Confesiones de una primera dama. Jackie (2017), de Pablo Larraín

Carla Leonardi 9 - Marzo - 2017 Textos

 


Desde la reconocida “No” (2012) donde mostraba la campaña publicitaria del No en el plebiscito que tuvo lugar en Chile en 1988 que llevaría a la apertura a elecciones democráticas, pasando por su más reciente “Neruda” (2016) que hacía del exilio político del senador comunista y poeta chileno Pablo Neruda el pie a partir del cual crear un entramado de ficción lírica desde la perspectiva del policía perseguidor; las cuestiones políticas siempre han estado presentes en la filmografía del director chileno Pablo Larraín. Y “Jackie” (2016), su primera película de habla inglesa con actores consagrados de Hollywood , como su título lo indica, no es la excepción. Aquí el director chileno, apoyado en la co-producción con el director estadounidense Darren Arofnovsky, hibridando el biopic con el melodrama, recrea los días posteriores al asesinato del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy ocurrido en el año 1963, desde la perspectiva de quien era en ese entonces su joven primera dama, Jacqueline Kennedy.
La acción tiene lugar una semana después del asesinato de su esposo, cuando Jackie (Natalie Portman), instalada en su residencia en Massachusets, concede una entrevista a un periodista de la revista Life, interpretado por Billy Crudup. La estructura narrativa está organizada por fragmentos de la entrevista periodística que marcan el presente de la diégesis, a partir de los cuales se realizarán los flashbacks de aquellos recuerdos que surjan a partir del relato de Jackie. La película se transforma así en una suerte de detrás de escena de los días posteriores al asesinato de quien es recordado por el pueblo americano como uno de sus más queridos presidentes, narrado desde la perspectiva de Jackie. El contexto político de esos días como ser la detención del presunto asesino Lee Oswald, su posterior asesinato por Jack Ruby así como las teorías de un complot político en torno al asesinato del Presidente Kennedy (que ya explorara el director Oliver Stone en “JFK” - 1991), estará explicitado mediante la inserción de documentos televisivos de la época que el entorno cercano a Jackie seguirá atentamente desde el aparato de tv, pero no será ese el eje de la película, sino las vivencias intimas de Jackie. De ahí que ya desde el comienzo en su deambular por el parque de su residencia con la mirada cargada de congoja, la cámara vaya siguiendo sus días de luto tomándola mayormente en primeros planos o realizando zooms in desde el plano general hasta encuadrarla en primeros planos. La música de tono lúgubre que acompañará a Jackie la mayor parte del tiempo, acentuará el aire funesto y melodramático del momento.
En lo que atañe a la entrevista periodística, narrada con un montaje clásico de primeros planos y contra-planos, el contexto en que Jackie la concede es el maltrato que la figura de su esposo sufría por parte de la prensa. Se mostrará a Jackie como alguien segura y calculadora, manteniendo el control de la edición de esa entrevista, para transmitir cómo quiere que su esposo sea recordado. De allí que en esa famosa entrevista se refiera a los años que compartió junto a Kennedy en la Casa Blanca como “los años de Camelot”. Brinda así al público una imagen legendaria y majestuosa de la presidencia de Kennedy, sostenida por nobles ideales de transformación, una suerte de cuento de hadas que permita hacer más soportable la cruda realidad del juego político y los tumultuosos conflictos que tuvieron que transitar en aquellos dos años de presidencia.
La película apuntará a mostrar a Jackie como una persona diferente de la percepción que por entonces tenía el público en general y hasta su esposo, en tanto mujer vanidosa, preocupada por sus trajes franceses que impuso como moda y ocupada en gastar altas sumas de dinero público en la decoración de la Casa Blanca.
La entrevista nos llevará primeramente a aquel programa especial de televisión que grabó Jackie para el público estadounidense, donde le permitía ingresar con su recorrida a los distintos salones de la Casa Blanca. Aquí Larraín filma en blanco y negro y con una lente con granulado especial para darnos la sensación de estar viendo fragmentos de dicho programa televisivo, en tanto documento histórico. También Jackie recordará los eventos artísticos que se llevaban a cabo en la Casa Blanca, y que fueron un sello que caracterizó a las galas de Estado de esta pareja presidencial.
Y por supuesto hará un recuento momento a momento de los sucesos siguientes al momento que se escuchó la bala que asesinó a su esposo en su visita a la ciudad de Dallas. El primerísimo primer plano de las lágrimas de Jackie en al avión de regreso en el baño del avión presidencial, mientras trata de quitarse las manchas de sangre del rostro, y la rápida jura presidencial de Lyndon Johnson, ante su mirada atónita y su aturdimiento, vistiendo aún su inocente traje rosado manchado de rojo sangre, son uno de los momentos destacables de la película por su fuerza simbólica.
En los momentos siguientes, vinculados a la autopsia y los preparativos del funeral, Jackie estará acompañada y será contenida por su cuñado Robert Kennedy (Peter Sarsgaard). Robert mediará entre las demandas de Jackie y los intereses del presidente Johnson, y se lamentará de que los Kennedy sean recordados como “los lindos”, que no pudieron hacer demasiado.
