“Disidencia que arde en deseo”. Las hijas del fuego (2018) de Albertina Carri

Rocío Molina Biasone 1 - Noviembre - 2018 Textos

 

 

En el fin del mundo empieza este relato. Aunque si alguna vez conversan con sus habitantes, descubrirán que prefieren interpretarlo como el “comienzo”, antes del fin. Tal vez la concepción de finalidad que se asigna a ese extremo tenga que ver con que se trata del extremo Sur, y no del Norte, y como es bien sabido en el pensamiento occidental, si el centro, lo importante, está en el hemisferio Norte, a medida que nos alejamos de él, estamos más cerca del fin, de ese límite, punto de no retorno.
Por supuesto, para Albertina este no es el caso. Su nuevo filme empieza en Ushuaia, el inicio de una historia que abre, en realidad, con un prólogo en la Antártida, pues no hay límites, no hay inicio, no hay fin, en este cuento de fuego en el que las barreras y los prejuicios están para romperse y arder junto al heteropatriarcado. Es curioso que esta, de todas las narraciones, empiece en un lugar concebido simbólicamente como un “final”, siendo que las sexualidades disidentes han representado históricamente, y siguen representando, la mayor amenaza para los defensores de la moral judeocristiana que nos advierten a todos del Fin de los Tiempos, del Apocalipsis que va a ser impulsado si la humanidad aceptara la existencia de una sexualidad vivida sin fines de reproducción.
El lesbianismo y el goce de cuerpos no hegemónicos son la materia a partir de la cual se compone esta orquesta audiovisual del placer. La de Carri es una búsqueda, o una duda, que es la de muchxs de quienes integran los círculos feministas y LGBTIQ: ¿es posible hacer porno fuera de la mirada que lo ha concebido y dominado hasta el día de hoy? Una mirada no solo masculina y heterosexual —porque incluso cuando los sujetos (¿u objetos?) del porno no son solo varones y mujeres cis, la concepción y producción de ese material se da siempre en una industria dominada por varones hetero—, sino también típicamente capitalista y cosificante, que ve a los cuerpos no como sujetos sino como bienes de consumo, por lo general, varones que consumen mujeres. “¿Es posible no volver a los cuerpos objetos en el porno?”, se pregunta Carri, y la respuesta sugerida parece ser que no: que ya no va a ser porno, que tendría que ser otra cosa.
Conclusión inevitable, si pensamos en la etimología de la palabra misma, pues porno, en griego, significa ‘prostituta’, por lo que pornografía se traduciría, literalmente, como ‘ilustración de prostitutas’. Desde la misma base, el porno se concibe como una representación erótica dentro de la cual las mujeres son objetos de consumición de varones, les hacen un servicio a ellos y, por ende, no son cuerpos en igualdad, sino que el objetivo es la representación y exaltación del placer masculino. Si queremos representar el placer de otras identidades, de otras corporalidades, y que estas se inscriban como sujetos, hace falta otra cosa: explorar los límites, mostrar lo que ha sido ocultado en el porno; a la mujer gorda, a la mujer con pene, a la mujer con estrías, a la mujer atlética, a la mujer dominante, a la que no es mujer ni varón. Pero también representar los diferentes placeres, porque hay quienes gozan en la dominación, y quienes solo disfrutan de sumisxs; están lxs que gozan del goce ajeno, y lxs que solo llegan al orgasmo en la soledad; están lxs que necesitan dolor, y lxs que necesitan una mirada prohibida.

En diferentes escenarios, algunos que escandalizarían a más de un espectador, y con diferentes herramientas, Albertina Carri diseña una narración erótica que hace que el encuentro sexual sea algo natural, pero a veces sagrado, e íntimo, pero también comunitario, y cariñoso, pero muy salvaje. La película es un desafío al espectador, un desafío al verse en pantalla grande y en comunidad, un desafío al mostrar lo que nadie muestra, un desafío al tornar lo que solía ser sucio y pecaminoso, en algo bello y liberador, un desafío al plantear personajes que se definen en sus individualidades, pero que se mezclan en los encuentros de amor físico. Ya era hora de acabar con la hegemonía del porno patriarcal.

Rocío Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Las hijas del fuego