“Para que las víctimas decidan”, La Patota (2015) de Santiago Mitre

Rocio Molina Biasone 25 - Febrero - 2015 Textos

 

La versión de Santiago Mitre y Mariano Llinás de La Patota se aleja bastante de su original, de Daniel Tinayre y Eduardo Borrás. La historia, a grandes rasgos, es similar, pero el tratamiento, los cuestionamientos, y hasta el título, difieren y se enriquecen. La “patota” ya no se refiere a un grupo de pobres delincuentes, y el viaje de la “heroína” no es hacia un perdón cristiano. Aquí hay dos verdaderas patotas, que chocan y entran en conflicto en la violación de Paulina: la misoginia y el opresión de los pobres.

 

El desafío al espectador

La primera escena es un típico enfrentamiento padre-hija. En esta pelea se presenta, de forma sutil, las raíces de los conflictos del resto de la película: un “patriarca” que quiere determinar y controlar la vida de una mujer. Luego volveré a esto. Lo que se da además en esta discusión, es la información necesaria para poner al espectador en posición de crítico luego. Es un desafío, porque tal como le dice Paulina a su padre: “te mostrás como un progresista en lo que te conviene, ¿no?”. Porque lo que nos dice esta primera escena es que una chica joven de clase media-alta, con título de abogada, toma la decisión de quedarse dando clases en un pueblo en Misiones, sin la aprobación de su padre. Una decisión que cualquier “progre" de clase media-alta consideraría ridícula. Esta la primera situación que tenemos si queremos echarle la culpa a una víctima: si decidiste hacer algo arriesgado y desafiando a quienes quieren lo mejor para vos, jodete.

 

Después está el momento previo a la violación. Paulina se hace amiga de una colega, toman vino, tal vez de más, y se les pasa la hora. Paulina vuelve sola de noche a su casa. Situación ejemplar y típica para culpabilizar a la víctima: borracha, sola, de noche. “Obvio que te va a pasar. ¿Qué tenías puesto?”.

Algo parecido, o incluso con más posibilidad de juicio santurrón sucede con el personaje de Vivi, la víctima que “debería haber sido”. O que en realidad lo fue, pero esto no lo sabemos. Una vez más se tienta al espectador a juzgarla: porque rechaza a Ciro, dejándolo despechado y herido; porque le hace sexo oral a otro hombre en un baldío; porque tiene un hijo pequeño y aún así afirma que le gusta divertirse y no quiere nada serio. Ciro luego viola a Paulina “por error”, y el espectador, que hasta ahí se cree progresista, es tentado a pensar, y hasta llegue a hacerlo, “ella no se lo merecía, la otra al menos se la estaba buscando”.

 

Patota blanca, patota patriarcal

El lugar de la violación simboliza estas bases sobre las cuales se construye nuestra sociedad: es un edificio alto, más alto que todo lo que está por allí, fálico, se impone por sobre un desierto verde; está además sin terminar, en ruinas, gris, con apariencia de viejo, pero allí está, sobresaliendo.

Es interesante ver que el conflicto de la película radica en la posición en la que está tanto la víctima como los agresores. Por un lado, si en vez de Paulina la violada hubiese sido Vivi, nadie se hubiera preocupado por conseguir el castigo de los culpables. Hubiese sido una violación más, con parte culpable a ella misma por vivir la vida que vive. Fin de la historia y de la “justicia”.

Y si, por otro lado, los agresores de Paulina hubiese sido unos hijos de estancieros, o unos policías, o cualquier grupo de hombres en una escala de privilegio mayor, la historia también sería otra, los arrestos inexistentes o prolongados, y otra vez, fin de la “justicia”.

Como ya dije, la primera escena coloca a un varón que quiere decirle a una mujer qué hacer con su vida. Que es ingenua y él sabe que es lo mejor para ella. Pero también deja entrever un pensamiento conservador y clasista, al afirmar que hay un lugar que le corresponde a cada quién, y que a una persona con educación superior, hija de juez, no le correspondería ser “maestrita rural”.

