La ciudad de los sueños. La La Land (2016), de Damien Chazelle

Carla Leonardi 31 - Julio - 2016 Textos

 

“La La Land” (2016) es la última película del director estadounidense Damien Chazelle, quien venía de realizar la aclamada “Whiplash” (2013). Si en “Whiplash” la música tenía un lugar fundamental en medio de la dramática relación entre un maestro sádico y un alumno en el marco de la educación en el conservatorio, aquí también ocupa un lugar protagónico. En “La La Land”, Chazelle realiza un homenaje a los musicales clásicos de la era dorada de Hollywood, que servirá de marco para continuar su trabajo sobre los temas que lo preocupan y que despuntan como marcas de su estilo. Por otro lado, se trata de una película que por su nostalgia por los años dorados de Hollywood, su temática y el melodrama, puede emparentarse con “Café Society” (2016), la última película de Woody Allen.
La película da comienzo con un embotellamiento de tránsito en la autopista de Los Ángeles, California. Aquí se dará el primer tema musical acompañado de una coreografía armoniosa que estalla de color. Gran apertura que nos hablará de lo duro del camino a la fama y de no desalentarse frente a los reveses que se encuentren en él.
Será este el contexto en que se producirá el primer encuentro fortuito entre los protagonistas, en el cual nos pinta rápidamente sus características. Ambos están atascados en el tráfico, como lo están en sus vidas. Sebastian (Ryan Gosling) es un músico, pianista apasionado por el jazz, que no logra sintonizar una emisora de radio cuya música lo conforme. Sebastian, alter-ego del director, será el motor entorno al cual Chazelle continúe desplegando sus obsesiones en torno al jazz. Sebastian siente que ese jazz virtuoso que desarrollaron e innovaron Louis Armstrong, Thelonius Monk, Dizzy Gillespie o Charlie Parker, está muriendo. Sufre porque han convertido a un mítico club de jazz en un local de Samba y tapas. Su sueño es poder abrir su propio club de jazz. Mientras tanto, toca por las noches el repertorio de jazz ambiente que le impone el severo dueño de un club (J. K Simmons, que en “Whiplash” interpretaba al oscuro profesor Fletcher), sin que a ninguno de los asistentes les importe demasiado lo que esté interpretando. Sebastian tiene una posición radical: denosta el jazz de banda, de repertorio determinado y que responde a una discográfica y se apasiona por el jazz de estilo libre de los clubs, ese mundo de tensiones y experimentación musical, que dio nacimiento a la los grandes virtuosos del jazz. Por su parte, Mia (Emma Stone) practica en el auto, el monólogo para un casting. Ella es una aspirante a actriz, que deambula de casting en casting sin éxito y de momento trabaja como empleada en la cafetería de los estudios Warner.
Chazelle combinará ágilmente los temas musicales con la trama dramática y acentuará uno u otro según lo requiera la historia, sin que resulte tedioso para el espectador. La narración avanzará siguiendo una temporalidad cronológica, puntuada por las estaciones del año, que acompañarán el desarrollo de la relación entre nuestros protagonistas. El invierno estará marcado por sus frustraciones laborales y sus encuentros fallidos, el primero en la autopista y el segundo en el club de jazz donde él toque. En este segundo encuentro, será el color azul (del vestido de ella y del traje de él), melancólico de las frustraciones, el que los una en el desencuentro. Será la primavera, en una fiesta, mientras él toque teclados en una banda de música rock, y ella lo provoque pidiendo que toquen un hit de los años ochenta, cuando vuelvan a encontrarse y florezca el amor.
Si tomamos el título, sin centrarnos en su significado, sino en su pura sonoridad, ese laleo del “La La Land”, nos remite al género del musical. Pero si hacemos pie en su sentido, se trata de una expresión coloquial de la lengua inglesa “Belive in La La Land”, que apunta a la creencia de que cosas completamente imposibles pueden suceder, que los sueños pueden volverse realidad. Aquí la referencia es Hollywood en tanto gran factoría de sueños con sus grandes estudios y en tanto lugar al que todos se dirigen con ansias de realizar el sueño de convertirse en una de esas estrellas que se ven tan inalcanzables. Esta idea de que en Hollywood todo lo imposible puede volverse realidad, alcanzará su sumun alegórico, cuando Mia y Sebastian bailen el vals entre las estrellas del firmamento en el observatorio del parque Griffith.
Será el verano cuando se desarrolle la relación entre Mia y Sebastian. El la alentará a escribir su propia obra de teatro y abandonar la humillación de los castings. Y ella lo ayudará a moderar su posición y aceptar la invitación de Keith, un viejo amigo del conservatorio, para tocar en su banda de estudio. El otoño marcará el distanciamiento de la pareja. Sebastian triunfará con su banda y estará permanentemente de gira, mientras Mia monte su obra de teatro y se decepcione por la repercusión negativa, aunque será notada por una directora de casting para una película que se filmará en Paris.
Y no se trata entonces de una historia de éxito y amor edulcorados. La secuencia final con todo aquello que pudo haber sido ese amor y que no fue, es tan memorable y honda en su amargura como estridente y luminoso era el comienzo.
El director Damien Chazelle, a través de esta película, nos muestra que es arduo el camino a la fama, que a veces hay que pasar vergüenza, soportar humillaciones, y que hay que trabajar muy duro, y hacer concesiones en los propios principios para poder llegar hasta ahí. Alcanzar el propio sueño, no es sin renunciar a algunas cosas. Seguir el propio camino hasta niveles de éxito resulta difícilmente compatible con la vida amorosa estable y de familia. Se avanza en esa senda en cierta soledad.
La historia de Mia y Sebastian, es la historia de dos que se acompañan en los comienzos de sus carreras y también es una historia de amor, pero se trata de un amor singular, que no se basa en la posesión del otro y que acepta su finitud. Mia y Sebastian nos enseñan que quizás no se trate de soñar y querer un amor que dure para siempre. Porque lo único perdurable en el amor, quizás no sea la presencia del partenaire, sino las marcas que ese amor nos dejó.


Esta historia de amor servirá también de marco para que Chazelle despliegue su debate entre lo clásico y lo nuevo. Así veremos el cierre del mítico club de jazz Van Beek y del clásico cine Rialto. Y nos mostrará la paradoja de una época contemporánea que rinde culto a los clásicos; que venera el éxito, pero a la vez no valora nada, porque todo pasa muy rápido, y siempre pide algo nuevo. De manera que a lo sumo, sólo se pueda aspirar a ser quizás, una estrella fugaz. En este sentido, es interesante su apuesta por filmar en el formato Cinemascope. De este modo, le insufla nueva vida a la experiencia del cine en pantalla grande, tan a contramano de los hábitos contemporáneos signados por el advenimiento de internet y el auge del formato de las series.
En “La La Land”, Chazelle nos transmite su pasión por el cine y por la música y logra revitalizar los clásicos musicales de Hollywood. Es indudablemente una película para disfrutar en pantalla grande, no sólo por el formato panorámico, sino principalmente por la belleza de la música de Justin Hurwitz, por la armoniosa composición de los planos secuencia que armonizan con las coreografías, por el luminoso estallido de color y por la química de la pareja protagónica. Chazelle nos muestra un saber hacer para combinar acertadamente el entretenimiento con la reflexión sobre el precio ineludible que se paga por alcanzar aquello que soñamos.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

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