Sostenerse en la diferencia. Juana a los 12 (2014), de Martin Shanly

Carla Leonardi 3 - Octubre - 2016 Textos

 

Voces en off diciendo: “Late, Nola” reiteradamente y que en la imagen quedarán en relación a dos niñas en el patio de un colegio y al paso de las figuritas. Una madre que tiene una entrevista con la directora que habla del bajo rendimiento de su hija Juana en Inglés y en Lengua y que le sugiere realizar estudios neurológicos y tests psicológicos con una psicopedagoga. La maestra que le dice a esa madre que está preocupada porque Juana está metida para adentro, como en su mundo, y no hace la tarea en clase y que quiere saber si algo está pasando en el hogar que la pueda estar afectando. Con este prólogo comienza “Juana a los 12” (2014), ópera prima del director argentino Martín Shanly que sitúa el espectador en el contexto de la historia que se va a narrar.
Algo ya llama la atención en este prólogo: el rostro desafectado de esa madre, que no impresiona angustiada, no reacciona ante lo que le dicen y que no puede decir palabra alguna respecto de su hija.
El título de la película sugiere varias cuestiones: por un lado pone a Juana como protagonista, a quien la cámara seguirá durante su vida escolar, y por otro lado sitúa una temporalidad, la pubertad, edad en que los cambios hormonales se comienzan a manifestar, fase de transición donde el cuerpo de la niñez, amordazado por las demandas educativas de control de los impulsos, devendrá en un cuerpo en el cual irrumpirá la sexualidad. Además en el nombre “Juana”, encuentro la resonancia con dos Juanas famosas de la historia. En primer lugar “Juana La Loca”, la primera mujer que heredó la Corona de Castilla, que desde joven se mostró indiferente a la religión católica, y que fue encerrada por su padre e hijo, alegando una supuesta enfermedad mental para apartarla del trono. Esa supuesta enfermedad mental era la manifestación de los celos hacia su esposo. Y también “Juana de Arco”, que se convirtió en una heroína militar convenciendo al Rey de Francia de que expulsara a los ingleses a partir de las voces que escuchaba que decía que encarnaban la voluntad de Dios. Fue acusada por sus captores ingleses de herejía y condenada a ser quemada en la hoguera. Dos posiciones muy singulares de lo femenino, que no se ordenan por la lógica normativizante del falocentrismo, y muestran la importancia del amor como condición de lo femenino.
A nuestra Juana (Rosario Shanly) se la verá sumida en su mundo, indiferente a las distintas propuestas escolares, y con un aire taciturno y solitario.
Uno de los pocos puntos de interés de Juana, será Luana (Camila Bontá); una compañera proveniente de Brasil, con la cual intentará trabar una amistad. Luana, al venir de Brasil, representa lo diferente, lo extranjero, lo Otro. Podría decirse Luana sería para Juana un punto de identificación porque ella también es diferente. Pero Juana revela poseer una inteligencia muy particular. Contra todo lo esperable, Juana no se acerca a Luana en tanto se identifique con ella como segregada por la diferencia sino por la rima de sus nombres, por la relación homofónica y musical que establece entre ellos. Juana muestra allí un singular sentido poético que sus maestros están muy lejos de poder captar. Por otra parte, Shanly trabaja muy bien la relación entre Juana y Luana, donde por la edad en que se juega, el sentimiento tierno de amistad se entremezcla con cierta carga libidinal que se hace más presente en la escena de la fiesta de disfraces, donde Juana vestida de vampiresa con sus colmillos halaga las lindas plumas del disfraz de Luana.
Pero Luana pronto trabará amistad con Teresa (Renata Toscano Bruzón), una chica más convencional y a la vez menos inquietante. Serán las ganas de Juana de acercarse a Luana, lo que determine su insistencia por lograr asistir a la fiesta de disfraces en la casa de Teresa, aunque en principio no se la haya invitado, y aunque logra asistir, no obtendrá la atención de la Luana.
Los celos de Juana irán despuntando y serán los que pongan a Juana en relación con la historia de “Juana La Loca”. Destronada y desplazada, sentirá que muere en esa traición. Esos celos arderán en Juana, cuando lea la carta de Teresa a Luana donde le declare su cariño y amistad para siempre. Y en un arranque de ira pasional, Juana romperá esa carta para que no llegue a su destinatoria, llegando a provocar el llanto desconsolado de la lánguida Teresa.