En la primera clase de Paulina ella choca con una realidad, pero no la que le afirmaba su padre, sino con que ella tampoco está libre de paternalismo. Una blanca de clase acomodada diciéndole a un grupo de chicos y chicas en situación de pobreza que son sus iguales, parece un chiste. Es un chiste. Porque aunque la realidad debería ser otra, pretender que ella no tiene cierta autoridad sobre ellos, o decir que los políticos son empleados del pueblo, no puede sino enojar a gente cuyos derechos son vulnerados a diario. “¿A vos te gusta que te tengan lástima? Enfrentalos.” No quieren ser recordados de sus condiciones, tratarlos con lástima, como si no pudieran razonar, o pensarte como una salvación, es sólo una forma, más suave, de paternalismo.

Este es el pie que tiene Paulina para luego actuar de la manera en que actúa luego de la violación. Ingenua, no ingenua. Pero basada en esta premisa, y esta realización, que no se encuentra en un sistema en el que sean todos iguales, en el que pueda darse la justicia. A ella la violan, la hacen víctima de violencia de género. ¿Acaso eso se soluciona creando víctimas de abuso de autoridad? La solución a un ataque misógino no puede ser la agresión clasista y represora. Paulina lo sabe. Sabe que decir “Justicia” como si fuera una verdad objetiva, y no una creación humana más, no tiene sentido. Porque que haya policía, jueces, abogados, no implica que haya “justicia”, y aunque haya “justicia” no implica que lo resuelto sea correcto.

Ella misma sólo por ser mujer se convierte en víctima, y lo único que encuentra es paternalismo intensificado. Los personajes masculinos que la rodean y entran en contacto con ella, todos le proponen qué debe hacer. Su padre, su novio, el policía que le toma la denuncia. Son presencias que la terminan privando de su condición humana, de individuo, es aún más violencia después de una agresión. “Por su bien” no la dejan decidir sobre su cuerpo, sobre su vida.

Un “quiero que sea tu decisión” seguido de un “ya está todo arreglado”. Parece un chiste pero es verdad, tal como el ejemplo de democracia que da Paulina en la clase. Un poder patriarcal, vertical, que nos quiere hacer sentir que podemos decidir, pero las decisiones son entre alternativas ya puestas por el poder mismo.

PAULINA: - Hoy quiero proponerles un juego. Vamos a imaginar que estamos acá
encerrados un mes. Todos juntos, en el aula, sin poder salir. (…) Tenemos el agua y
comida justa. ¿Qué es lo primero que tenemos que hacer?
ALUMNO 1: - ¡Llamar a mi mamá!
(RISAS)
P.: - Vamos chicos, piensen un poco, ¿qué es lo primero que tenemos que hacer?
ALUMNO 2: - Yo lo primero que haría sería tratar de salir.
P.: - No, no podés salir, te tenés que quedar acá. Estamos encerrados acá, ese es el
juego. Lo que quiero decir es que lo primero que tendríamos que hacer es ponernos de
acuerdo en algunas cosas, ¿no? Ponernos reglas.
A. 2: - ¿Y por qué no puedo salir?
P.: - Porque no, porque es la regla del juego… Lo interesante es ver cómo es que
hacemos para ponernos de acuerdo para poner las reglas, consensuar las reglas entre
todos.
A. 2: - ¿Y quién dice que no se puede salir?
P.: - El… juego…Ese es el juego. La regla del juego…
A. 2: - Ah, entonces es usted la que está poniendo las reglas… No todos…
P.: - No, no, no… Yo pongo la regla para que exista el juego. Una vez que estamos
jugando somos todos iguales.
A. 2: - No somos todos iguales si usted pone las reglas. ¡Usted es la que puso las
reglas!
A. 3: (DICE ALGO EN GUARANÍ)
(RISAS)
P.: - ¿Qué dijiste? No entiendo. ¿Alguien me puede traducir qué quiere decir?
A. 4: - Dice que usted pone las reglas porque es kate*.
(RISAS)

 

Por todo esto, Paulina va dejando el contacto con los varones en su vida para encontrarse con otras mujeres: su tía, su colega, y Vivi. Lo que sucede en la relación con las mujeres, es que éstas no intentan decirle qué hacer con su proceso. No le dicen qué hacer con su embarazo, con los violadores, con nada. Tienen opiniones al respecto, pero saben, tal vez como mujeres mismas, que el poder tomar las riendas, particularmente después de sufrir un abuso, es lo que verdaderamente necesita una víctima.

