni nos indica que tenemos que ver o escuchar. Solo se presentan algunas líneas epistolares que son acompañadas por imágenes y sonidos que algunas veces nada tiene que ver con aquello que se muestra escrito. Este es casi el único elemento contundente que tenemos a mano para ir desentramando este acertijo audiovisual. Esta es una de las grandes maravillas presentes en el film. Tenemos a nuestra disposición unas imágenes que hablan por sí solas y que no necesitan nada más que ser vistas para entender y sentir lo que aquellos sujetos sociales están pasando, porque en este caso no hablamos de personajes, sino, que son las vidas de personas reales que sufren y esperan de verdad a una resolución de la justicia que sentencio a 60 años de prisión al profesor tzotzil Alberto Patishtán que fue arbitrariamente señalado como culpable de una emboscada contra una patrulla en donde policías fueron asesinados en Junio del año 2000, en la región de los altos de Chiapas. Una comunidad entera reclamaba por su liberación.
Una selva inmensa y profunda es el escenario elegido para ubicar esta historia y desde donde se nos narra, utilizando a este paisaje no solo como un fondo bello, sino mostrando la interacción que los sujetos sociales tienen con aquellos espacios que son intervenidos por el accionar cotidiano y que forman parte de la vida y muerte de aquellas personas. Creo firmemente que no podría haber sido otra la locación indicada, ya que solo la naturaleza y su constante mutación se igualan tanto como a los oscilantes sentimientos del ser humanos.

Maximiliano Berrino

maxiberrino@caligari.com.ar

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