¿El espectáculo debe continuar?. La vida sin brillos (2017), de Nicolás Teté y Guillermo Félix

Violeta Cofré 16 - Mayo - 2018 Textos -Foco: 5º Construir Cine: festival internacional de cine sobre el trabajo

 

Un rostro hinchado de bótox, una boca roja inmensa como de payaso, una melena frondosa y rubia que parece peluca, un par de tetas erguidas como globos, un abdomen flácido, un cuerpo raquítico y marchito. La vida sin brillos capta desde muy cerca  la mirada de diez mujeres que fueron íconos de belleza o, como ellas se autodenominan, símbolos sexuales durante la década del 80, en Argentina, pero que, en la actualidad, han sido relegadas a ser exhibidas como piezas de museo en una obra de teatro dirigida por José María Muscari que lleva por título “Extinguidas”.

El documental dirigido por Nicolás Teté y Guillermo Félix, próximo a estrenarse el 31 de mayo en el cine Gaumont, transita entre esos dos momentos: una época dorada de esplendor y glamour que se mira con nostalgia, y el estado actual que presenta a las actrices como mercancía obsoleta. En el negocio del espectáculo ya no hay espacio para Adriana Aguirre, Noemí Alan, Luisa Albinoni, Patricia Dal, Silvia Peyroú, Mimí Pons, Beatriz Salomón, Sandra Smith, Naanim Timoyko o Pata Villanueva. Todas ellas fueron reemplazadas por productos televisivos nuevos y, sin embargo, cada una a su manera se resiste a abandonar el personaje, a dejar que el presente borre el pasado sin dejar huellas.

Tal vez lo que primero llama la atención de La vida sin brillos es el carácter autoconsciente de la obra. En repetidas ocasiones las protagonistas hablan sobre el documental que se está filmando, interactúan con los camarógrafos para pedir indicaciones e incluso hacen alarde frente a sus conocidos de los cineastas que se aventuraron a realizar la película que las rescatará del olvido. “Sabés, lo que me pasa con el cine es que queda para siempre” explica Sandra Smith, algo parecido a lo que dice el Quijote cuando cita al famoso Cide Hamete Benengeli que está por escribir la novela que inmortalizará sus hazañas. Y en efecto, hay mucho de quijotesco en la conducta de estas mujeres de cincuenta y tantos años que pasan horas en el gimnasio, otras tantas en la peluquería y quién sabe cuántas en el quirófano para lucir un escote, para caminar por la calle como quien desfila en una pasarela, para vivir la vida como si se tratara de un reality show.

El resultado final es menos cómico que grotesco. Grotesco no por el deterioro físico de las actrices que es más o menos inevitable, sino por la inclusión de elementos que se asumen como artificiales (las pestañas postizas, las pelucas, los implantes de silicona, las jeringas de bótox) en un único cuerpo que se revela frente a la cámara como excesivamente real. La vida sin brillos se esmera en mostrar el punto de inflexión entre estos dos extremos. El cuadro que descubre el ensamble de la máscara con el rostro nos hace caer en la cuenta de que la ilusión y el brillo son sumamente precarios.

Uno de los aciertos de la película es el diálogo constante que se da entre simulacro y realidad. Y en este sentido es significativo el carácter documental de la obra, así como también otras decisiones técnicas: filmar con cámara en mano, usar primerísimos planos o tomas fuera de cuadro, alterar la continuidad cronológica de los eventos, utilizar música incidental, etc. Ya que todos estos elementos contribuyen a plasmar desde el nivel formal las contradicciones propias del género, un tipo de film que refiere la realidad tal cual es, pero que al mismo tiempo es una construcción.

La vida sin brillos no esconde sus mecanismos de producción, por el contrario los pone en evidencia de la misma forma que expone los artificios de las actrices para maquillar las arrugas o para esconder la panza. El documental se instala en la frontera entre el ser y el parecer, entre la imagen externa y la esencia dejando abiertas bastantes interrogantes sobre lo que la sociedad posmoderna neoliberal de mercado valora y sublima hasta el punto de subordinar la existencia a la circunstancia de aparecer y continuar siendo parte del espectáculo.

Violeta Cofré

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La vida sin brillos