La vida es bonita pero hay que saberla llevar. La madre, el hijo y la abuela (2016), de Benjamín Brunet

Rosario Iniesta 27 - Agosto - 2017 TextosFoco: SANFIC 2017 - Santiago Festival Internacional de Cine.

 

“La madre, el hijo y la abuela”, ópera prima de Benjamín Brunet, es un relato que destaca por su carácter experimental, pudiendo vincularla en su temática de observación y recreación de escenas fotográficas a películas como “Arrebato”, de Iván Zulueta o el documental “El estado de las cosas”, de Tatiana Mazú y Joaquín Maíto. Juega con los objetos, les da un protagonismo casi místico. La narración se divide en 3 capítulos, uno por protagonista: “Cristóbal. El adoptado conoce su ciudad natal”, “María. El proyecto se transforma en película” y “Ana. Las raíces de Ana”.

El punto de partida es en Chaitén (Chile) donde un volcán arrasó con todo y hay casas abandonadas, lugares que son explorados por Cristóbal (Gonzalo Aburto Sepúlveda), fotógrafo que se encuentra realizando un proyecto sobre su identidad. Viaja solo, emplaza su cámara en escenas que él mismo recrea, en las que decide autorretratarse, explorando, imaginando posibles vidas en diferentes espacios derruidos, en la búsqueda fantasma de su familia. Cristóbal es adoptado. En uno de sus recorridos se encuentra con Ana (Ana Gallegos Mattei), la madre de la historia, quien lo invita a pasar unos días en su casa para que pueda descansar de su viaje. Ana vive con su madre, María (María Muñoz Salas), quien está muy enferma y necesita trasladarse a Puerto Montt, pero se niega rotundamente a hacerlo.

A partir de la llegada de Cristóbal a sus vidas, María se siente más contenta, con más energías, acompañada y feliz. Madre y abuela adoptan a Cristóbal como su hijo para olvidarse del dolor por un rato. Ana fue abandonada por su marido hace años, tiene un hijo, Gonzalo (nombre del actor que da vida a Cristóbal), que desde que se fue a estudiar a Puerto Montt nunca más volvió a visitarla. Cristóbal llena este vacío en la habitación del hijo ausente y, a su vez, recrea una dinámica de familia a quien le pide que forme parte de su proyecto audiovisual. Ambas participan en el juego de este fotógrafo que, por momentos es algo enrevesado, pues se confunden en ocasiones los “momentos felices” con la realidad. No son familia, pero realizan un pacto de verosimilitud en el que lo son, quizá por pura necesidad emocional.

Al empeorar la salud de María, más empeñada está Ana en llevarla al hospital de Puerto Montt y eso hace que se pelee con su madre, reforzando así la importancia de la presencia de Cristóbal. Sin embargo, poco tiempo tarda María en fallecer, pero no sin antes reconciliarse con su hija. Es aquí donde Cristóbal decide despedirse y seguramente seguir viaje. Ana debe recomponer su vida poco a poco. A fin de cuentas, todos estamos solos, pero siempre necesitamos sentirnos valorados, aunque sea durante los segundos que tarda el temporizador de la cámara en disparar.

Rosario Iniesta

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La madre, el hijo y la abuela