Memorias de la fragilidad. Il Solengo (2015), de Alessio Rigo de Righi y Matteo Zoppis

Valentino Cappelloni 20 - Diciembre - 2016 - Foco: VI festival online Márgenes

 

Il Solengo es un documental ítalo-argentino, en realidad más ítalo que argentino, donde una cámara respetuosa elabora un personaje. “Il Solengo” significa “El Solo”. Il Solengo es Mario da Marcella, según nos enteramos, una especie de ermitaño que vivió en una cueva sobre un pueblito campestre. Un loco. Un trastornado. Un abandonado que abandona.
Zoppis y de Righi construyen la figura de Mario a través de los testimonios de algunos hombres del pueblo. Hombres viejos que vivieron con Mario, que lo vieron cuasi integrado a la sociedad precaria del pasado y cada vez más alejado. Así nos enteramos de que su madre asesinó al padre, que después fue a la cárcel embarazada o con el pequeño Mario de meses, que la madre ya estaba un poco pirada, que le inculcó miedo y fervor religioso pero disperso, que Mario caminaba por la montaña, que cavó con sus manos su propia cueva bajo un peñasco, que apenas saludaba, que era violento o amable, que casi asesina a un hombre.


¿Cómo se relata la vida de una persona? ¿Qué palabras alcanzan? ¿Alcanzan? Escribe Julian Barnes en El sentido de un final: “La historia es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación”. La tensión constante entre hechos e interpretaciones, donde los primeros suelen ser injustos y las segundas, imprecisas, y un punto en algún lugar del medio donde se cristaliza una verdad siempre relativa.
Il Solengo reclama la pregunta acerca de la posibilidad de que un sujeto pueda ser construido a través de subjetivaciones: ¿qué huellas dejó en las vidas de otros? Así resuelve la tensión decantándose por la segunda vertiente. No hay documentos. No vemos partidas de nacimiento, ni fotos, ni informes de jueces de instrucción, ni registros de ningún tipo. Hay palabras que se dicen y se desdicen, contradicciones, desacuerdos. Los relatos son también testimonios de una memoria siempre frágil, el vidrio esmerilado de Saer que empaña todo y filtra la luz apenas sobre aquello que quién sabe por qué permaneció en un gabinete mental. En esta trampa la cámara y su distancia adecuada componen una especie de honestidad: ya que es imposible constituir la vida de un hombre, entonces ofrecer indicios que expliciten su volatilidad. Es también la razón por la cual la cámara remite a un anclaje geográfico constante: el peñasco donde vivía Mario permite el desplazamiento hacia las otras zonas, los otros personajes que tratan de explicarlo, dar una idea, entenderlo, aunque esto sea un ejercicio condenado al fracaso ya que no hay explicaciones posibles. En un momento un entrevistado dirá “Era la vida que le daba paz”. Y esta podría ser una justificación para cualquier elección de vida, pero eso también nos deja un sabor incompleto.
La última secuencia es la irrupción de una voz en off. Una voz torturada y sencilla que obliga la incorporación de subtítulos en el mismo idioma en que habla para poder ser inteligible. Intuimos que es la voz de Mario, que no está muerto a pesar de que siempre se hablara de él en pasado. Nos habla de los animales, de que tuvo una novia que se murió porque la picó una víbora. Mientras, la cámara se va acercando, muy lentamente y en fuera de foco, a la entrada de la cueva. Después el plano final nos muestra a otro hombre viejo, en lo que parece ser la cama de una residencia, de espaldas, e intuimos que ese es Mario, el oculto. Las últimas palabras son:

¿Por qué nunca vemos el interior de la cueva, el lugar donde realmente vivía Mario? Si Mario (o cualquier desclasado) encarna un punto traumático de nuestra sociedad, donde todo el horror de lo reprimido se expone a cielo abierto, es consecuente que la cueva permanezca como un lugar velado: verla, ver sus condiciones materiales de existencia, nos permitiría compadecernos y decir “qué terrible” y seguir adelante creyendo que comprendimos algo. Una especie de expiación. Por este motivo la cueva debe permanecer oculta, a pesar de que algunos personajes entren. Porque entendemos lo mismo o menos que los viejos que conocieron a Mario y todavía lo ven como un acertijo.
Solamente podríamos aproximarnos a una comprensión cavando la cueva con las manos, metiéndonos adentro, pasando la noche y el frío ahí.

Valentino Cappelloni

valentinocapelloni@caligari.com.ar

 

Il Solengo