Asuntos de familia. Es sólo el fin del mundo (Juste la fin du monde) (2017), de Xavier Dolan

Carla Leonardi 19 - Enero - 2017 Textos

 


Luego de la excelente y visceral “Mommy” (2014), tanto en el nivel técnico como a nivel actoral, en la cual retomaba aquel punto de partida de su filmografía que fue “Yo maté a mi madre” (2009), ambas centradas en la relación madre-hijo; el director canadiense Xavier Dolan en su última película continúa explorando las complejidades de la familia como lugar donde se forja lo más íntimo para el ser hablante.
“Es sólo el fin del mundo” (“Juste la fin du monde”, 2016), co-producción franco-canadiense, puede encuadrarse en el registro del melodrama familiar y está basada en el obra de teatro homónima del dramaturgo francés Jean-Luc Lagarce, cuya producción teatral comenzó a valorizarse en los últimos tiempos, a partir de su muerte por HIV en el año 1995.
La película comienza con la leyenda: “Hace algún tiempo, en algún lugar”, que sitúa la intención del director de dar cuenta de la atemporalidad y universalidad de las temáticas que va a abordar en esta producción.
La primera imagen es oscura, borrosa y confusa, y se ira aclarando para situarnos el perfil del rostro de un hombre joven, con gorro con visera, sentado en un avión. La voz en off de ese personaje nos cuenta que se dispone a regresar a visitar a su familia tras 12 años de ausencia para anunciarles la inminencia de su muerte. Este prólogo ya sitúa a Louis (Gaspard Ulliel) como un personaje que carga con el peso de la muerte por comunicar y con la ambivalencia de sentimientos que afloran a partir del regreso al seno familiar.
El título de la película, “Es sólo el fin del mundo”, en una primera lectura puede leerse con relación a la frase coloquial “No es el fin del mundo”, en el sentido de situar que algo no es serio o grave. Pero si tomamos el título en francés “Juste la fin du monde” el adverbio “sólo” (Juste) y la elipsis del “Es”, ubica claramente que se trata de un título irónico, y que hay ahí una operación con el lenguaje que dice de la muerte pero negándola, es decir reprimiéndola. Se trata de una operación que mediante el lenguaje apunta a poner cierta distancia respecto de la cruda realidad de la muerte, esa de la que no se sabe nada, esa a la que no nos atrevemos a acercarnos. El título entonces ya sitúa uno de los temas de la película, la cuestión de decir la muerte y de cómo decirla. Y abre el enigma acerca de si Louis podrá llevar a cabo la misión que motivó su retorno.
Maravilloso será el comienzo con las subjetivas de Louis llegando al pueblo desde el taxi que lo transporta desde el aeropuerto hasta llegar a la casa familiar, registrando a las personas que va viendo en los portones, en las calles y las miradas que lo miran como un extraño, como el diferente. De Louis tendremos sólo fragmentos: un rostro, una pierna subiendo al taxi, y no lo veremos de cuerpo entero hasta que entre a la casa familiar. Este comienzo evoca el comienzo de “Lawrence Anyways” (2012) con la mirada perpleja de los otros, mientras Lawrence permanece fuera de campo, para luego develarse, para el espectador, travestido con ropa de mujer.

El uso del tiempo:
Cuando Louis ingrese a la casa, Dolan nos hace notar, mediante un plano detalle, que el reloj Cu-cú marca la Una de la tarde. Esta marca del tiempo puede leerse como marca del comienzo de la acción en cuestión.
La temporalidad de la narración será lineal desde ese comienzo y estará marcada por secuencia de los platos del almuerzo familiar: entrada, plato principal y postre. Entre cada paso de la comida, Louis irá manteniendo conversaciones con cada uno de los integrantes de la familia y a la vez se intercalarán flashbacks que darán cuenta de la evocación de fragmentos de su infancia y adolescencia.
Por otro lado, que se marque el tiempo da cuenta de que estamos ante lo que podemos llamar el encuentro con “la hora de la verdad”, esa a la que en tanto seres hablantes nos confrontados cuando se trata de abordar a una mujer o a la muerte, esas cuestiones donde es necesario un acto que concierna al sujeto.
La marca del tiempo, Dolan volverá a retomarla al final, cuando nuevamente asome el pájaro Cu-Cú, para marcar la idea de fin de la representación, que le servirá de bella alegoría para dar cuenta de la muerte. Finalizada la escena del mundo, sólo queda el silencio de la muerte.

