El hombre de sable. La siesta del tigre (2016), de Maximiliano Schonfeld

Juan Pablo Barbero 3 - Diciembre - 2017 -Foco: VII Festival Márgenes. Del 2 al 23 de diciembre

 

Un personaje de lo más particular, un viejo paleontólogo de pueblo que pasó su vida buscando huesos con sus manos, más como un animal, que como un estudioso, haciendo pozos para encontrar su tesoro, donde a veces reina el delirio se despierta lo real. Este personaje se adentra en una nueva aventura, su experiencia habla por sí sola, en busca de algún tigre dientes de sable junto con sus amigos, de edades similares y extrañas corduras que siguen los presentimientos del paleontólogo. Se emborrachan, se ríen, cantan y pasan gran parte de su tiempo reflexionando como cocodrilos en el agua, pensando como algún animal que no son, buscando algún que otro animal que no saben si van a encontrar, pero lo divertido es que parece que por momentos la búsqueda se vuelve secundaria y lo que se enfatiza es aquella diversión que pueden tener cuatro amigos viejos jugando a ser niños. Aprender a nadar. Escalar. Cantar bajo los árboles. Inventar canciones en un mundo inventado donde miles de ojos los miran esperando ser encontrados.
Un canto a la vejez, donde el perseguir una meta es capaz de rejuvenecer cualquier idea, por más que esté enterrada bajo las capas más profundas de la tierra, contar chistes con amigos quita el polvo de lo que fue y ya no se ve. Lo que los une es su particularidad, su carisma, sus formas locas de reaccionar, personajes con una extraña racionalidad quizás cercana a la inteligencia animal, que tiene tiempo para reflexionar pero no para lamentar, que pisa y come y se acuesta sólo para morir. La interacción de los hombres en la naturaleza, su supervivencia y su extrañas formas de investigar. Una aventura quijotesca, donde Sancho Pansa se dividió en tres viejos flacuchos y las aletas del molino son de sable. Don Quijote en la selva y su transformación en animal, la pérdida de lo humano le deja la puerta abierta a lo animal, el paleontólogo va a irse adentrando, a su loca manera, a convertirse en su deseo, tan narrativo como técnico. Enfermar el cuerpo humano, su deterioro, puede morir el hombre en su delirio y ser enterrado como bestia.
El director sigue probando algo que le sienta muy bien, que son sus raíces, su pueblo, de una forma diferente a sus películas anteriores, ahora se adentra, no en lo profundo de su comunidad, sino en lo profundo de sus personajes. Encontrando su cine en sus personas volviéndolos sus personajes, un cine que se vuelve cada vez más propio a lo largo de su filmografía, donde se dejan en claro sus principios, buscar las historias de su tierra y volverlas sus historias.

Juan Pablo Barbero

juampabarbero@caligari.com.ar

 

La siesta del tigre