“I’m not a girl, not yet a woman”. Lady Bird (2017), de Greta Gerwig

Rocio Molina Biasone 2 - Marzo - 2018 Textos

 

Pájaro que deja el nido, sin ninguna compasión,
merece echarlo al olvido, no tiene de Dios perdón.

— tema musical de Leonor Gonzales Mina.

 

Homesick es una palabra del inglés que me fascina, y cuya ausencia en el castellano lamento a menudo. En un simple término, la lengua inglesa resumió la sensación de extrañar el propio hogar, y no solo eso, sino que la interpretó como un tipo de ‘enfermedad’: nos enferma la falta que nos hace el hogar cuando estamos lejos de él. Este hogar no refiere simplemente a una casa ni a un barrio. Es el pueblo, la ciudad, el griterío, la gente, amigos y familia, los planes de fin de semana, los códigos de convivencia básicos que compartimos con los que nos rodean, es la escuela donde crecimos, las calles que caminamos, el bar al que siempre íbamos a tomar café (o unas cervezas clandestinas); y es, también, todo lo que odiamos, todo eso que nos hizo querer ‘tomarnos el palo’, las mañas de las personas, los defectos de nuestros padres, las peleas con nuestros amigos, y por sobre todo, aquello que ese hogar causaba en nosotros mismos, esa certeza reprimida de que somos quienes somos por crecer donde crecimos, que no somos únicos y que siempre vamos a ser sujetos en cuanto estamos sujetos.
El hogar nos enferma y, a la vez, cuando estamos lejos, nos enferma su falta. Es un mal necesario, parece decirnos Greta Gerwig en su última película que, sospechamos, tiene bastante de autobiográfica. Ya en Frances Ha (2012), que escribió junto a Noah Baumbach, se puede ver algo de único y especial en la manera en que Gerwig escribe sobre el sentir de las mujeres y las relaciones que establecen: no como algo arquetípico, ni a forma de manual de segunda de “qué quieren las mujeres”, sino la cruda verdad, a menudo cómica, sobre qué actitudes e inseguridades tiene una mujer joven en la actualidad. En Lady Bird, el punto de vista es el de una adolescente casi adulta, que transita el último año de secundario, año típicamente lleno de dudas, tormentos y peleas con sus padres para todos los jóvenes alrededor del mundo que tienen la oportunidad de seguir hacia la educación superior.
“Lady Bird” (que si se escribe ladybird significa ‘vaquita de san Antonio’) es el nombre que la protagonista se da a sí misma, en rechazo al nombre que le dieron sus padres, y es el símbolo más evidente del intento de construir una identidad ‘propia’, como empezando de cero, rechazando el hogar que nos ha enfermado. De la misma manera, Lady Bird esconde la casa en la que vive, se baja del auto de su padre antes de llegar al colegio, trata de caerle bien a los chicos “populares”: ninguno de estos tópicos son nuevos en películas sobre la adolescencia, pues se trata de actitudes que la gran mayoría de nosotros hemos tenido en algún momento de nuestro lento pasaje hacia la adultez.
Lady Bird no tiene conflictos con lo ‘femenino’, como su nombre lo indica. Usa el rosa como bandera y se pinta las uñas, pero también se masturba. Esta película no cuestiona de forma cruda las imposiciones del género en ningún momento, sino que combate lo estereotípico combinando los lugares comunes con lo tabú, la chica enamorada que escribe el nombre de su crush en la pared como si tuviera 9 años es la misma que luego se toca pensando en él mientras se baña. Y es que la adolescencia no es una etapa aislada en sí, he aquí el problema: la adolescencia es la lenta transición entre ser esa niña y convertirte en esa mujer, todas las contradicciones chocan, las emociones a flor de piel.
Pero la película de Gerwig no se queda solo con los conflictos internos de su protagonista, sino que estos conflictos solo existen en diálogo constante con los vínculos que forja, con aquellas influencias cuya existencia quiere negar: peleas con su madre, el distanciamiento de su hermano, el primer noviazgo, seguido del primer desamor, la ‘primera vez’, el desencuentro con sus amigos de antaño en pos de hacerse unos nuevos y ‘mejores’. Cada personaje que la rodea se sale de lo meramente funcional, niegan a caer en estereotipos, porque en esta película se entiende que, por más que los arquetipos de la adolescencia existan y hayan sido reproducidos hasta el hartazgo — la chica hermosa y popular, el joven músico misterioso, los darks, el profesor joven y cool, las ridículas obras de teatro — en cuanta comedia teen encontremos desde los 80 hasta hoy, detrás de ellos hay personas que existieron y existen, personas que están en la vida y no solo en las historias, que tienen contradicciones y accionar propio y no son simples peones en el guión.


Sin embargo, el fuerte de esta historia reside en el retrato de una relación madre-hija, un tipo de relación fuertemente arraigada en un intento dual y paradójico de la primera de darle todo lo que puede a la otra, mientras intenta enseñarle a apreciar el esfuerzo que eso implica. A menudo de eso debe de tratarse la maternidad, de una entrega incondicional que en el acto se arrepiente de no haber transmitido condiciones, porque el mundo está lleno de ellas. Es señalar todo lo malo con la errónea concepción de que corregir y enderezar es solucionar, porque las personas no conocemos otro modo de resolver lo que vemos como “un problema”. Porque una madre, ante todo, hace de madre desde lo vivido, desde lo que sabe que va a venir para su hija, y que aun así quiere evitar lo inevitable, y de esta forma, como una profecía autocumplida, con sus métodos termina causandole el dolor del cual quería salvarla en un primer lugar.
Del lado de la hija, una hija adolescente, el futuro no es una proyección tan clara, o lo es en cuanto predicción errónea hecha a partir de sentimientos presentes: “me voy lejos porque me cansé de Sacramento”, “niego los problemas económicos porque me aterra tenerlos en el futuro”. Ser hija es estar recibiendo señales contradictorias de forma constante, porque se nos da la advertencia pero nunca las bases y condiciones que vienen con la adultez. Se nos planta un Super-Yo que nos da discursos sin bajar a nuestro nivel para confesar que, alguna vez, éste también fue un Yo.
Tal vez nada lo resuma mejor que una de las conversaciones entre Lady Bird y su madre, mientras la primera se prueba un vestido para su graduación: ella sabe que su mamá la quiere, pero nunca va a terminar de saber si le agrada, si le cae bien, no como hija, como persona. Eventualmente esto se aclara, o deja de importar. Sea como sea: pájaro que comió, voló.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Lady Bird