La Destrucción del hombre. Jagten (2012), de Thomas Vinterberg

Francisco Caparros 7 - Enero - 2016 Textos

 

Si rompemos una hoja de papel en pedazos es imposible que vuelva a su estado original. Tampoco si tomáramos la misma hoja y la arrugáramos podríamos hacer que sea la misma de antes. A veces nuestras acciones no solo tienen consecuencias sino que generan marcas imposibles de borrar. Como tampoco importa si solo son rumores o historias que no se pueden comprobar, la reputación de un hombre puede ser destrozada con esa misma facilidad.

El director danés Thomas Vinterberg plantea ese interrogante en “La Caza” (Jagten) mostrándonos lo fácil que es arruinar a un hombre con una pequeña e inocente mentira. La historia comienza con Lucas (Mads Mikkelsen), un hombre cualquiera al que las cosas no le están saliendo bien. Su mujer lo dejo hace tiempo. Nunca se ponen de acuerdo  y discuten porque él le pide más tiempo con un hijo del que se siente cada vez más lejano. Se ha quedado sin trabajo en su escuela secundaria y termina colaborando en un jardín de infantes, no se queja pero no lo disfruta. Pese a todo tiene amigos y es un vecino más en el pequeño pueblo donde vive.

Todo es demasiado normal hasta que Klara, la hija de cinco años de su amigo, dice una mentira. Enojada porque Lucas no acepta un regalo suyo da a entender que el intento abusar de ella. De ahí en más comienza a generarse la histeria comunal. Lo aberrante del hecho es inimaginable en alguien como Lucas: el vecino perfecto, el maestro atento, el padre de familia. El horror de que aquel a quien confiamos nuestros hijos y además compartimos nuestras vidas es capaz de semejantes actos impacta a la pequeña comunidad. Vinterberg elije, quizás de manera intencionada, situar la historia en un pueblo en donde todos se conocen. No es una gran ciudad en donde el peligro está latente y estamos acostumbrados de desconfiar hasta de nuestra propia sombra.

Vinterberg nos muestra constantemente la naturaleza que rodea a los personajes. Los lagos, bosques y arroyos nos dan la sensación de un pequeño paraíso, donde la vida transcurre con relativa calma pero que como todo pago chico se puede convertir en un infierno grande. Cuando la acusación se difunde como un virus imparable para Lucas desaparece la amabilidad de sus vecinos y se convierte rápidamente en el blanco de todos los golpes.

“Los chicos no mienten y menos con eso” sentencia un personaje. No nos puede entrar en la cabeza que un ser tan puro pueda imaginar eso. No importa la cantidad de veces que Klara lo niegue y que la evidencia no respalde a la acusación: para el pueblo Lucas es culpable. La histeria popular se ha desatado y no es necesario ni juicios ni investigaciones. La presunción de inocencia no nos importa. Él es culpable y como tal podemos golpearlo, atacarlo, abandonarlo, marginarlo. Pero no nos alcanza con eso y también deben caer su familia y su círculo íntimo. La perversión y el asco que nos genera el abuso nos provoca una necesidad de revancha inmediata. Los personajes no esperan una sentencia porque Lucas debe sufrir en vida el daño que provoco.

Para eso Vinterberg construye un pequeño Vía Crucis en donde el protagonista soporta estoicamente la rabia popular. Lo más normal sería rebelarnos, gritar nuestra inocencia, atacar o defenderse. ¿Serviría de algo? Lucas entiende que todas sus acciones serán mal interpretadas y que lo único que le queda es esperar y en su cara se ve la resignación de su mala fortuna. Si un culpable hubiera escapado o se hubiera escondido Lucas camina con la frente en alta y la mirada limpia con la confianza de quien se cree inocente. Esto desconcierta aún más en el pueblo y genera más violencia y odio entre sus antiguos amigos.

Pero al final de cuentas lo más preocupante que La Caza plantea es: ¿Nos importa saber la verdad? Si Lucas es inocente o culpable nunca va a ser claro ni tampoco decisivo para sus vecinos. Lo que muestra “La Caza” es cómo podemos destruir de un zarpazo todos los conceptos de justicia y libertad que nos costo siglos construir como sociedad. Nos volvemos animales con sed de justicia, una justicia que no tiene fin, que siempre nos resultara poca. Lucas ya no volverá a ser el mismo y su imagen siempre va a estar manchada y ligada a la perversión. Aunque lo saluden y actúen de manera normal siempre va a existir en el fondo la duda. Nunca lo volverán a ver de la misma forma. Su suerte está echada y siempre va a ser la víctima de una cacería que nunca termina.  Lucas solo le queda resignarse y resistir.

Francisco Caparros

francaparros@caligari.com.ar

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