“Cáncer de mamá”. Je me tue à le dire (2016), de Xavier Seron

Rocio Molina Biasone 23 - Diciembre - 2016 Textos

 

Ma mère, ma mort, mammaire: con estas palabras abre la cuenta regresiva que divide por capítulos el primer largometraje de ficción de Xavier Seron. En esas palabras, en esa repetición de la letra “m” de “mamá”, cual balbuceo pueril, se condensa la esencia misma de este film. Una obra que habla precisamente de eso, de una madre, de las madres; de sus mamas, en cuanto carne o en cuanto símbolo; y de la muerte, ese evento inevitable para quien tuvo madre, así como para las mismas madres.
Michel abre su monólogo diciendo que lejos de agradecer a su madre por la vida, le reprocha haberle dado la muerte. Al hacerlo nacer, lo condenó a morir. Tal vez peor, lo condenó a verla morir a ella, su madre. ¿Y qué figura más simbólica, a estos fines, que aquella que sintetiza muerte y madre a la vez, el cáncer de mama?


La madre de Michel afirma con orgullo, en más de una ocasión, que ella lo amamantó por más tiempo del recomendado, pues no quería que le faltara absolutamente nada a su sistema inmunológico, no quería dejar a su hijo sin nutrientes. Es el arquetipo de madre soltera con un único hijo a quien le dio todo, física y emocionalmente. Y casi como consecuencia por este exceso de amor que salió de su pecho, su pecho mismo la traiciona, se le vuelve en contra, matándola por dar exceso de vida.
Si lo que se dijo hasta ahora sobre la película resuena a drama, tragedia, o llanto constante, es necesario aclarar que lo único en blanco y negro en esta película es su imagen. Seron decide contarlo con ironía, con sarcasmo, con risas antes que llantos. Por más que los personajes puedan representar arquetipos, o que el tema de una asfixiante relación madre-hijo sea universal y sus retratos infinitos, el director evita caer en una representación tradicional del complejo de Edipo. Se podría decir que Michel va más allá de Edipo, su relación con su madre deja de ser una de inconsciente deseo, para ser una evolución, una metamorfosis a través de la cual “hijo” deviene en “madre”, y la voluntad de estar con ella se convierte en la necesidad de ser ella.
Capítulo por capítulo, la figura de madre va escindiéndose de ese cuerpo de mujer anciana, va perdiendo cualquier significado carnal para convertirse en una función independiente de sexo, o de edad, sino más bien haciendo referencias a cualidades que tuvo esa madre soltera. Mientras la madre de Michel se vuelve más niña, más hija, más cuidada que cuidadora, él va absorbiendo las cualidades que ésta deja atrás en su camino a la muerte.
Como atravesando pasos para convertirse en mamá, Michel empieza a perder el tiempo propio: debe atender a las necesidades tanto médicas como emocionales de ella, y estar atento a cualquier llamado de improviso, a dejar trabajo, diversión, romance para ir a atender a su hija-madre. Luego viene la pérdida de sexualidad, pues convertirse en madre pareciera siempre estar acompañado de un alejamiento de ese cuerpo de la esfera sexual. Una madre es reducida al mantenimiento de su hijo o hija, su deseo o capacidad de ser deseada es aniquilada. Así pasa a morir la voraz atracción que la novia del protagonista tenía por él en un inicio.
Poco a poco, la metamorfosis pasa al cuerpo, al pecho hinchado de Michel. Cáncer, o feminidad, o feminidad cancerígena, que lo invade súbitamente y no para de crecer, haciéndolo temer por su muerte a la vez que por la de su madre. El pelo se le pierde y su conciencia no le deja pasar el haberse deshecho de los gatos de su madre, sus hermanos, por ser él mismo un minou (“gatito”) más. Michel se atemoriza por pensar que la evolución que su cuerpo hace es paralela a la de su madre, pero el resultado lo sorprende, nos sorprende a todos, pues su cuerpo no estaba imitando el cáncer de su madre, sino que estaba haciendo el proceso inverso: el pecho que la madre pierda pasa al hijo, así como su fuerza, su empatía, su cariño y su capacidad de nutrir.
Edipo es humillado, Michel lo trasciende. La muerte que lo amenazaba no era más que un destino que lo llamaba, pues no es casual que la presencia de crucifijos en cada pared, que del Hijo, terminemos en la Madre; y que ese cristiano sacrificio final no sea el de Michel sino el de ella, que todo lo dio a través de sus mamas, y que la figura que él deba encarnar es la que aún tiene vida para dar, la que no es más que vida, la de una Madonna XY, cuyo elixir se pone a disposición de una nueva vida.

Rocio Molina Biasone

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Je me tue à le dire