Agobiante. Je ne suis pas un salaud (2015), de Emmanuel Finkiel

Santiago Fava 9 - Agosto - 2017 Textos - Foco: MARFICI 2017 - Festival Internacional de Cine Independiente de Mar del Plata.

 

Eddie no tiene una vida satisfactoria. Para nada. Está peleado con su mujer, con la que tiene un hijo pre adolescente, no tiene trabajo, tiene problemas con el alcohol, carácter inmaduro, y para colmo de males lo apuñalan en una pelea callejera. Siempre que se toca fondo se sale luego un poco a flote. La ex mujer, Karine, se apiada de él y se lo lleva a la casa. Vuelven a convivir, de a poco vuelven a acercarse. Karine le consigue trabajo en el mismo lugar donde ella trabaja. El pequeño hijo, que admira al papá, está contento. Paralelamente la policía investiga el ataque y busca al culpable. Todo esto ocurre en Francia, y no es un dato menor, porque subterráneamente actúa el racismo, por supuesto, como suele verse últimamente tanto dentro como fuera del cine, contra el musulmán. Pero si la película tiene un mérito grande es justamente no poner en primer plano esta situación. El racismo es subrepticio, está debajo de la historia de auto sabotaje de Eddie, y aparece empujado por las fuerzas de la ley. Es la policía la que de a poco lo lleva a Eddie a asegurar que fue un tal Ahmed el que lo apuñaló (le sugieren ese nombre), pero es Eddie en su testarudez y cobardía el que luego insistirá en acusarlo, claro que con ayuda de una persistente jueza. La película es inteligente en mostrar cómo el racismo viaja por túneles subterráneos, haciendo espejo a cómo se mueve en las sociedades. El conflicto es del personaje, y al personaje lo va modificando el medio y su inhabilidad para salir a flote, para tomar lo bueno y crecer. Eddie afecta a los demás. No sabemos de dónde sale el resentimiento que siente, que no va dirigido particularmente hacia Ahmed, porque en Eddie no vemos rasgos de racismo. Tampoco sabemos por qué su vida resulta ser como es, pero comprendemos en seguida que tiene sólo un camino por delante. Nos resta ver cómo lo recorre, y cuán bajo es capaz de llegar. El único soporte que tiene es el de su mujer. Hace un poco de ruido el papel de ella. La abnegada Karine (Melanie Thierry), que soporta maltratos, que evidentemente ya había soportado anteriormente, y hace lo posible por ayudar al maltrecho Eddie. Un personaje tan íntegro como unidimensional que resulta previsible. Karine es una de las favoritas del jefe, otra de las cosas que Eddie, celoso, no podrá superar.

La película es agobiante. Agobia la certeza de que a Eddie no le puede ir bien. Se siente inferior, quiere ser más, lo mata la rutina, su propia amargura, y, sospechamos, la idea de estar acusando a alguien inocente. Sabemos que si la cosa por momentos parece mejorar será para venirse de nuevo abajo. Eddie está preso de la puesta en escena, de los planos cerrados, con poca profundidad, de los marcos de puertas y ventanas. De su rostro que pocas veces expresará otra cosa que apatía o bronca contenida. No es un personaje agradable, pero en algún punto uno puede identificarse con esa lucha obligada de la existencia dentro de la sociedad piramidal, llena de necesidades innecesarias. Es interesante cómo se nos presenta un personaje sin un pasado que lo justifique. La película no intenta encontrar una respuesta a por qué Eddie es como es. Está en nosotros, en nuestra sensibilidad, poder entender qué siente y por qué actúa así. Gracias a la actuación de Nicolas Duvauchelle (Eddie) podemos quizás entenderlo un poco más. Los momentos más sobresalientes son esos en los que Eddie es forzado a exponerse. Hay una dureza de carácter que intenta sobreponerse a mostrarse indefenso. Esa dualidad logra que podamos empatizar con Eddie, que por otro lado mayormente resulta insoportable, siempre disconforme, hasta cuando la vida le sonríe un poco.

Santiago Fava

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Je ne suis pas un salaud