Ensayo sobre la ceguera. Ich und Kaminski (2015), de Wolfgang Becker 

Carla Leonardi 18 - Septiembre - 2016 Textos

 

Pasaron doce años de la recordada “Goodbye, Lenin!” (2003). El nuevo largometraje del director alemán Wolfang Becker “Yo y Kaminski” (“Ich und Kaminski”, 2015) se proyecta en el marco del 16° Festival de Cine Alemán en Buenos Aires, volviendo a contar como protagonista con el actor Daniel Brühl.
En esos doce años que mediaron entre ambas películas, Daniel pasó de ser una revelación actoral a convertirse en un actor consolidado, a quien quizás recuerden por su papel de Fredrick Zoller, el asistente del ministro de propaganda alemán que intenta conquistar a la heroína Shoshanna devenida en dueña de un cine en “Bastardos sin gloria” (“Inglorius bastards”, 2009) del director estadounidense Quentin Tarantino. En lo que hace al director, de una película a otra, se nota la incorporación de recursos técnicos y formales más modernos, y también que mantiene un interés constante por el tema de la construcción de una ficción, en el primer caso para sostener a una madre gravemente enferma, y en que nos ocupa para convertir a un artista en famoso.
“Yo y Kaminski” es una película compleja por la cantidad de temáticas que aborda y también por las dificultades y el enorme trabajo que ha significado la adaptación de la nouvelle homónima del escritor Daniel Kehlmann. La consta de dos partes y tiene como uno de sus protagonistas a un pintor de ficción, llamado Manuel Kaminski, que no por nada hace rima con Kandinski. En lo que hace a la estructura, el director optó realizar un prólogo y ocho capítulos. Por otra parte, al tratarse de un pintor de ficción, en la novela uno puede imaginarse las obras del mismo, pero para el director era necesario que en la película se vieran los cuadros. Para ello luego de varios intentos fallidos, encontró a un artista plástico que podía dibujar en diferentes estilos y que pudo con el desafío de inventar la obra de Kaminski porque tenía experiencia como escenógrafo de ópera.
En “Yo y Kamisnki”, el director hibrida distintos géneros como el documental, el suspenso de corte detectivesco, la road-movie, el melodrama y la comedia.
La película comienza con un prólogo donde medios de distintas partes del mundo dan la noticia del fallecimiento del pintor Manuel Kaminski y mediante el uso del blanco y negro se recrea una biografía del pintor al estilo documental. Manuel Kaminski era un pintor moderno, que renovó la pintura del siglo XX, que fue alumno de Matisse y admirado por Picasso, que se hizo famoso por jugar con la incertidumbre respecto de su ceguera y que se codeó con artistas de la talla de Andy Warhol o Los Beatles, por mencionar a algunos.
Tras este prólogo arranca la estructura narrativa dividida en ocho capítulos, cada uno precedido por una obra de Kaminski, digitalizada y animada. El punto de vista que toma la narración es el del otro protagonista de la historia, el joven periodista y crítico de arte Sebastian Zollner (Daniel Brühl). Sebastian tiene la ambición de escribir la biografía del olvidado gran artista Manuel Kaminski y develar la incógnita de si acaso era realmente ciego. Está convencido de que ese descubrimiento hará de su biografía una obra maestra y desea que el artista muera pronto, para que su libro se convierta en un éxito de ventas que lo consagre a la fama. Con esta misión, Sebastian viaja a un pequeño y aislado pueblo de Suiza donde se encuentra recluido un Kaminski ya anciano (Jesper Christensen), que como muerto en vida, se encuentra al cuidado de su hija Miriam. Miriam (Amira Casar) es una mujer excéntrica y misteriosa que luce al estilo Morticia de “Los Locos Adams” y maneja el legado y el contacto de su padre con la prensa y el exterior. Miriam, como albacea de Kaminski, determinará qué de su padre se hará público y a quien se le dé información. Es un personaje que me recuerda a María Kodama respecto de Borges o a la Juliana Bordereau del escritor de ficción Jeffrey Aspern en “Los papeles de Aspern” de Henry Miller.
Sebastian es un joven egocéntrico, engreído y de modales burdos. Está lleno de resentimiento y envidia contra su rival, Golo Moser, un famoso escritor de una biografía de Egon Schiele. También está cargado de agresividad contenida, la cual es explotada por el director de modo cómico filmando los pensamientos de muerte que tenga respecto de ciertos personajes que se entrometan en su camino creándole problemas. Se trata, en suma, de un personaje con el que es difícil empatizar. En esta línea, el título de la película, que respeta el de la novela, está bien logrado, señalando la posición de ambos protagonistas desde la perspectiva de Sebastian. Lo que le importa a Sebastian es labrarse su fama, a cualquier precio, incluso sobornando a la servidumbre para inmiscuirse en la casa y robando obras inéditas del pintor. Kaminski para él es secundario, es un medio, más que un fin en su mismo.
La película seguirá el camino de la investigación entre periodística y detectivesca de Sebastian entrevistando a varias personas allegadas, ya ancianas, que conocieron a Kaminski antes y durante su periodo de fama. En este capítulo, el director apela al recurso por el cual Sebastian adelanta la cinta del casette en el grabador y el montaje acelera la secuencia donde se muestra la entrevista con el personaje en cuestión, hasta encontrar la parte de la entrevista que resulta material interesante, y hasta se anima a filmar el desnudo frontal de una mujer anciana, algo que es poco frecuente de ver, cuando ésta haga la pose de cómo la había pintado Kaminski en su juventud.