La referencia teatral:
Esta estructura sostiene en orden cronológico que evoca al ordenamiento en escenas de la pieza teatral. Y si bien Dolan basa su película en la obra de Lagarce y respeta su texto palabra por palabra, no se trata en esta película de Dolan filmando teatro al modo del registro documental. El teatro es una experiencia que transcurre en un solo plano y que supone un plano general. Aquí el montaje, el uso de la luz y la sombras, el uso de la música, el juego con la figura y el fondo en un mismo plano, los abundantes primeros planos; en fin, la manipulación misma que realiza el director, colocan a “Es sólo el fin del mundo”, aunque se base en una obra teatral, como una película claramente de ficción.

El hijo pródigo:
Louis es un dramaturgo exitoso de 34 años, que tras la muerte de su padre, decidió irse a vivir a la ciudad para desarrollar su carrera.
Que este personaje sea un artista, un creador de universos de ficción apoyados en lo autobiográfico y que además el actor que lo interpreta se parezca físicamente en ciertos planos al director, permite situar claramente a Louis como un alter ego de Xavier Dolan.
El regreso de Louis podemos leerlo en la línea del regreso del hijo pródigo y también en la línea del regreso de Ulises a la isla de Itaca, pues así como éste buscaba reencontrar su patria y su trono, Louis buscará ser reconocido y alojado por su familia.
Además es un personaje que pasará la mayor parte del tiempo de la película en la oscuridad de la bomba mortal con la que carga o con su rostro mitad en la luz y mitad en la sombra porque se trata de un personaje que ante el exaltado reclamo de cada uno de los integrantes de su familia con el que se tope, quedará subjetivamente dividido entre el anuncio y el silencio.


Los hermanos:
Louis será recibido por Suzanne (Léa Seydoux), su hermana menor. Suzanne era pequeña cuando Louis se fue del hogar y no lo conoció demasiado. Suzanne ha seguido la carrera de Louis durante todos estos años y tiene el sueño de poder salir del pueblo alguna vez. En su charla a solas con él, le reprochará sus postales de pocas palabras a la vista de todos, y el haberla abandonado.
Será Suzanne quien le presente a Louis a su cuñada Catherine (Marion Cotillard), a quien nunca conoció porque nunca asistió al casamiento entre ella y su hermano Antoine. Catherine se mostrará como una mujer sumisa respecto de su esposo, siempre pidiéndole autorización y aprobación a él acerca de lo que puede contarle o no a Louis. Entre Catherine y Louis, se dará cierta complicidad, que se jugará en sutiles gestos y miradas, en tanto ambos son los extraños, los recién llegados a ese círculo familiar.
La relación de Antoine (Vincent Cassel) con Louis será tensa desde el comienzo, y la carga agresiva de Antoine se irá acrecentando a medida que avance la narración. Antoine es el mayor de los hermanos y fue quien, con la partida de Louis, quedó a cargo de la madre y la hermana luego del fallecimiento del padre. Antoine trabaja en un negocio realizando herramientas, sin demasiado tiempo para el ocio. Se siente frustrado y celoso de Louis. Desvalorizará el intento de Louis de acercarse a él, calificando sus palabras como estrategias de actor para envolverlo, como puro blablá para salirse con la suya. Le reclamará haber abandonado su responsabilidad y dejarlo cargar en soledad con todo el peso de la familia.

La madre dolaniana:
La actriz Natalie Baye, vuelve a trabajar con Dolan, interpretando el papel de la madre, como ya lo había hecho en “Lawrence Anyways” (2012). Baye encarna aquí a la típica madre dolaniana, sobrecargada en su maquillaje y vestimenta, al borde de lo grotesco y lo ridículo. El rojo de su pelo y de su vestido será el color que la identifique; color que se liga a la ambivalencia de la pasión y la ira. Louis es su hijo preferido, a quien quiere mucho, pero con sus palabras lo determinará a encarnar el lugar del cemento que una nuevamente a las piezas de la familia, es decir a ocupar cierto rol de padre sustituto motivando a sus hermanos en sus anhelos. No por nada le dirá que con su sonrisa se parece a su padre. Y el abrazo que le dé, se deja ver como un abrazo afectuoso pero también asfixiante y mortal.
Es que la madre dolaniana puede encuadrarse en aquello que Lacan denomina como Madre cocodrilo (*), esa que ama a su hijo porque viene al lugar de saturar su falta, y que por ello no está dispuesta a cederlo. Se trata de una madre que no hacer lugar a una instancia tercera que pueda posibilitarle a su hijo una salida de ese encierro en el vínculo, que tantas veces trabajó muy acertadamente Dolan desde su opera prima “Yo maté a mi madre” (2009).

