Entre el trampolín y el agua. Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki

Juan Pablo Barbero 20 - Noviembre - 2016 Textos - Foco: 31 Festival Internacional de cine de Mar Del plata

 

De Papirosen a Kékszakállú, el gran salto desde un trampolín de Gastón Solnicki, desde la base de un documental puro y muy personal hacia el agua profunda de la ficción. Y es en esa distancia, desde el trampolín hasta el agua, donde van a empezar a entrelazarse aquellas distinciones que separan al documental de la ficción para una narración híbrida, ya que Papirosen es un documental que tiene mucho de ficción, como Kékszakállú es una ficción con mucho del documental.

Su último trabajo funciona como una forma de desenmascaramiento de la clase alta argentina, encerrándola en encuadres muy prolijos y cuidados, dándole lugar a la monotonía constante que lleva al aburrimiento en la vida de los personajes. Una serie de personajes que si bien están parados en lo más alto de la sociedad, se muestran inestables en su relación con el mundo real; desde inestabilidades existenciales hasta inutilidades cotidianas; los personajes siempre necesitan de otro para poder persistir: un punto fundamental en la lógica del capitalismo. Aquel quietismo entre tanto lujo, sólo le quita la máscara a unos personajes que se aburren porque la vida es aburrida y están desorientados en pequeñas decisiones como desde la comida delivery hasta elecciones sobre su futuro. Lo interesante en la forma de narrar de Solnicki es aquella emoción dejada sobre la mesa, para que los personajes vaguen como cuerpos que se quieren chocar contra una pared, que del otro lado, se encuentra un mundo diferente. Pero la pared es importante, porque es lo que no permite ver qué hay del otro lado, fuera de aquella fotografía feliz e imponente, fuera del cuadro que nos mantiene prisioneros como si no existiera fuera de campo alguno, los personajes son conscientes de su inutilidad y piden ayuda.

La distancia entre el trampolín y el agua es un segmento de mundo primordial porque si los dos puntos donde el cuerpo puede estar son o en lo más alto, sobre la tabla de madera o hundido en el fondo de la pileta; Solnicki prueba el aire, el entremedio de ambas, el salto sin tabla y sin agua, el segundo antes del chapuzón, por eso la niebla entre ficción y documental, porque la película se encuentra en un entre; no es ni madera, ni agua. Pocos directores empezaron en su carrera desnudando parte de su vida privada, ahora el espectador reconoce en quien fue el director de Papirosen, su lugar donde elige cuestionar ciertas ramas de su árbol genealógico, ciertos pisos alfombrados, ciertos pastos verdes. Sacar las capas del lujo social, como descascarar un árbol, hasta que no quede más que el tronco pelado, quieto y todas las cascaras en el suelo. Los personajes quieren salir adelante en pequeñas cosas, progresar, pero se encuentran que no saben nada y que toda la fantasía de niños está muerta en el altillo, en un gigantografía de una de las protagonistas. El desmoronamiento invisible, que no necesita destruirse el castillo para ser escombros, sólo basta enfrentarse al mundo real, tanto en la cocina o como en la universidad, las dudas presionan y generan malestar en una convivencia con un entorno que opaca el lujo de los personajes que se tiran a descansar.

La forma de narrar de Solnicki va de acuerdo a lo que la historia busca contar: aquel árbol descascarado que sigue en pie pero caído, la duración de los planos generan desde el inicio una constancia en el ritmo que no se altera ya que la monotonía de la rutina en la vida burguesa siempre es chata. Los personajes pequeños en espacios grandes para hacerlos sentir solos y desorientados, cuanto más se aleja la cámara más perdidos y lo cotidiano se establece como forma y fragmenta lo lineal, en diferentes partes, no para contar una historia, sino para contar aquel momento en el que se está en el aire entre la tabla de madera y el agua.

Juan Pablo Barbero

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Kékszakállú