En el curso de estas entrevistas descubrirá de boca de Dominik Silva que Manuel Kaminski tuvo un amor de juventud con una mujer llamada Therese que lo abandonó, dejándolo sumido en una catástrofe emocional. Pero por otra de las entrevistadas nos enteramos que para que pudiera dejar de buscar a su amada y salir de la depresión, Dominik le había dicho la mentira de que Therese había muerto. Therese sigue viva y Sebastian obtiene su dirección.
El Kaminski anciano tampoco resulta de entrada un personaje simpático para el espectador. Por años ha manipulado a todos con la cuestión de su ceguera al servicio de su fama. Y hoy, es un anciano pesado con sus mañas que la juega de estar medio ido y sigue manejando con la cuestión de su ceguera.
La cuestión de plantear como personaje a un pintor ciego resulta interesante, pues despeja el campo de la visión y permite el pasaje a una pintura que ya no se preocupe por representar las cosas tal como se ven, y que queda más libre para inventar, para pintar lo que se experimenta, o se imagina, sin necesidad de una correspondencia con la realidad. Los ciegos están privados de la visión, pero no así de la mirada. Han sido mirados por el deseo de quien les dio vida, y tienen capacidad de imaginar, de recordar imágenes o incluso ver imágenes difusas; según la clase de ceguera de que se trate. Y esos cuadros que vemos de la llamada “Serie de la ceguera”, esclarecen que lo que cuenta no es lo que se ve, sino el punto de vista desde el cual se pinta, develando en primer plano en esos ojos vacíos, esa pura mirada excluida que es la que organiza aquello que vemos.
Al tomar como protagonistas a un artista y a su biógrafo, queda claro que uno de los temas que le interesa explorar a Becker es qué significa ser un gran artista y también qué significa una biografía. Hay también una pregunta por qué es una obra de arte y una crítica al mundo del arte, a su esnobismo, que se hace explícita en la escena en la cual concurren a la inauguración de una muestra, donde se ve que las personas se concentran en el centro del lugar para brindar y conversar y le dan la espalda al arte. Con la figura de este artista que juega con su condición de ceguera para hacerse famoso, Becker cuestiona al mundo del arte cada vez más centrado en las excentricidades del artista y en la obra como objeto de consumo que en el arte en sí.
Pensando en escribir “la gran biografía” de Kamiski, Sebastian secuestra al anciano con intención de reencontrarlo con su viejo amor de juventud. Aquí se abrirá la parte de la película de género road movie, que marcará un cambio en los protagonistas. Entre ellos surgirá una amistad. Es que en rigor, el viejo Kamiski es un espejo del futuro para Sebastian. Sebastian es joven, sólo anhela la fama y su pareja Elbe lo ha abandonado por otro hombre. Manuel Kaminski ya ha pasado por todo eso en su juventud. El que está ciego en realidad es Sebastian y será Kaminski quién le abra los ojos. El viaje significará para Kaminski la oportunidad de volver a conectarse con algo de lo vivo y para Sebastian será una instancia de aprendizaje.
En el trayecto de este viaje, tendrá importancia un tercer pasajero: Karl-Ludwig (Denis Lavant), que los acompañará un tramo. Se trata de un hombre con aspecto de indigente, que toca el violín y tiene un aire misterioso. Lanzará una frase enigmática: “Nunca reconocemos al mal directamente.” El autor de la novela en que se basa la película toma a este tercer pasajero a partir del personaje del Gondolero, de “La muerte en Venecia” de Thomas Mann. En esta novela, el gondolero que transporta al anciano escritor Gustav Aschenbach por los canales de Venecia es una representación de Caronte, que en la mitología clásica griega es el que transporta las almas de los muertos. El tercer pasajero, entonces, es un personaje que representa a la muerte, ya que en rigor la historia transcurre en los días previos a la muerte de Kaminski.
Nuestro anciano Manuel Kaminski, logrará encontrarse con Therese (Geraldine Chaplin). Le declarará su amor intacto y buscará una explicación de su abandono. Pero Therese es también una anciana como él, le recuerda vagamente. Ella vive en su mundo. Sólo repite que a pocas cuadras de su casa vive una de sus hijas y su único interés es mirar en la tv “El juego de los millones”. Nuevamente un desencuentro. El detalle de la imagen de Therese deformada al estilo de una anamorfosis en la pantalla del televisor antes de encenderlo, destaca lo siniestro de la vejez, otro de los temas de la película, cuando no podemos reconocer nuestra propia imagen ni la de nuestros seres queridos.
“Yo y Kaminski” es una bella película, en la que se destacan el reparto actoral y el aspecto visual. La fotografía y los artificios técnicos y de montaje, logran mantener el ritmo y el interés del espectador frente a la gran cantidad de temáticas y episodios que se despliegan. Lo que no juega a su favor es el subrayado del mensaje aleccionador recurriendo a una fábula hindú, cuando perfectamente podría haberse marcado el cambio del personaje de Sebastian mediante elementos de valor simbólico en la puesta en escena.

 

Carla Leonardi

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Ich und Kaminski