“Esa trampa llamada feminidad”. La niña de tacones amarillos (2015) de Luján Loioco

Rocio Molina Biasone 31 - Marzo - 2016 Textos

 

“Llegué a la conclusión de que la feminidad es sinónimo

de prostitución. El arte del servilismo. Podemos llamarlo

seducción y hacer de ello un asunto de glamour. Pero en

pocos casos se trata de un deporte de alto nivel. En

general, se trata simplemente de acostumbrarse a

comportarse como alguien inferior.”

Virginie Despentes, Teoría King Kong (2006).

 

En la historia del cine argentino, alrededor de los años ’20 y ’30, hubo una lista de películas cuyo género o imaginario se definía como “tanguero”. Es decir, relatos sobre la corrupción de la gran ciudad que va metiéndose en los pequeños y más antiguos barrios de Buenos Aires; el caso más típico siendo aquel de la pobre e inocente señorita que conoce a un galán de ciudad, quien la introduce a una vida nocturna y de vicios. Es decir, “corrompe” su pureza.

De cierta forma, La niña de tacones amarillos juega con ese imaginario, pero desde un cuestionamiento y mirada innegablemente actual y amoral. En vez de un barrio porteño, el escenario de este film es un pequeño pueblo jujeño. Aquí, la idea de gran ciudad se va introduciendo mediante la construcción de un hotel de lujo, y los dueños y los obreros que llegan para edificarlo.

Pero no es tan sólo esta simple idea lo que relata el guión de Luján Loioco. Esta es una película sobre esa paradoja, ese doble discurso, esa aplastante caja que es la “feminidad”.

Isabel es una chica adolescente, y, cómo cualquier otra adolescente, está descubriéndose; está construyéndose. Pero su construcción, paralela a la del hotel, se da sobre bases perversas. Las bases que constituyen a una mujer como tal.

Similarmente a lo que sucede en La Patota de Santiago Mitre, los espectadores estarán tentados de culpar a Isabel por lo que le sucede. O más bien, por lo que le hacen. Estarán tentados y, la mayoría, me atrevería a decir, que sucumbirán ante la tentación.

Sin embargo, esta historia no se trata sobre dónde está la culpa en sí. O sobre el victimario, que se podría decir, es un victimario colectivo y masculino. Se trata de relatar y poner en pantalla el doble discurso que toda chica aprende sobre qué es lo “femenino”. Una fórmula para el fracaso. Un examen que todas vamos a desaprobar.

La moda es la de la ciudad. La ciudad y su gente son lo fascinante para adolescentes de pueblos chicos. Porque se vive de noche, porque hay ropa por todas partes, porque hay lugares exclusivos, famosos, todo el imaginario que la televisión transmite hace décadas. Isabel tiene a su rol femenino en la pared de su cuarto: una famosa cantante de cumbia de Jujuy. Como tantas otras estrellas pop que se imponen como el primer rol de mujer para tantas adolescentes, sus canciones hablan casi exclusivamente de hombres y de sensualidad. En la televisión, las publicidades, las películas, toda mujer digna de su condición de “mujer” está maquillada, usa tacos, se viste sensual, tiene a todos los hombres a sus pies, y está orgullosa al respecto. Mujeres que se divierten, que van a fiestas, y que, sobre todo, son bellas, se ponen bellas, y usan esta belleza en su cotidiano.

Pero a eso se le contrapone el otro lado del discurso. El que está dicho por tu familia, por tu entorno, por tus amigos, y hasta por la televisión, de nuevo: que una chica debe ser modesta, que no debe provocar, que si es buena se queda en su casa, que si fantasea es sólo con amor, no con deseo. Y lo fundamental de esta sabiduría: que no hay nada más valioso para cualquier mujer que su “pureza” física. Es decir, su virginidad. Una vez que la pierde, algo cambia, ya no se es la misma. El paquete fue abierto. Perdió su valor original.

Toda esta información es la que recibe una chica a lo largo de toda su pubertad. Ambos lados del discurso, simultáneamente. Como resultado de esto, aquello que te fascina, también te asusta. De que lo que buscabas no era lo que querías. Porque nadie te explicó, al fin y al cabo, nada de nada.

Las escenas en las que Isabel va a la zona de la construcción, o en las que se encuentra con hombres, ilustran esto a la perfección. Mediante la más que acertada interpretación de la actriz Mercedes Burgos, nuestra niña se ve atraída por los hombres, pero al momento de su atención sólo siente un instantáneo temor. Se ilusiona con sus propuestas, pero ese momento nunca llega, pues ellos quieren algo que ella no quería. Y sufre. Porque nunca entendió.

 

Usás tu belleza, pero no entendés bien qué hay detrás de esa belleza. Tenés que ser sensual, pero no entendés del todo qué es el sexo. Tenés que “ponerte linda” pero te confunde la diferencia entre “linda” y “trola”.

Y la razón de de tu confusión, es que es una trampa. La idea no es que logres ser una mujer, la idea es que falles, y la idea es que termines en una categoría u otra, porque quien inventó la “feminidad” sólo lo hizo para poder clasificarnos como “putas” o como “esposas”.

Nos dicen que los tacos amarillos son lindos; pero, una vez que los usamos, ya no lo son. Una vez que los usamos, ya son otra cosa.

 

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

 

La niña de tacones amarillos