La vida es sueño. Historias de dos que soñaron (2015), de Andrea Bussmann y Nicolás Pereda

Carla Leonardi 31 - Diciembre - 2016- Foco: VI festival online Márgenes

 

Lo que vuelve realmente interesante a la película “Historia de dos que soñaron” que realizaron en colaboración los directores Andrea Bussmann (*) y Nicolás Pereda (*1) es la manera original con la cual decidieron abordar la problemática situación que viven los refugiados e inmigrantes en el mundo contemporáneo. Situaciones de vulnerabilidad y marginalidad causadas por guerras, hambre o discriminación racial determinan que diariamente muchas familias se desplacen hacia otros países o continentes, muchas veces arriesgando sus vidas, tras el sueño de encontrar una mejor calidad de vida.
Los directores aciertan al no abordar la temática desde el documental clásico y en cambio nos introducen en una película de ficción que toma algunos elementos formales del documental, ganando así en dinamismo y en riqueza expresiva.


La película comienza con un prólogo que sitúa elementos interesantes para desglosar. En blanco y negro en plano fijo tomando la puerta de ingreso de un departamento, veremos abrirse la puerta por la cual ingresará un hombre robusto en musculosa que con un tono firme y casi enojado dirá que la película cuenta la historia del niño que se convirtió en pájaro. Seguidamente veremos ingresar nuevamente al mismo hombre que en el mismo tono nada lírico dirá que la película cuenta otras historias que sucedieron en ese edificio como la de la mujer que enloqueció porque su hijo cayó del balcón al vacío, la del perro abandonado que se comía su propia mierda para sobrevivir o la del gran incendio de un piso en el cual se escapó una serpiente gigante a la cual nunca encontraron. Tras estas dos escenas, vendrá el título en letras blancas sobre fondo negro.
Tanto este prologo como el resto película están filmados en blanco y negro. Este elemento da la idea de documento de época, la nuestra, que devendrá pasado y también la de conectarla con crisis migratorias de otros tiempos; a la vez que permite jugar con las luces de la esperanza y las sombras del ser refugiado, del ser rechazado por la sociedad. Por otro lado, las dos tomas consecutivas de la entrada de este hombre, apunta a hacer presente y consciente para el espectador la idea de que el cine es un artificio creado por una manipulación que un director realiza del espacio y del tiempo. El artificio cinematográfico será también señalado cuando se filme a técnicos o asistentes en otros fragmentos de la película. Que la previa de la película y la filmación de la película en sí mismas, devengan la película, le permite jugar a los directores con los límites entre la realidad y la ficción.


