“Mentira el Principio, mentira el Fin”. La cordillera (2017), de Santiago Mitre

Rocio Molina Biasone 22 - agosto - 2017 Textos Foco: SANFIC 2017 - Santiago Festival Internacional de Cine.

 

Para quienes ambicionan el poder, no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio.
- Cayo Cornelio Tácito

 

Siempre encontré algo extraña la ausencia de la política, su mundo, sus personajes e historias, en el terreno de la ficción cinematográfica argentina. Nunca entendí por qué la política, ese personaje caprichoso, impredecible y despreciable, pero a la vez imprescindible, que tan presente se encuentra en el día a día de cualquier argentino, parece ser tema tabú cuando de ficción en pantalla se trata. ¿De dónde viene esa costumbre? ¿Es inconsciente? ¿Producto de una tendencia de llevar el cine al plano del entretenimiento, y de no encontrar nuestra actualidad política entretenida en lo absoluto? ¿O es intencional? ¿Queremos acaso evitar hablar de actualidad política a través de las historias y de la imaginación, porque tal vez hacerlo implicaría una exposición demasiado “peligrosa” de la propia ideología? ¿Nos sentimos, entonces, más cómodos en el documental por el simple hecho de que la convención dicta que en este género al menos se habla de “hechos”?
Sea cual fuere el motivo, la nueva película de Santiago Mitre se destaca por hacerle frente a este tabú al punto de dejarlo totalmente en evidencia: no solo es la primera película en establecer su conflicto principal en las altas esferas de la (hipotética) política argentina de la actualidad, sino que el protagonista del film es el mismo presidente de la República Argentina. Repito, parece mentira, que un tema y un personaje que el cine de Hollywood ha incorporado dentro de sus historias de forma exhaustiva, no solo en cantidad de veces, sino en variedad de géneros (al Mr. President se lo puede encontrar fácilmente en thrillers, en sci-fi, en comedias, en películas románticas, dramáticas o de acción), no haya tenido hasta hoy un lugar en el cine argentino. Agradezco que nuestra “primera vez” no tenga nada que ver con las miles de veces del cine estadounidense, en lo que respecta el retrato de “un presidente”.
Ahora, dicho esto, y pasando a este film en particular, el “detalle” que me llamó la atención, y posiblemente no sea la única a la que le haya pasado, es su mismo título. Digo “detalle” porque como bien es sabido, el título de una obra no es un mero detalle, o más bien no debería serlo. Y por más que se trate de una interpretación subjetiva, y no tenga modo de saber el porqué de la elección de Mitre, opino que el título de su película nos delata algo de su significado global. Sí, es verdad, la historia sucede en la Cordillera, pero esta no es una razón para que la obra se llame así. Hay un choque, si nos animamos a observar, que se produce entre la palabra “cumbre” y la palabra “cordillera”. La primera atraviesa la película y se repite de forma continua. Pero me sorprendería si alguien me dijera que la palabra “cordillera” se menciona en algún momento de la narración. Si es así, pasa desapercibida, pero “La cumbre”, en este sentido, sería el título “natural” (y de hecho es el título con el cual se presenta para el público de habla inglesa).


La Cumbre es el evento o el contexto principal en el que se desarrolla la historia de Hernán Blanco. Dos son los conflictos principales, y sé que muchos pensarán que esto no es posible, que debe haber un conflicto principal y un conflicto secundario, pero los invito a decidir entonces, si el conflicto principal es la crisis psicológica que tiene Marina, la hija de Hernán, o si se trata de la Cumbre misma, de la posibilidad de un pacto  y alianza comercial que convoca a todos los presidentes de Hispanoamérica. En realidad pienso que se trata de un tema que se expresa a través de la articulación de dos conflictos, como un juego por el cual el protagonista mismo es un misterio no solo para el pueblo argentino dentro de la diégesis, sino también para nosotros, espectadores. Más bien se vuelve misterioso, a medida que va haciendo sus jugadas dentro de ambos conflictos. En un principio, es difícil sospechar de él: no puede ser de otra forma si es interpretado por Darín, ese actor que todos conocemos por hacer las más de las veces de una versión moderna y argenta de Humphrey Bogart, tipo duro pero noble, rígido pero cálido, o que en el raro caso de que haga de villano o de personaje moralmente corrupto, no nos deja lugar a dudas de su naturaleza, no se “da vuelta”.
Pero volvamos a la idea de “cumbre”: además de denominar a una reunión de personas de un gran nivel de poder y autoridad, es el punto más elevado de un monte, o más metafóricamente, el éxito. A su vez, una cumbre es una sola. Indica unidad, no multiplicidad. Indica el final de un principio, los pies del monte. De “cumbre” se habla a lo largo de toda la trama: se habla de poder, pero también de unidad, de solidez, una unidad latinoamericana, un poder latinoamericano. Como sospechamos y terminamos por descubrir, cada uno de esos agentes tiene una cumbre propia: no se trata de una cumbre, sino de una cordillera. La cordillera es una cadena montañosa, formada de varios picos, algunos más bajos, otros más elevados, algunos más imponentes y otros que quedan opacados. No indica unidad, sino caos, variedad y cantidad. No tiene un principio o final, pues no es lineal. La farsa de la unión en ese evento queda develada, y eventualmente, la farsa de la solidez que presenta Hernán Blanco también: porque al igual que una cordillera, Blanco no es una unidad, su historia no tiene un inicio, no tiene un final.
¿Qué nos dice esto, de nuestro tema, la política? ¿Que la verdad es un enigma que no es posible averiguar sino por la intervención supernatural como la que sucede con Marina? ¿Que la verdad ni siquiera existe, o es una pérdida de tiempo buscarla, porque se vuelve imposible determinar si miente el padre o la hija? ¿Que existe la fachada de una “cumbre”, y la más posible realidad de una “cordillera”? Es ciertamente una película que deja más preguntas que respuestas, de una forma que las películas normalmente suelen rechazar, porque ¿quién quiere ir al cine a ganar dudas en vez de encontrar falsas respuestas?
Tal vez, la esencia del film se encuentre en su negación a terminar, en su rechazo del concepto de un final. El film empieza con un personaje que no logra entrar a la Casa Rosada, y sin que sepamos cómo se resuelve su historia, la cámara nos tira a otro personaje, que luego es reemplazado por el personaje de Érica Rivas. Este primer indicio se adelanta a una historia en la cual ningún conflicto tendrá un cierre (¿cuándo ha tenido un conflicto real ese privilegio?), y que tal vez se condense a la perfección en la escena de la hipnosis: no hay un solo plano, sino un ir y venir de rostros, de Marina, del psicoanalista, de Hernán, una multiplicidad de reacciones y experiencias de un mismo momento, ninguna revelando nada que pueda llamarse “verdad”, y qué es la política hoy, sino un discurso en el cual la verdad no es más que una construcción retórica, y de la cual la única salida es la de una auto-hipnosis, un proceso de deconstrucción de nuestra memoria y saber, que nos dejará con más preguntas que respuestas, y más problemas que soluciones.
Aún así, mejor preguntar.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

La cordillera