Juana es, para la institución educativa privada y bilingüe; una molestia, un agujero. Es una alumna que no entra en los cánones de su orden normativizador, que no aprende y que no se comporta de modo correcto. De algún modo ante Juana, la institución escolar se queda sin otra respuesta más que estigmatizarla considerándola una alumna con problemas, una enferma, sugiriendo estudios o tratamientos. Lejos está de pensar que quizás sus contenidos no resulten interesantes o que quizás fallen en sus abordajes pedagógicos para con una púber con una sensibilidad especial.
Patricia, la madre de Juana (María Passo), responde obediente y pasivamente a la orden de la autoridad escolar. La lleva a la psicopedagoga, a realizarle una resonancia y hasta un electroencefalograma. Por un lado se muestra como la “madre suficientemente buena” winicottiana, que se ocupa de su alimentación, de proveerle una escolaridad, de llevarla a los médicos, pero por el otro no vemos en ella ninguna manifestación de un signo de amor hacia su hija: no hay caricias, ni abrazos ni contención. Cuando Juana quiera contarle lo que le interesa, como invitar a Luana a su casa o cómo se siente enloquecer por pensamientos que la invaden, Patricia responderá enojándose porque la interrumpe al tratar de estornudar. Es una madre que parece una madre muerta en sus deseos de mujer y una madre que no puede escuchar a su hija, que no ha podido hacer un lugar para esa hija en su deseo.
El padre, Gustavo, no aparece en tanto presencia directa en la película, sino indirectamente a través de los dichos de la madre y de un sueño de Juana. En los dichos de la madre, el padre aparece denigrado En el pesadillesco sueño de Juana, aparecerá no como un padre que sostiene la ley amparándola del estrago materno, sino como un padre terrorífico, un padre que exhibe su falo, su goce (tiene en sus manos un objeto que parece ser una ametralladora o una cámara) y que la deja caer al vacío, esfumándose entre las olas del mar o en la insondable oscuridad de las fauces de la madre cocodrilo.
El “nadie”, esa frase interrumpida que Juana dirá ante la directora cuando se la interpele por su acto de romper la carta, en este contexto familiar se resignifica. La frase podría completarse con un “nadie me quiere”, que no se restringe solamente al ámbito escolar, sino que abarca a la familia de Juana. Es muy difícil sostenerse en el mundo cuando no se advino a él desde el lugar del deseo de los padres. Pero Juana felizmente tiene algunos recursos a partir de los cuales podría sostenerse. Para verlos, habría que correrse de leer lo diferente como patológico o como fuente de angustia. Además del tacto para con la rima poética que ya mencioné, vemos que en sus clases particulares Juana se interesa por un cuadro de la pintora mexicana Frida Kahlo. También es central el diálogo con la madre mientras pinte unos pájaros en un plato. Juana dirá que no le gustan porque son demasiado lindos y la madre le contestará que tienen que ser así porque así los copió. Aquí Juana muestra que puede alejarse de la copia perfecta y aventurarse a inventar nuevas imágenes que no necesariamente tengan correspondencia con la realidad. Si los agentes escolares pudieran detectar estas perlas que Juana esconde y darle un espacio para que puedan brillar, allí habría una chance para que lo diferente en Juana, en lugar de quedar pegado a la segregación pueda abrirse paso a la circulación social.
El tratamiento que Shanly hace de la travesía de Juana por distintos profesionales de la salud y específicamente en la escena del electroencefalograma, me recordó al personaje de Regan (Linda Blair) en “El exorcista” (William Friedkin, 1973). Si en “El exorcista”, la posesión de Regan por el demonio, puede considerarse un símbolo de la expresión de otro modo de goce que el fálico normativizante; aquí también bajo la expresión de la indiferencia, el mutismo y el extravío despunta ese Otro goce que se siente en el cuerpo y no puede traducirse en palabras, ligado a lo femenino. Es por ello que cuando se le pregunte a Juana porqué rompió la carta, ella responderá con el silencio de lo indecible.
Al hibridar el drama con la poética surrealista y el terror, el director Martín Shanly evita juzgar a su personaje, y caer en golpes bajos. Es un gran alivio que a lo largo de la película el director nos permita acompañar a Juana en su trayecto por los distintos efectores del sistema de salud, pero que nunca caiga en la patologización de sus sentimientos y conductas. Nunca como espectadores tendremos el diagnóstico de Juana, y precisamente porque eso es lo que menos importa. Lo que importa es contar la historia de Juana, ese personaje tan único y tan querible en medio de un entorno que la malentiende y le da la espalda.
En este sentido, el “Nadie” que responde Juana al “Que pasó?”, podría valer también como que no hay un sujeto allí que pueda responder por ese acto, o como “Soy Nadie”, como marca de la diferencia frente al “todos iguales”.
Cada vez que Juana se va al misterio de su mundo, encarna y sostiene lo diferente respecto de la uniformidad que pretende instalar la educación escolar, tanto a nivel de las propuestas pedagógicas que brinda, como a nivel de los uniformes que igualan. En última instancia Juana muestra la resistencia de lo singular del sujeto, frente a las propuestas globalizadoras del mercado que anulan las diferencias. Ojalá podamos encontrar más seguido personajes tan subversivos como Juana.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

Juana a los 12