El padre ausente:
Como otra de las constantes del cine de Dolan, en “Es sólo el fin del mundo”, no hay padre. Pero con la ausencia del padre, no me refiero a que no haya padre físicamente, como en este caso, porque está muerto; sino a que no opera el padre en tanto función simbólica separadora entre la madre y el hijo.
El padre, dice Lacan en el Seminario 17 continuando la metáfora de la madre cocodrilo, es ese palo que se encuentra en potencia en la boca del cocodrilo. Es una herramienta que el hijo puede utilizar para trabar su boca y protegerse de ser devorado por la madre.


La tragedia del encierro en un destino:
Avanzada la trama, uno advierte que los personajes de la película quedan presos de las determinaciones familiares, y esa imposibilidad de desviarse y errar respecto del designio marcado es lo que lleva a la tragedia.
La madre sigue añorando y rememorando los viajes en auto que realizaban en familia cuando su esposo aún vivía, Suzanne está atrapada en la lógica del suburbio sin proyección de futuro, Antoine carga con las responsabilidades familiares y Louis no podrá separarse de las palabras del mandato materno.
Este encierro de los personajes está trabajado por Dolan desde lo formal mediante el predominio del uso de los primeros planos, así como en “Mommy” (2014) y en “Lawrence Anyways” (2012) hacía uso del formato cuadrado, para dar cuenta de la asfixia en la cual estaban sumidos sus personajes. Este predominio del primer plano también apunta a privilegiar el detalle de la palabra que se enuncia, del sonido del silencio, y de las emociones que están flor de piel, apuntalándose en la materialidad del lenguaje y en cómo el lenguaje toma a esos cuerpos, más que en el espacio en el cual estos están inmersos.


Una estética de la nostalgia:
Recorriendo la filmografía de Dolan, se puede advertir una estética que podríamos denominar “una estética de la nostalgia”.
Los personajes de “Es sólo es fin del mundo”, como los de sus otras películas, nunca son felices en la situación en la que están. La felicidad en el cine de Dolan casi siempre es algo que se tuvo en algún momento anterior y se perdió. Por eso en los flashbacks de los recuerdos de Louis junto a su padre en la infancia o de los encuentros en la adolescencia con su primer amor, será cuando irrumpa la luz y la música, aportando ese sentimiento de calidez y alegría.
Otro elemento en que se apoya la nostalgia es el uso reiterado del color ocre, ligado al otoño, al momento en que asoma la instancia de la pérdida, y no por nada en “Juste la fin du monde” este color se presentificará al final: en el pájaro cu-cú, en la alfombra y en la luz que inunde la habitación envolviendo a Louis.
Es significativo que Louis, el único de los integrantes de la familia que osó salir de la prisión, sea el que tenga que regresar porque está marcado por la muerte. En el cine de Dolan, casi siempre hay un momento en que parece que podría haber una instancia de reconciliación o de arreglo donde las cosas podrían funcionar, pero esto nunca sucede; en realidad nunca hay salida respecto del designio familiar. Y aunque la muerte parezca una salida, se trata de una instancia que no es realmente una salida, porque con ella los personajes lo único que hacen es salir de la escena pero nunca ponen en cuestión las determinaciones familiares que los marcaron, sino que más bien terminan confirmándolas.


Momento de concluir:
“Es sólo el fin del mundo”, es una película que requiere poder adentrarse y dejarse tomar por la ficción, para poder disfrutarla y apreciarla en sus divinos detalles: ese peso de lo dicho y lo no dicho, esas emociones en los rostros de un elenco actoral que está a la altura de las circunstancias y esa bella estética de la nostalgia. En ella uno encuentra las marcas típicas de un cine de autor que arriesga al adentrarse en las profundidades del drama familiar. El cine de Dolan es un cine que se sufre y que conmueve porque nos conecta con lo más íntimo de nosotros, con esa cuna de lenguaje en la cual nos constituimos como sujetos. Y que otra cosa es la vida, sino esa aventura puntuada, cada vez, por las posibilidades, las dificultades y los atolladeros de esas sucesivas separaciones que realizamos cada vez; hasta que llegue la separación final, esa que es el fin del mundo.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

Notas:
* El rol de la madre es el deseo de la madre. Es absolutamente capital porque el deseo de la madre no es algo que uno pueda soportar así nomás, en definitiva, y que eso les sea indiferente: entraña siempre estragos. ¿No es cierto? Un gran cocodrilo en cuya boca ustedes están, es eso la madre, ¿no? No se sabe si de repente se le puede ocurrir cerrar el pico: eso es el deseo de la madre.”, Jacques Lacan, Seminario 17: “El reverso del psicoanálisis”.

Juste la fin du monde