Es de público conocimiento que Jackie organizó el funeral de su esposo, bajo el modelo del de Abraham Lincoln, donde el cortejo fúnebre se dirigió con carruajes desde la Casa Blanca hasta el Capitolio para luego realizar una procesión a pie hasta la Iglesia de San Matthews. El ex presidente Abraham Lincoln era recordado por el pueblo estadounidense por haber puesto fin a la Guerra civil y abolir la esclavitud. El ex presidente Kennedy debió afrontar la crisis de los misiles de Cuba y apoyó el Movimiento por los derechos civiles. Habiendo sido asesinados no solo públicamente su esposo, sino también aquel a quien se acusara de su homicidio (Lee Oswald), en ese momento marchar por las calles suponía un riesgo real. Contra todas las advertencias de que desistiera de organizar ese cortejo, Jackie se opuso a la presión política y lo hizo a su manera porque quería que Kennedy fuera recordado como un gran presidente y un gran hombre. En el cortejo fúnebre desde la Casa Blanca hasta el Capitolio, se destaca la escena donde el director encuadra a Jackie en primer plano desde la ventana del auto sobreimprimiendo a ella el reflejo de la multitud en las calles. Incluso Jackie se acercará a la ventana en un doble movimiento de exhibición de sí misma y de su dolor ante la mirada y a la vez de hurgar con su mirada en los ojos de la multitud y saberse mirada y admirada por ella. Esta escena señala la lógica del espectáculo y de la vanidad.
Jackie será cuestionada fuertemente por la prensa por este pomposo cortejo fúnebre y por la opinión pública por exponer a sus pequeños hijos en el desfile, en lugar de proteger su intimidad en un momento tan sensible. En este punto, el director apuntará a mostrarnos otra cara del asunto, a partir de las confesiones de Jackie con el sacerdote (John Hurt), que se irán intercalando a las escenas del cortejo fúnebre. Son estas conversaciones, las que nos revelarán a la verdadera Jackie; no la entrevista con el periodista, donde ella mide los que dice y edita lo que es pasible de ser o no publicado. Aquí Larraín no recurre al plano/contraplano como en la entrevista periodística, sino que une a los dos personajes en un mismo plano dando cuenta de esa sincera intimidad.
Jackie se nos revelará entonces como una mujer que fue infeliz en su matrimonio con John Kennedy, que no se sentía deseada por él y que teme no volver a ser mirada desde el deseo por los hombres. Jackie en tanto “Primera Dama” es un lugar simbólico que hace pareja con el lugar simbólico “Presidente” en lo que hace a la vida pública, a acompañarlo en su rol político y en tanto madre de sus hijos; pero puertas adentro las infidelidades y ocupaciones de mandatario de él, creaban una distancia por la cual no había lazo de amor que le permitiera a Jackie quedar ubicada como una mujer singular para él y tener relación con lo vivificante del goce femenino. En lugar de eso, queda tomada por el sufrimiento por el amor que no tiene y por la pérdida de sus dos hijos (Arabella durante el embarazo y Patrick a las 36 horas de nacido). Jackie confiesa su impotencia por no haber podido encarnar el lugar de causa de deseo para ese hombre, que sí era causa de deseo para ella. Y admitirá que toda la caminata a pie en medio de esa pompa fúnebre, no fue por cuidar del legado de Kennedy sino porque ella quería morir y esperaba que alguien lo hiciera por ella. De hecho esta procesión a pie evoca directamente a la pasión de los mártires, esa pasión en tanto amor por “Jack”, como en tanto “pathos”, es decir en tanto sufrimiento, que tan bien refleja el afiche de la película que la viste de rojo sobre un fondo rojo.
En este punto, bien sea por el legado de Jack o bien por buscar ponerle fin a su sufrimiento buscando una muerte espectacular y famosa, como lo fue la de su esposo; Jackie admite que todo no fue más que una mostración, un espectáculo de su profundo dolor. Y será esta fijación al lugar de la mujer sufriente, insuficiente e incompleta, lo que luego sintiéndose desvalida la llevará a buscar la protección del magnate griego Aristóteles Onassis, con quien llevará un matrimonio por conveniencia destinado al fracaso.
“Jackie” marca una nueva etapa en la filmografía de Larraín, no sólo porque es su primera película donde abandona el localismo chileno, sino porque es la primera película en la que toma a un personaje femenino como protagonista. Qué sentía Jackie exactamente en aquellos días no lo sabremos, pero si seguimos la representación que se hace de ella en la película, es una representación de la mujer en tanto sufriente y ésta es una representación de lo femenino desde una mirada masculina.
“Jackie” es una buena película en lo que hace a la producción, al guión y a los elementos formales con que es trabajada. La actuación de Portman es su punto más flojo. Es cierto que siempre resulta complejo componer a un personaje histórico porque es fácil que al emular al original se caiga en actuaciones forzadas, y esto es lo que sucede en este caso. A Portman en su rol de Jackie en pocas ocasiones se la ve natural y convincente. Es cierto que la mayor parte del tiempo la vida pública de Jackie es un fingimiento; pero ese fingimiento, por momentos, roza aquí la sobreactuación. También resulta difícil empatizar con la película y con el personaje, porque quedan muy pegados a la idiosincrasia y a la historia estadounidense. Con todo, es un buen comienzo para Larraín en las grandes ligas de Hollywood.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

JACKIE