“Carnero de Dios”. Hrútar (2015), de Grímur Hákonarson

Rocio Molina Biasone 15 - Marzo - 2015 Textos

 

No es la primera vez que me sucede de ver una película de una de esas naciones nórdicas, con esos paisajes invadidos de gris y blanco, y luego de terminarla pensar, de forma un poco inocente tal vez, “Qué curioso, que de lugares inimaginablemente fríos y áridos como éstos, salgan las historias más cálidas”.


Rams no cuenta más que con unos pocos agentes para su historia: dos hermanos y su eterna riña, el despiadado clima en esa zona islandesa, y, por supuesto, carneros. En entrevistas, Hákonarson reconoce su interés por aquellas sociedades rurales que se encuentran en su país, aún hoy. Claro que sabemos que la agricultura y la ganadería no han muerto, pero lo que hace que estos dos hermanos no parezcan hombres del siglo XXI, es su vida de ermitaños, solos en sus granjas, casi incomunicados, y dedicados día a día a la crianza de sus preciados carneros.
Es una vida que cualquier metropolitano vería como “simple”. Esta historia misma nos puede parecer simple, y tal vez sí lo sea si en lo que pensamos es en cantidad de componentes, pero definitivamente no lo es en cuanto a su calidad y contenido.

La otra cara de tener una vida basada casi exclusivamente en un aspecto, en este caso los carneros, es que de perder esa simple y única cosa, se pierde todo. Llega una enfermedad, y todos los pobladores del área deben cuestionarse qué hacer, no sólo de forma inmediata, sino en plan de años. Muchos deben irse. Pero esta no es una posibilidad para Kiddi y Gummi. A estos dos hermanos, ya no les queda otra alternativa de vida: son viejos, y han criado carneros desde que nacieron y crecieron en esa misma granja en la que aún viven. No por nada esta película se titula “Carneros”. En esta historia, estos animales lo son todo. Para Kiddi y Gummi — quienes a pesar de vivir a unos cien metros el uno del otro, no se hablan hace cuarenta años — sus carneros son sus amigos, su tiempo, su orgullo, su vida entera.
Y no hay nada como la posibilidad de perderlo todo para ir a enfrentar aquello que se ha evitado hace décadas. Otro motivo aún para dejar de referirnos a un tal contexto y relato como “simple”, es que no hay nada de sencillo en un distanciamiento entre hermanos que se sostiene durante la mitad de sus vidas. Irremediablemente compleja debe ser la situación como para que ni una palabra sea intercambiada en presencia uno del otro. Los carneros se convierten en el sacrificio necesario para que finalmente se dé esa reunión tan postergada.

En cuanto a ese lugar, esa zona y paisaje, que tan imponente, bello y aplastante se exhibe en las imágenes, y su letal clima, podemos incluso contarlo como un agente más. Un personaje, o aún más, un antagonista. Los planos generales que tan seguido lo muestran, no ignoran el determinismo que representa para la historia, es el villano que los llevará hasta un final cuya calidez eriza la piel.

Una narración así se articula de maravilla gracias a la ambigüedad de tono que Hákonarson logra tanto con las acciones como con los encuadres. El punto de vista inicial es claramente el de una persona ajena a ese mundo. La película está de principio a fin coqueteando con lo cómico y lo trágico, simultáneamente. Y lo que se logra en Rams no podría ser posible si el director se hubiera ido exclusivamente hacia uno de esos lados. De haber sido una comedia, jamás nos hubiéramos tomado en serio lo verdaderamente devastadora que es la pérdida de los carneros para esos hombres. De haberse adentrado directamente en un tono serio y aplastante que coincidiera con aquella aridez del paisaje, no podríamos, en cuanto público metropolitano y/o tecnodependiente, comprometernos con la historia, lograr una creciente empatía con esos personajes. Total, casi todo conflicto intrafamiliar, humano, es inherentemente tragicómico.

Rocio Molina Biasone

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Hrútar