Armar cosas para desarmarlas. La vendedora de fósforos (2017), de Alejo Moguillansky

Juan Pablo Barbero 24 - Abril - 2017 Textos - Foco:19º BAFICI, Buenos Aires Festival Internacional Cine Independiente

 

Como si lo que importara es siempre ir por detrás, abriendo esas puertas que sirven como herramientas para desarmar construcciones y poner sobre la mesa sus partes, desarmar la ópera, desarmar la música, desarmar el cine. Moguillansky y una historia nueva que se adapta a esas peculiaridades de su filmografía. En sus dos películas anteriores juega a algo similar y digo juega porque su narrativa pende siempre un hilo que le ayuda a tejer ordenadamente sus historias desenredadas, donde puede meter en un mismo telar, puntadas diferentes como en un collage, donde antes estaba Edgar Allan Poe, ahora es Robert Bresson y en una serie de enredos todo forma parte de lo mismo, la ópera en un cuento para niños, porque sus películas, le permiten jugar a mezclar hilares finitos, de los más variados colores, para dar como finalizada siempre una obra en proceso. Bresson era fanático de mostrar cómo se hacen las cosas, los procedimientos detallados de cómo escapar de una prisión o cómo robar sin ser descubierto, por ejemplo, Moguillansky nos muestra el detrás del cine o el detrás de la ópera, pero no culmina en eso, sino que sus disparatadas historias toman del proceso, el marco y dentro todo se entremezcla.

La movilidad de los transportes en su primer película “Castro” se encuentra acá imposibilitada por un contexto, que no se ve, pero se escucha y se hace sentir, (como aquel accidente en Lazarescu) un paro de transporte. Esto le da ciertos puntos para esparcir las problemáticas, los músicos entran en huelga encerrados en el Teatro Colón, una pareja que no sabe bien qué hacer con su hija y las bocinas de los autos que ayudan también a plasmar una realidad política. Porque en el cine de Moguillansky ya desde su forma de producción se adentra en términos políticos, del cine y del país. Y hablar de política en cualquier punto es pertenecer al diálogo, a cómo pararse frente a la cuestión. Sus personajes hablan y como lo hacen los grandes, hablan con sus propias voces palabras de los directores, como lo hace Godard, como lo hace Pasolini, las películas de Moguillansky son de esas películas que debaten con el saber, que plantean y ponen en la discusión, nombres que ayudan a remarcar la idea de por dónde viene la mano, desde Matías Piñeiro a John Cage.

Me gusta pensar sus películas como la gráfica de su película anterior, donde varios personajes se entremezclan y la película se vuelve un debate de ideas donde no sólo prevalecen las palabras, sino que se enfatiza siempre la relevancia del cine, sus ritmos y aquellas duraciones pensadas como en una partitura, porque el que sabe de música, sabe de estructuras y el que sabe de estructuras sabe como destruirlas y más si tu deber es el montaje, armar cosas para desarmarlas.

Juan Pablo Barbero

juampabarbero@caligari.com.ar

La vendedora de fósforos