La estructura narrativa de la película se organiza como una suerte de ficción dentro de la ficción dentro de la ficción, o como dirá claramente Sandor: “es como si despertáramos a un sueño dentro del sueño y así al infinito”. Sandor (Sandor Laska) y Sandomé (Sandomé Laska) son una pareja de inmigrantes húngaros de etnia gitana, que buscan asilo en la ciudad de Toronto (Canadá), junto a su hija Timmie, su yerno y los tres hijos de éstos. Dejan Hungría buscando escapar de la marginación que sufrían por ser gitanos. Eran agredidos, no contaban con ningún tipo de protección por parte de la policía o la ley, y temiendo por el futuro de sus hijos, decidieron vender su casa y buscar asilo en Canadá con la esperanza de una vida más feliz. La familia vive en dos departamentos en un complejo tipo monoblock en los suburbios y se encuentra en los días previos a la cita ante el juez de la oficina de migraciones que decidirá si aprueban su solicitud de asilo o si serán deportados. Este es el contexto social de la familia Laska, que nos es presentado mientras vemos a los miembros de la familia actuando escenas donde hablan de su pasado en Hungría, de sus temores de ser deportados, de los ensayos de lo que contestaran al juez, o de la recomendación de no llevar a los niños a la cita. A su vez, veremos a Sandor ensayar junto a Sandomé, el relato de las historias de ficción que ocurrieron en el complejo en que habitan. La historia que tendrá mayor desarrollo es la de “Alex, el niño que se convirtió en pájaro”, cuyas escenas irán recreando los integrantes de la familia a la par del relato en voz en off que realice Sandor. De manera que tenemos entonces: a la familia haciendo de ellos mismos en tanto inmigrantes refugiados, el making off de la película y las historias que se van narrando y representando, en una suerte de estructura de capas de cebolla o muñecas rusas.
Otra cuestión interesante a señalar es que la mayor parte de la película está filmada con planos fijos, a los cuales ingresarán o de los cuales saldrán los distintos actores, resaltando así la idea de una teatralidad, de una representación de la realidad; más que de una copia fiel de una realidad de los refugiados. El plano fijo también puede leerse por el lado de la fijeza de la posición de marginalidad de esta familia; una situación de la cual intenta salir, pero a la cual una y otra vez será devuelta. Esta idea de encierro en una posición o situación social es reforzada por la reiteración de planos donde se destacan las rejas, ya sea de las redes de protección del balcón o bien de la red del arco de fútbol.
Si tomamos en cuenta el contenido de las historias de ficción que Sandor irá relatando, todas tiene la estructura de la pesadilla, de lo trágico y de evocar la realidad de desesperación y abandono en que quedan los exiliados, y desechados de la sociedad, como es el caso de la familia Laska. Especialmente la historia del niño que se convirtió en pájaro, es evidente que se trata de una variación del relato “La metamorfosis” de Kafka. En ambos casos se trata del sueño que deviene pesadilla y tanto el pájaro en que se convierte el niño como el insecto en que deviene Gregorio Samsa, son alegorías de la figura del refugiado y del segregado social como efectos del discurso capitalista. La familia Laska emigró a Canadá, escapando del rechazo que sufrían en Hungría por ser gitanos, con el sueño de poder ser socialmente alojados, pero chocarán con la negativa del Estado canadiense. Se trata de un fenómeno de la época contemporánea que por efecto del mercado globalizado, produce un rebrote de los nacionalismos y un incremento de las prácticas de segregación del diferente. En Hungría serán marginados por ser gitanos, en Canadá serán rechazados por ser extranjeros no confiables.
La película termina con una suerte de epílogo filmado en súper 8, donde la cámara en mano filma al matrimonio Laska mirando y comentando un video en la tv de su pueblo en Hungría en el que ya no tienen nada, y al director Nicolás Pereda filmando las imágenes del televisor. Nuevamente, como al comienzo, se señala la idea de artificio cinematográfico. El zoom nos mostrará de cerca las nubes que se ven en el video, y jugando con la forma que evocan esas nubes; tendremos la voz en off de Sandor que nos regalará una última ficción: “El diablo bajó para juzgar a un hombre, pero Dios no lo dejó. Eso es lo que documentó aquí.” En medio del limbo de no ser, de no tener un lugar de pertenencia donde ser alojados en el tejido social; la construcción y narración de ficciones, la ficcionalización de la cruel realidad en una película, se vuelven un soporte simbólico posible para esta familia. Soñar, quizás no resulte en vano.
En el mundo contemporáneo en que lo simbólico está devaluado y en que somos asediados a diario por un gran caudal de imágenes e informaciones sin lírica alguna, Andrea Bussman y Nicolás Pereda, abogan por sostener las ficciones en su pleno valor de soporte subjetivo. En “Historias de dos que soñaron” los directores, nos acercan con ingenio a la realidad social de los inmigrantes húngaros gitanos y logran emplear los recursos formales del cine al servicio de la creación de un entramado de ficción fascinante.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

 

(*) Andrea Bussmann (Toronto, 1980) estudió cine y antropología.
(*1) Con tan sólo 28 años, Nicolás Pereda es uno de los directores de cine más prolíficos de México. Las películas de Nicolás Pereda - entre ellas Perpetuum Mobile (2009), Verano de Goliat (2010), Los mejores temas (2012), El Palacio (2013), Los ausentes (2014) - exploran la cotidianeidad a partir de narrativas elípticas y fracturadas usando herramientas de ficción y de documental.

Historias de dos que soñaron