“El amor anti-equilátero”. Isósceles (2017) de Matías Marmorato

Rocio Molina Biasone 5 -Noviembre - 2017 Textos - Foco: 4to Asterisco Festival Internacional de Cine LGBTIQ.

 

Por lo general, cuando pensamos en una trama sobre un triángulo amoroso, pensamos en una comedia de enredos. Este tipo de enredos amorosos en las historias no son cosa modern, Shakespeare mismo basó varias de sus comedias en esta propuesta: un protagonista que debe tomar la decisión entre dos personas, éstas no enteradas, y donde cada quien tiene su propia porción de conocimiento, hecho que llevará a una catástrofe cuando finalmente todo se revele. Pero, tratándose de comedias, el final será feliz.


La nueva película de Matías Marmorato toma el triángulo amoroso y le da la dosis de realismo y actualidad a un conflicto que raramente pueda tener un final definido, o feliz. Las relaciones que plantea esta historia son, paradójicamente, tan ligeras como enredadas, y si esos encuentros entre amantes, entre amigos y entre familia logran brillar, es gracias a la manera en que el film propone una dinámica y estructura amorfa en varios elementos, lo amorfo como lo que caracteriza nuestra actualidad de millennials, hipsters y afectos fluidos.
Respecto a los vínculos sexo-afectivos, Isósceles le escapa por completo a las formas tradicionales de “chico conoce chica”, no solo por la sexualidad fluida del protagonista, sino porque esos primeros encuentros no están regidos por la lógica que estamos acostumbrados a pensar que se da o debe darse para conocer a alguien. El encuentro puede ser una mera atracción de dos extraños dando vueltas por el barrio chino, o comprando discos. El encuentro y el vínculo que se forma luego no siguen una estructura de paso a paso, ni van escalando en intensidad: se desarrollan de forma errática, los besos antes de conocerse, el sexo sin que hayamos escuchado un solo intercambio de palabras por parte de los personajes. Y sin embargo eso no implica frialdad. Hay una calidez en la dirección de Marmorato — el foco puesto en los actores, sus expresiones antes que sus palabras, la fragmentación de sus actos — que rodea a los personajes y transmite mucho amor, amor como energía, entre desconocidos.
La película también implica un corte tajante con el imaginario de lo argentino, con qué es Buenos Aires, y qué hace la gente que la habita. Personajes que no pertenecen a una nacionalidad porque, como la película misma, son amorfos, gente que pertenece a la globalización y al borroneo de la identidad. ¿Qué hace el joven adulto argentino de clase media, de círculos burgueses, hoy? La escena de la feria americana es de un absurdo bellísimo y hasta shakespeariano, porque no son absurdos los intercambios mas sí la forma en que se alternan unos con otros: caprichos y berrinches, conflictos de pareja y de amigos, enojos que al espectador le parecen incómodos y superficiales, pero que nadie que pertenezca a la generación y al tipo de círculo social de esos personajes podría decir que desconoce. La identidad interrumpida y fragmentada, las conversaciones largas que dicen poco, son rasgos y síntomas de una cierta enfermedad que nos ataca, que nos divierte, pero que al final, tal vez nos deje algo ‘isoscelados’.
No es una comedia de enredos. El momento de la revelación será devastador y dramático, así como tremendamente amorfo e impredecible, emociones humanas que descarrilan en una explosión de lo no dicho. El título del film nos propone pensar que nunca puede haber un triángulo equilátero, que lo equilátero y lo humano no pueden coexistir, y lo único que nos queda es aceptar ese estado desigual y desproporcionado en lo afectivo, dejar de intentar explicarlo y esforzarnos para lograr armonías temporarias y cambiantes.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Isósceles