Ambición necesaria. Khibula (2017), de George Ovashvili

Juan Pablo Barbero 15 - Octubre - 2017 Textos- Foco: Al Este del Plata 2017, IV festival de cine de Europa central y oriental.

 

  Khibula es quizás una de las películas más ambiciosas de la pequeña y poderosa cinematografía de Georgia después de su independencia. Su director George Ovashvili, director de la premiada Corn Island, ahora hace algo tan diferente pero a la vez tan parecido y eso hace que se llame lenguaje. Khibula es ambiciosa porque su protagonista es una de las figuras más importantes de la historia del país, su presidente democrático Zviad Gamsjurdia y la elipsis con su camino hacia su final, muerto dejando sólo incógnitas ya que son varias las hipótesis y pocas las respuestas. La película narra esa elipsis en los medios de comunicación, ya que las noticias anunciaron su desaparición y luego su muerte en el noticiero, lo que pasó en el medio nada se sabe, por eso lo asume el cine. Por eso Khibula combate con ficción a la historia de Georgia, recreando esos últimos días donde el presidente vagaba por los bosques buscando escapar junto con un grupo de quince hombres armados que siguen la disolvencia de todo su poder político, porque todo poder del hombre se disuelve en el espacio en el cine de Ovashivili.

  A lo largo de la película vamos a ir viendo como, a mirada del director, una gran lectura de la perdida del poder, ya que el grupo fiel que lo sigue empieza a achicarse a medida de que siguen un destino de escape, encontrándose con diferentes personajes que incluso alejados de las grandes urbes siguen siendo pueblo, lo pequeño en todo este cine es siempre inmenso, ya que las cosas que no se dicen se presienten, no se gritan, se surran, porque el peligro siempre acecha a pesar de no saber bien dónde. Cuando hablo de ambición en Khibula, hablo en términos positivos, para digerir la memoria, primero hay que ponérsela en la boca. Esta cercanía a lo político es inevitable porque Georgia, al igual que Rumania, nunca pueden alejarse de lo político, su lucha está en el cine, por esto, no tienen la necesidad de grandes dramas, sino buscar la profundidad en la sencillez de una mirada, un suspiro o una patada.

 Un presidente completamente diferente al Darín de La Cordillera, en Khibula los hoteles no tienen lujo porque el lujo quedó en el pasado como los ideales de un pueblo. El protagonista empieza siendo un colectivo, obvio es el presidente, pero ver a la masa deambular como en una especie de western moderno donde el verdadero enemigo es la frontera, no hay necesidad de poner un rostro al peligro que la tierra ya nos da. Con rostros de árboles, rostros de nieve, rostros de soledad, el peligro es invisible pero está en todas partes. Ovashvili encuentra la forma de cómo narrar el presente de un pasado reciente, revisar la historia y no tener que decir conclusiones, ni monólogos aburridos donde la política se pierde en artificios, sino que los silencios hablan por sí solos y esa continua sensación de que el espacio te está comiendo. Ahora ya no es una isla que se la come el agua, como en su película anterior; sino que ahora es un hombre que se lo come el bosque… una ideología que se la come un país. La ficción es fundamental para aclarar la verdad de cualquier historia sin importar su inmensidad.

Juan Pablo Barbero

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Khibula