“La Justicia, una mujer más cegada con ácido”. Lantouri (2016) de Reza Dormishian

Rocio Molina Biasone 8 - Junio - 2017 -Foco: 17º FICDH - Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos

 


Todo acto presente de pensar el cine, ya sea para hacerlo, como para analizarlo, conlleva necesariamente un cuestionarse la realidad. No me refiero a la “actualidad”, sino a la naturaleza misma de lo que llamamos realidad: ¿qué es la realidad? Como ya nos respondieron hace un siglo, la realidad en sí, no existe. Lo que podemos pensar es, en todo caso, ¿cómo configuramos la realidad? Sin hacernos estas preguntas, no podemos hacer cine, poco importa si nuestro interés está en el terror, en la ciencia ficción, o en la fantasía épica: todas son realidades que, en el cine, configuramos a través de imágenes y sonidos. Y lo mismo hacemos en nuestras vidas.
Pensamos, escuchamos, vemos, imaginamos, absorbemos información, todo de forma simultánea e inconsciente, pero de acuerdo a patrones que los medios de comunicación ya conocen, y muy bien. Saben cómo pensamos, por separado y en conjunto, y saben cómo manejar nuestra configuración de la realidad. Es esto lo que está en la base y en la forma misma de Lantouri, el último film del cineasta iraní Reza Dormishian. Los temas que atraviesan esta ficción “documentalizada” son muchos y se entrecruzan, complicando el análisis de un caso de violencia de género con mil y un factores que no se vinculan directamente a la misoginia, sino que constituyen la realidad de un sistema judicial muy particular que tal vez se vuelva lo central, o el núcleo, de la historia misma.
Cultura machista y misógina, desigualdad social, pena de muerte, delito, marginalidad y enfermedad mental, no son elementos exclusivos de Irán, ni de ningún país, pero aquí se coordinan para dar una receta al desastre, con un sistema penal que hace elegir a la víctima o su familia entre perdonar a su agresor o asesino, o darle un castigo de “ojo por ojo” (lo cual en esta historia termina volviéndose prácticamente literal).
La forma adoptada por el film tal vez sea lo más curioso que tiene: se narra a modo de documental falso, pero además, adopta la forma de un tipo de documental muy particular, el documental amarillista. O tal vez no sea siquiera esto, pues no es más que ficción jugueteando con formas típicas del periodismo televisivo sensacionalista. Un caso, un crimen, y mucha gente discutiéndolo: gente involucrada de forma directa en el hecho, amigas de la víctima, amigos del acusado, gente que simplemente da su opinión, autoridades judiciales, investigadores, testigos y hasta un filósofo. Todos ofrecen puntos de vista diferentes, y opiniones que no solo contrastan con las del resto, sino que se contradicen a sí mismas en el progresar de la trama.
El mismo juez que defiende el derecho a la venganza puede terminar alabando el perdón apenas unos minutos más tarde, con los mismos argumentos religiosos, de acuerdo a cómo progresen los hechos. El médico que debe llevar a cabo la absurda sentencia de lastimar a alguien de la misma forma que esta persona ha lastimado a otra, se presenta defendiendo tanto su trabajo como el sistema penal que lo exige, pero se muestra humanamente dubitativo a la hora de llevarlo a cabo. El vendedor que empieza opinando sobre cómo los delincuentes se justifican para cometer crímenes, cuando en verdad la responsabilidad es enteramente suya, parece cambiar esta perspectiva cuando de violencia de género se trata, porque en este caso se le hace evidente que la mujer fue la que provocó un ataque semejante.
Este ritmo frenético y sobrecargado que nos lleva puestos de entrada, y que nos deja confundidos al principio, es un ritmo combativo y, dentro del film, con la intención desalienante que los medios de comunicación que lo emplean no tienen. Es una sacudida al pensamiento, porque no hay salida: o prestamos atención y sacamos nuestras propias conclusiones, o nos dejamos arrollar por la secuencia imparable de diálogo, imágenes e información contradictoria, y terminamos con la falsa tranquilidad de que estamos entendiendo.
No existe una realidad, pero si algo podemos afirmar de todas las formas posibles de configurar lo que nos rodea, es que son grises, enteramente grises, y humanas, demasiado humanas, y no hay religión o sistema judicial que pueda crear un orden de un caos así. Si todo se reduce a crimen y castigo, dejamos de ver los pequeños matices y detalles que hacen posible fenómenos como, por ejemplo, la violencia de género. Ni la desigualdad social es la fuente creadora de todo delincuente, ni puede decirse que todo criminal actúa pura y exclusivamente por ambición y maldad. Y cuando de misoginia se trata, dejar atrás la culpa a la víctima no es una operación simple, y que en un país donde las mujeres se tapan de pies a cabeza se siga hablando de un “mirá cómo iba vestida” devela una configuración de realidad más compleja de lo que pensamos.
Si no nos adentramos a la psicología del femicida, si no diseccionamos su accionar, si no prestamos atención a consejos como “dale bola, está enamorado”, si romantizamos el acoso, si dejamos de pensar la “locura” como una consecuencia natural del amor y empezamos a adjudicarla a un problema interior del sujeto; tal vez solo así podamos llegar a la raíz de un caso, de un problema, de un crimen, de un femicidio. Si la pregunta se reduce a un binarismo tan absurdo como “o perdón o venganza”, una sociedad no puede avanzar. Y si — como bien denuncia Lantouri — los medios, las películas y el arte replican estas formulaciones a lo blanco o negro, no cumplen con su deber fundamental: hacer preguntas, y no imponer respuestas.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Lantouri