No son relaciones de control, es decir, no son paternalistas. Ni siquiera hablan del tema, a menos que ella necesite. La tía y Laura son prácticamente los únicos personajes con los que habla, después de la violación, de otra cosa que no sea qué piensa hacer con eso. Para el resto del mundo ella es una víctima, una violada, y automáticamente privada de su sano juicio de aquí en más.

 

 

Deconstruyendo a la víctima de violación

Una particularidad de este film es que el personaje de Paulina va en contra de cada estereotipo sobre cómo se comporta una mujer que ha sido violada. Mientras que existen factores comunes en el proceso de superación en las víctimas, universalizarlo es inútil. De hecho a menudo los lugares comunes que se dan en los comportamientos de las víctimas dicen más sobre cómo constituimos la violación como sociedad, que sobre la psicología natural de una mujer que la haya sufrido. En La Patota, ni Paulina ni Vivi actúan como creemos que “debería” hacerlo una mujer que fue violada.

Primero que nada, Vivi tiene sexo, le gusta y no le da pudor. De alguna forma el estereotipo, o más bien, el mandato, nos dice que si una ha sido violada, el sexo, los hombres y todo lo que tenga que ver con ese uso de nuestros cuerpos, nos debe dar rechazo y repulsión. Una mujer que luego de ser violada viva su sexualidad sin miedo, levanta sospechas. Entenderíamos y aceptaríamos mucho más a una mujer que, luego de ser abusada, decidiera hacerse monja, que a una que semanas después volviera a tener sexo.

Paulina no vuelve a tener sexo, pero no tiene pudor al respecto. Otro lugar común es que, a la víctima de violación, siempre debería darle vergüenza y miedo el hablar sobre lo sucedido. Y mientras que a menudo es así, sobre todo con menores de edad, lo que termina sucediendo es que a quienes no les molesta hablar, decir las cosas como fueron, llamar a cada cosa por su nombre, no se les cree. Tenés que estar fuera de vos, llorando, incapaz de vivir, sin confianza en nada ni nadie. Sólo así te creemos. Paulina yendo a trabajar días después de lo sucedido: está loca. La particularidad de la violencia de género no radica tanto en sus consecuencias o en sus mecanismos, sino en los motivos de base, y su naturaleza. De ahí en más, afirmar que una mujer, por ser violada, se vuelve loca, pierde su razón, sólo es una forma de revictimización.

También se espera que esa mujer, si no está sumida en un pozo depresivo, al menos tenga una sed de venganza personal, que su odio trascienda todo el resto. Que no pueda ni mirar la cara del violador sin querer asesinarlo. Mientras Vivi sí se adapta a esto último, Paulina decepciona una vez más. No sólo no busca un castigo inmediato para quienes la atacaron, sino que puede verlos a diario en clase, y hasta busca encontrarse con Ciro, el que más la violentó, quien probablemente la haya embarazado, sólo para hablar. No sabemos qué, pero ese es su problema. Es su proceso.

Por último, está aquello que nadie en toda la película parece comprender, ni siquiera las mujeres que la rodean, ni siquiera nosotros como público. Tanto los que puedan están a favor de que una mujer decida sobre su cuerpo, como los que no defiendan el aborto en ningún contexto, coinciden en que es completamente irracional que una mujer que tenga posibilidades de hacerse uno para sacarse el producto de una violación que lleva adentro, no quiera hacerlo. ¿Cómo no sentís que tu cuerpo fue invadido? Incluso si no te dejamos hacerlo, esperamos de vos que quieras sacártelo, nadie en su sano juicio querría tenerlo. Pero Paulina sí.

El asunto está en que el proceso de Paulina no es el ideal. Ni el incorrecto. No es ejemplo de nada. Es algo personal, algo sobre lo cual la decisión de la víctima es fundamental. Porque ninguna víctima quiere serlo. Todas quieren empoderarse y salir de su situación. Paulina, Vivi, los chicos y las chicas del pueblo y de la clase. A nadie le gusta dar lástima. A todos y a todas nos gusta decidir. Ese edificio abandonado, que sólo sirve para corromper el paisaje, debería caer.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

La patota